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Una anécdota sorprendente que nos contó Daniel Budeger, el hombre que comenzó su conversión durante la pandemia (véase Un llamado en el silencio: el testimonio de Daniel), fue sobre una figura clave: su confesor y acompañante espiritual, el Padre Morales.

Este sacerdote no sólo fue quien lo ayudó a discernir sus experiencias y a mantener los pies en la tierra, sino también alguien por quien Daniel aprendió a confiar plenamente en la voluntad de Dios, incluso en medio de la prueba.

Durante la pandemia, el padre Morales contrajo COVID-19 y su estado de salud se agravó rápidamente. Con enfermedades preexistentes y hospitalizado en terapia intensiva, su pronóstico era extremadamente delicado. La situación parecía irreversible y muchos se preparaban para lo peor:

“Él no estaba vacunado, es diabético, hipertenso, tenía todas las condiciones, obviamente, para no pasarla”, nos explicó.

Daniel, profundamente unido a él desde la oración, comenzó a rezar con insistencia por su recuperación. Sin embargo, lo que marcó este episodio no fue solo la súplica, sino la respuesta interior que recibió durante uno de esos momentos de oración.

Mientras rezaba ante una imagen de Jesús de la Misericordia, Daniel sintió con claridad una certeza interior: “Quédate tranquilo, él va a volver a estar con ustedes”. No lo interpretó como una frase simbólica, sino como una promesa concreta. Esa palabra le dio paz, aun cuando los informes médicos seguían siendo desalentadores.

Días después, cuando la situación del sacerdote era crítica, el hermano del padre Morales, siendo un médico, le ofreció a Daniel la posibilidad de despedirse de él en terapia intensiva. A pesar del riesgo y del impacto emocional, Daniel decidió ir. Sabía que podía ser la última vez.

Daniel nos relató todo desde la noche anterior a la visita y como fue verlo en esas condiciones a su gran amigo:

“La noche antes de ir, siento como un pedido del Señor que yo haga mis oraciones con él, que le extienda la mano, lo toque y lo bese, y que haga oraciones en contacto con él. Bueno, yo fui, entré al sanatorio, entré a terapia.

Y cuando entré vi a una persona totalmente ajena a la que yo conocía, vi a una persona con traqueotomía, con un aparato que le infla la panza que respiraba por medio del respirador, con los ojos para atrás totalmente, era un cadáver, no era mi amigo. Obviamente sí sufrí, ese shock que uno no está acostumbrado a ver a un amigo y lo ve de esa manera. Lo toqué, estaba congelado, era hielo.

Con todo el dolor y toda la angustia que sentí en ese momento, hice mis oraciones, como el señor me lo pidió, en contacto con él, le puse la mano arriba del brazo y recé.”

Todo indicaba que la vida se apagaba. Daniel rezó en silencio, tocó su brazo, encomendó su alma a Dios y se retiró sin completar el tiempo de visita. Humanamente, no había nada más que hacer.

Poco después ocurrió lo inesperado. Contra todo pronóstico, el padre Morales despertó. Fue retirado del respirador, comenzó lentamente su recuperación y, tras un largo proceso de rehabilitación, volvió a la vida pastoral. Pero había algo que Daniel desconocía en ese momento:

“Cuando vuelve del hospital lo mandan a la capilla, a la iglesia del Sagrado Corazón donde él era párroco, y me habla, me pide que lo vaya a visitar. Entonces cuando yo lo voy a visitar, ya estaba el hermano, que me había permitido visitarlo, y me dice: mira te voy a tener que contar algo que vos no sabes. El padre había fallecido, había muerto, tuvo un tiempo bastante largo en terapia ya muerto. Le entregaron la ropa y las bolsas con las cosas para que la tiren y la quemen.

Entonces cuando ellos me dicen eso obviamente que yo quedó choqueado y entiendo ahí el mensaje que me da el señor que me dijo: quédate tranquilo, él va a volver a estar con ustedes. Él ya se había ido.”

Daniel entendió que el mensaje del Señor no se trataba sólo de una mejora, sino de un verdadero retorno.

Más tarde, el propio padre Morales relató su experiencia en un libro, donde narró lo vivido durante ese lapso: una vivencia espiritual profunda que describió como un encuentro de paz, luz y presencia materna.

Este episodio marcó profundamente a Daniel, no como una prueba espectacular, sino como una confirmación de algo más hondo: Dios actúa, pero lo hace a su manera y en sus tiempos. La oración no obliga a Dios, pero dispone el corazón humano a confiar incluso cuando todo parece perdido.

Para Daniel, lo ocurrido con el padre Morales fue también una enseñanza sobre el sufrimiento. La recuperación no fue inmediata ni sencilla. El sacerdote debió aprender a caminar, hablar y retomar lentamente su vida. La gracia no anuló la cruz, pero la atravesó.

Hoy, al recordar ese episodio, Daniel no habla de milagros en tono triunfalista. Habla de misericordia, de abandono y de una certeza aprendida con el tiempo: cuando Dios promete presencia, cumple, aunque el camino pase por la noche más oscura.

El testimonio del padre Morales y la experiencia vivida por Daniel se unen así en una misma enseñanza: la fe no elimina la muerte, pero la atraviesa; no quita el dolor, pero lo transforma; y no siempre evita la cruz, pero nunca deja solo al que confía.

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