Video ¿Sabías que el acontecimiento guadalupano guarda detalles que pocos conocen?, apunte por M. Emilia Zuchelli
En esta transmisión el padre Eduardo Chávez respondió diversas preguntas relacionadas con la Virgen de Guadalupe, profundizando especialmente en algunos estudios sobre la tilma, el contexto cultural de las apariciones y diversos aspectos históricos relacionados con San Juan Diego.
Un misterio que nunca se agota
El padre Chávez comenzó recordando que el acontecimiento guadalupano posee una riqueza inagotable. Según explicó, una persona puede leer todos los documentos disponibles y seguir descubriendo nuevos significados cada vez que vuelve a estudiarlos.
Por ello considera positivo que muchas preguntas se repitan con frecuencia, pues permiten explicar los mismos temas desde perspectivas distintas y profundizar cada vez más en ellos.
Puso como ejemplo algunas expresiones del Nican Mopohua que suelen resultar difíciles para los lectores modernos debido a que pertenecen al lenguaje de cortesía indígena.
Cuando la Virgen afirma que desea tener una Casita Sagrada para «ofrecerle mi amor persona» no está diciendo que ella sea la fuente del amor. Según explicó Chávez, la expresión significa que el amor posee una fuente personal, Jesucristo, y que María actúa como instrumento para conducir a las personas hacia Él.
Comprender estas expresiones dentro de su contexto cultural permite descubrir una profundidad que fácilmente podría perderse en una lectura superficial.
Flores, montañas y constelaciones
Una de las preguntas planteadas fue si realmente existe una relación entre la geografía de México, las estrellas del manto y determinadas composiciones musicales obtenidas a partir de la imagen de Guadalupe.
El padre Chávez señaló que estas investigaciones no surgieron de manera aislada, sino que forman parte de una larga serie de estudios realizados por especialistas de distintas disciplinas.
Uno de los primeros investigadores en advertir ciertos elementos simbólicos fue el padre Mario Rojas, destacado conocedor del náhuatl. Él observó que muchas de las flores representadas en la túnica de la Virgen poseen una forma muy semejante a la utilizada en los códices indígenas para representar cerros y poblaciones.
En los códices, por ejemplo, un cerro acompañado por la figura de un chapulín identificaba a Chapultepec. A partir de esta observación, Rojas advirtió que la túnica de la Virgen contiene numerosas figuras semejantes a montañas distribuidas por toda la composición.
Además, los tallos de estas flores parecen dirigirse hacia el manto azul verdoso cubierto de estrellas. Desde la perspectiva indígena, aquello podía interpretarse simbólicamente como una tierra cuyas raíces se encuentran en el cielo, es decir, en la verdad divina.
Dentro del pensamiento náhuatl, la raíz simboliza precisamente aquello que posee fundamento verdadero y permanente.
Mario Rojas desarrolló entonces una hipótesis de trabajo. Tomó la flor de cuatro pétalos situada sobre el vientre de la Virgen, el conocido símbolo del Nahui Ollin, y la colocó simbólicamente sobre el Tepeyac para analizar si las demás figuras podían corresponder a montañas, volcanes y accidentes geográficos importantes de la región.
Los resultados mostraron coincidencias que consideró significativas.
Posteriormente extendió la investigación a las estrellas del manto, comparándolas con las constelaciones visibles en el cielo de México. Los estudios posteriores señalaron también una notable correspondencia entre ambos conjuntos.
Estas investigaciones continuaron desarrollándose junto con el doctor Juan Homero Hernández Illescas y otros especialistas de diversas disciplinas.
Entre ellos destacó el matemático Fernando Ojeda, quien estudió la presencia de la proporción áurea en la imagen de Guadalupe y realizó numerosas investigaciones de campo comparando coordenadas geográficas, posiciones de montañas y otros elementos relacionados con las figuras presentes en la tilma.
El solsticio de invierno y las apariciones
El padre Chávez dedicó una parte importante de la charla a explicar la relación entre las apariciones guadalupanas y el solsticio de invierno.
Actualmente se suele asociar el solsticio con los días 21 o 22 de diciembre. Sin embargo, en 1531 todavía estaba vigente el calendario juliano, que acumulaba un desfase aproximado de diez días respecto al año solar. Por ello, al trasladar los cálculos astronómicos al calendario utilizado en aquella época, el solsticio correspondía aproximadamente a los días 11 y 12 de diciembre.
