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Controversias Guadalupanas #4

Parte anterior: https://aidsky.com/apariciones/virgen-de-guadalupe/fuentes-de-analisis-por-el-equipo-aidsky/controversias-guadalupanas-3/

En la cuarta parte de estas conferencias del Catecismo Guadalupano, el padre Eduardo Chávez, desde el Instituto Superior de Estudios Guadalupanos, continúa explicando algunos aspectos de la mentalidad religiosa de los pueblos mexicas para comprender mejor el contexto cultural en el que aparece la Virgen de Guadalupe.

El sacerdote señala que, según la cosmovisión azteca, la concepción de un nuevo ser humano no se entendía solamente como un hecho biológico. Los mexicas creían que debía existir un factor vital o energía cósmica que hiciera posible la vida. De acuerdo con esta visión, en el momento de la concepción las fuerzas dispersas en el universo se concentraban en el embrión, otorgándole su vitalidad. Esta energía era conocida como tonalli, asociada al calor o la fuerza del sol.

Dentro de esta mentalidad, los sacrificios humanos tenían una función religiosa fundamental. Se creía que al derramar sangre se liberaba una energía capaz de sostener la vida del cosmos. Aunque hoy resulte difícil de comprender, para los mexicas estos sacrificios estaban orientados, paradójicamente, a preservar la vida del universo.

En este contexto se entiende mejor uno de los rasgos más importantes de la imagen de la Virgen de Guadalupe: aparece representada como una mujer embarazada. Para las culturas indígenas, una mujer encinta simbolizaba que en su vientre se encontraba la síntesis de la energía vital del cosmos.

Sin embargo, el padre Chávez explica que en la imagen guadalupana se produce una diferencia fundamental. La Virgen no lleva en su vientre simplemente la energía del universo, sino al dueño del cosmos. Por eso, según la tradición, ella misma se presenta como “la madre del dueño del cielo y de la tierra”. De esta manera, el mensaje guadalupano dialoga con la sensibilidad religiosa indígena, pero al mismo tiempo la transforma profundamente.

El sacerdote también aclara que los aztecas no pensaban que los sacrificios humanos garantizarían la existencia eterna del mundo. En realidad, creían que estos rituales solo podían postergar el fin del universo, pero no evitarlo definitivamente. La idea de un posible final del mundo ya estaba presente en su cosmovisión religiosa.

Los sacrificios más frecuentes consistían en llevar a la víctima a la piedra de sacrificio, donde se extraía el corazón para ofrecerlo a los dioses. Estas ceremonias estaban especialmente vinculadas al culto de Huitzilopochtli, dios del sol, y Tlaloc, dios de la lluvia, las dos divinidades principales del Templo Mayor de Tenochtitlán. Según algunas fuentes históricas, durante la consagración del templo en 1487 se realizaron miles de sacrificios humanos.

En relación con esto, el padre Chávez también explica que no es del todo correcto afirmar que los aztecas eran caníbales en el sentido habitual del término. El consumo de carne humana no formaba parte de la vida cotidiana, sino que ocurría únicamente en contextos rituales y religiosos.

Algunos historiadores, como Miguel León-Portilla, han señalado que dentro de estas prácticas existía también una intención simbólica: al participar del sacrificio, las personas buscaban consagrarse a los dioses y unirse a ellos. El propio León-Portilla señala que esta idea puede compararse, en cierto sentido, con la noción cristiana de la comunión, donde los creyentes reciben el cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía.

Finalmente, el padre Chávez explica que los mexicas se consideraban a sí mismos el “pueblo del sol”. Creían que tenían una misión especial: sostener la vida del cosmos alimentando a los dioses mediante sacrificios. Desde su perspectiva religiosa, el destino del universo dependía en parte de sus acciones.

Comprender esta mentalidad resulta importante para entender el impacto que tuvo posteriormente el mensaje de la Virgen de Guadalupe. Según el sacerdote, la aparición guadalupana no adopta las prácticas idolátricas ni los sacrificios humanos, pero sí responde a la búsqueda religiosa de los pueblos indígenas mostrando que el verdadero sacrificio es el de Jesucristo, quien entrega su vida para la salvación de toda la humanidad.

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