Este dato resulta especialmente interesante porque coincide con la festividad indígena de Panquetzaliztli. Fray Toribio de Benavente, conocido como Motolinía, llegó a comparar esta celebración con una especie de «Pascua indígena».
Para los pueblos indígenas, el solsticio representaba el retorno de la luz y la esperanza de la continuidad de la vida. Durante esos días observaban cuidadosamente el horizonte para identificar el momento exacto en que el sol alcanzaba una determinada posición.
El padre Chávez también comenta que antes de la evangelización, los habitantes de la región ascendían al macizo del Tepeyac para observar el horizonte oriental. Desde allí contemplaban diversos volcanes, pero utilizaban especialmente el Cerro Papayo como marcador astronómico. Cuando el sol aparecía exactamente sobre su cima, sabían que había llegado el solsticio de invierno.
Según diversos estudios citados por Chávez, esta alineación ocurría precisamente los días 11 y 12 de diciembre de 1531. Desde el Tepeyac se comunicaba entonces la noticia hacia otros centros ceremoniales importantes, entre ellos el Cerro de la Estrella, donde se celebraba la ceremonia del Fuego Nuevo.
Además el padre dice que Motolinía describe una celebración marcada por una profunda preparación espiritual. Durante los días previos al solsticio toda la ciudad permanecía a oscuras. Se extinguían todas las fuentes de fuego y nadie podía conservar una llama encendida.
A ello se sumaban prolongados periodos de ayuno que, según las fuentes, podían extenderse durante ochenta días, alimentándose únicamente de tortilla, sal y agua.
Finalmente, cuando el sol reaparecía, se encendía el llamado Fuego Nuevo, símbolo de la continuidad de la vida. Desde ese fuego central partían corredores llevando antorchas hacia templos, poblaciones y hogares para distribuir la nueva luz.
Según Chávez, detrás de estas prácticas existía un profundo anhelo humano de vida, esperanza y renovación.
La flor de cuatro pétalos y el Cerro de la Estrella
Luego el padre continua explicando la investigación de Fernando Ojeda, que observó un dato que llamó particularmente su atención: la flor de cuatro pétalos situada sobre el vientre de la Virgen no parecía corresponder al Tepeyac.
Al buscar una posible equivalencia geográfica encontró que coincidía con el Cerro de la Estrella. La observación resultó especialmente significativa porque precisamente allí se celebraba la ceremonia del Fuego Nuevo.
Desde esta perspectiva, el acontecimiento guadalupano no adopta simplemente una antigua ceremonia indígena, sino que recoge el anhelo universal de vida presente en ella y lo conduce hacia Jesucristo, «el verdaderísimo Dios por quien se vive».
¿Existe música en la imagen de Guadalupe?
Fernando Ojeda llevó sus investigaciones aún más lejos. Si la imagen contenía proporciones matemáticas, referencias astronómicas y posibles correspondencias geográficas, surgía una nueva pregunta: ¿Podría contener también una estructura musical?
Partiendo de la relación clásica entre matemáticas y música, estudió las cuarenta y seis estrellas presentes en el manto de la Virgen. Dividió la composición en dos grupos de veintitrés estrellas y asignó valores musicales a las posiciones de estrellas y flores. El resultado no fue una melodía completa, sino una estructura armónica coherente.
Según explicó Chávez, cuando el mismo procedimiento se aplicaba a copias de la imagen, las relaciones armónicas desaparecían debido a pequeños desplazamientos en la posición de los elementos. En cambio, la disposición presente en la imagen original producía una armonía consistente.
Posteriormente, Fernando Ojeda desarrolló diversas composiciones musicales derivadas de estos análisis e invitó a músicos profesionales y directores de orquesta para interpretarlas.
Con el tiempo, numerosos especialistas estudiaron estas propuestas y varios de ellos concluyeron que efectivamente existían relaciones armónicas objetivas derivadas de la disposición de los elementos presentes en la tilma.
Aunque estas investigaciones continúan siendo objeto de debate, muestran la extraordinaria complejidad simbólica que muchos estudiosos han encontrado en la imagen guadalupana.
¿Dónde vivía San Juan Diego?
Otra de las preguntas abordadas se refería al lugar de residencia de Juan Diego durante los días de las apariciones.
El padre Chávez recordó que Juan Diego nació, creció y contrajo matrimonio en Cuautitlán. Sin embargo, después de su bautismo en 1524 se trasladó a vivir a Tulpetlac, lugar de origen de su esposa María Lucía.
Allí residía también su tío Juan Bernardino y allí tuvo lugar la quinta aparición de la Virgen de Guadalupe.
Aunque algunos documentos posteriores sitúan determinados acontecimientos en Cuautitlán, Chávez considera que la evidencia histórica apunta a que durante las apariciones Juan Diego vivía efectivamente en Tulpetlac.
Algunos documentos de 1666 mencionan acontecimientos relacionados con Cuautitlán, pero ello no significa necesariamente que Juan Diego residiera allí en 1531, nos explica el padre. Chávez nos dice que Juan Diego nunca abandonó completamente las propiedades heredadas de sus antepasados en Cuautitlán.
La evidencia procede de un episodio posterior a la curación de Juan Bernardino. Cuando Juan Diego pidió permiso para construir una pequeña vivienda junto a la ermita del Tepeyac y dedicarse a su cuidado, su tío quiso acompañarlo. Juan Diego le respondió que debía permanecer atendiendo las casas y tierras heredadas de sus antepasados. Esto indica que ambos conservaban propiedades familiares, probablemente tanto en Cuautitlán como en Tulpetlac.
Las ermitas de Cuautitlán y Tulpetlac
Después de la muerte de Juan Diego en 1548 se construyeron pequeñas ermitas vinculadas a su memoria.
En Cuautitlán se levantó una junto a la casa donde había nacido.
En Tulpetlac se construyó otra junto a la vivienda donde había vivido y donde tuvo lugar la aparición de la Virgen a Juan Bernardino.
Los documentos históricos muestran además que ambas comunidades solicitaron posteriormente autorización para construir templos más amplios relacionados con la figura de San Juan Diego.
Los horarios narrados en las fuentes también constituyen un argumento a favor de la residencia de Juan Diego en Tulpetlac. La primera aparición ocurrió al amanecer del 9 de diciembre de 1531, aproximadamente entre las 6:50 y las 7:00 de la mañana.
Si Juan Diego hubiera vivido en Cuautitlán, habría necesitado caminar durante siete u ocho horas para llegar al Tepeyac antes del amanecer. Desde Tulpetlac, en cambio, el trayecto podía realizarse en aproximadamente una hora y media. Los tiempos narrados en el Nican Mopohua resultan mucho más coherentes con esta segunda posibilidad.
¿Tuvo descendencia San Juan Diego?
La cuestión de los posibles descendientes de San Juan Diego continúa abierta. Chávez señaló que, cuando recibió el bautismo, Juan Diego tenía alrededor de cincuenta años y había vivido durante décadas dentro de una cultura donde el matrimonio y la formación de una familia constituían una realidad habitual. Por ello no resulta improbable que hubiera tenido hijos.
Uno de los testimonios más interesantes procede del convento de Corpus Christi de la Ciudad de México. Durante el siglo XVIII varias mujeres indígenas que solicitaron ingresar al convento afirmaron ser descendientes de Juan Diego en quinta generación. Aunque estos documentos no permiten reconstruir completamente su genealogía, constituyen una pista importante para futuras investigaciones.
¿Era noble Juan Diego?
Finalmente, el padre Chávez abordó la cuestión de la supuesta nobleza de Juan Diego. Según explicó, los documentos más antiguos lo presentan repetidamente como un macehual, es decir, un hombre sencillo perteneciente al pueblo.
La confusión surge porque en lengua náhuatl se empleaban expresiones honoríficas para manifestar respeto, cariño y dignidad incluso hacia personas que no pertenecían a la nobleza. Por ello, los términos afectuosos utilizados por la Virgen para dirigirse a Juan Diego no indican una condición nobiliaria, sino el profundo amor, respeto y dignidad con que ella lo trata.
De manera semejante a cuando hoy se utiliza el tratamiento de «Don» o «Doña», estas expresiones manifiestan estima personal sin implicar necesariamente pertenencia a una clase noble.
FUENTE
- Video ¿Sabías que el acontecimiento guadalupano guarda detalles que pocos conocen? | P. Eduardo Chávez (10 jun. 2026), publicado en el Canal de YouTube Instituto Superior de Estudios Guadalupanos. Canal: https://www.youtube.com/@guadalupecodice Sitio Web: https://www.morenita.tv/

