La historia de las apariciones en Salta
Todo comenzó en el año 1990, de una manera silenciosa, sencilla y profundamente íntima. No hubo multitudes, ni cerros, ni peregrinos en los primeros momentos. Hubo, simplemente, una mujer en su casa, en su vida cotidiana, que empezó a escuchar una voz en su interior.
María Livia Galliano de Obeid comenzó a recibir lo que la Iglesia denomina locuciones interiores: palabras que no venían de afuera, sino que resonaban en lo más profundo de su corazón. No eran pensamientos propios ni imaginaciones. Era una voz dulce, amorosa, llena de paz. Tanto, que nunca sintió miedo.
Tiempo después, un niño le preguntó una vez si no había tenido temor al escuchar esas voces. Ella respondió con total simpleza:
“No, porque era una voz muy dulce y siempre hablaba con mucho amor.”
Durante ese tiempo, María Livia no buscó dar a conocer lo que le sucedía. Creyó, durante años, que aquello era una gracia personal, algo que Dios le regalaba solo a ella. Lo compartió únicamente con su esposo y su familia, guardándolo en el corazón como un tesoro íntimo.
La primera aparición visible
Hasta que un día, esa voz se manifestó de una manera completamente nueva. La Virgen se le apareció visiblemente, tal como ella misma relató: “la vi como yo los veo a ustedes”. Ante esa presencia, María Livia cayó de rodillas.
Esa primera aparición fue tan intensa que, durante tres días, quedó en un estado que ella describió como estar “entre el cielo y la tierra”. No podía comer, no podía tragar ni siquiera su propia saliva. No era enfermedad: era un estado de éxtasis profundo, provocado por lo que había visto y vivido.
Sin embargo, incluso después de esta experiencia, María Livia siguió pensando que todo quedaría allí. Que era una gracia solo para ella.
Pero la Virgen y Nuestro Señor Jesucristo la estaban preparando.
Cinco años de preparación interior (1990–1995)
Durante esos primeros cinco años, la Virgen y Jesús continuaron manifestándose a María Livia, formándola interiormente, fortaleciéndola en la oración y en la obediencia. Ella recibió también apariciones de Nuestro Señor Jesucristo.
Nada fue apresurado. Nada fue forzado. Todo se dio en los tiempos de Dios.
Hasta que llegó el momento decisivo.
El llamado al Carmelo y la carta dictada por la Virgen
En 1995, María Livia recibió un pedido claro:
debía ir al Monasterio de las Carmelitas Descalzas de San Bernardo, en Salta, y contar lo que le estaba sucediendo.
Cuando se presentó ante la Madre Superiora y le relató su experiencia, la religiosa le preguntó:
“¿Y qué quiere la Virgen de nosotras?”
Esa misma noche, la Virgen se le apareció nuevamente y le dictó una carta. Esa carta, que hoy puede leerse en el libro Génesis de Salta, fue entregada a la Madre Superiora.
La sorpresa fue inmensa. En la carta, la Virgen pedía explícitamente que las carmelitas fueran receptoras y transmisoras de sus mensajes. Pero además, la carta contenía detalles de la vida interna del Carmelo que solo las hermanas conocían.
Allí comprendieron que la Virgen estaba verdaderamente presente, que conocía su vida cotidiana, su intimidad, su entrega silenciosa.
Desde ese momento, las carmelitas comenzaron a transcribir los mensajes, primero con máquinas de escribir. Los peregrinos recibían esos mensajes mecanografiados, uno por uno.
“Pronto me llevaré una rosa del monasterio”
En esa misma carta, la Virgen pronunció una frase que conmovió profundamente a las hermanas:
“Pronto me llevaré una rosa de este jardín.”
Al poco tiempo, falleció una hermana carmelita. Cuando buscaron su partida de bautismo, descubrieron que su nombre era Rosa. Nadie lo sabía. Entonces comprendieron el sentido de aquellas palabras.
La revelación del nombre de la Virgen
En una de las apariciones posteriores, la Virgen se presentó con su nombre completo y definitivo:
“Yo soy la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús.”
Este nombre no es solo un título. Es el corazón mismo de la obra. La Virgen se presenta inseparablemente unida al Corazón Eucarístico vivo y presente de Jesús.
Por eso, todo en esta obra gira en torno a la Eucaristía, la adoración, la consagración y la reparación.
Los mensajes y su aprobación eclesiástica
Los mensajes recibidos fueron sometidos a discernimiento de la Iglesia. Los que hoy se encuentran en el libro de mensajes cuentan con Nihil Obstat del entonces Arzobispo de Salta, Monseñor Moisés Julio Blanchoud, hasta el 21 de marzo de 1996.
A partir de esa fecha, el nuevo arzobispo, Monseñor Carmona, pidió que los mensajes posteriores le fueran entregados directamente. María Livia, obediente, conserva una copia y entrega los originales al obispo, quien aún los resguarda. Estos mensajes permanecen en oración, a la espera de su aprobación.
El Rosario como lo pide la Virgen
La Virgen pidió una forma concreta de rezar el Santo Rosario, con jaculatorias específicas, lectura de mensajes y contemplación del Evangelio en cada misterio.
Pidió que:
- El Rosario se abra con la invocación al Espíritu Santo.
- Se recen las jaculatorias:
“Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús, en Vos confío.”
“Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús, ruega por nosotros.” - Se lea un mensaje antes de cada misterio.
La Virgen explicó que quien posee el librito de los mensajes, posee su corazón, porque ella está humildemente presente en cada uno de ellos. Dijo también:
“No quiero que mis mensajes queden guardados en un cajón.”
y
“Vivan mis mensajes.”
No basta con leerlos: hay que llevarlos a la vida diaria.
El Santuario: del pedido a la realidad
Cerca del año 2000, la Virgen pidió la construcción del Santuario en Tres Cerritos, en el lugar exacto que ella misma señaló.
Al principio no había caminos, ni capillas, ni estructuras. Solo senderos abiertos a machete. Los primeros peregrinos subían con bolsas de cal, ladrillos, lo que podían. Todo se hizo con esfuerzo, amor y entrega.
En el año 2001, la imagen de la Virgen fue entronizada en la ermita, una pequeña capilla que hoy es el corazón del santuario. Nada está colocado al azar. Cada imagen, cada sendero, cada espacio fue querido por la Virgen.
Pidió también la presencia de San José, su esposo, y de San Miguel Arcángel, protector contra el mal.
Las apariciones públicas y la oración de intercesión
Durante años, los sábados, en el tercer misterio del Rosario, la Virgen descendía acompañada de ángeles, siempre junto a Padre Pío y San Antonio de Padua.
Luego del Rosario, bendecía a los peregrinos y comenzaba la oración de intercesión. María Livia permanecía hasta que pasaba la última persona, aunque fueran decenas de miles.
Ella decía que sentía como si la Virgen le pusiera “patines”, porque la rapidez con la que pasaba de persona en persona era humanamente inexplicable.
Una nueva etapa
Con la pandemia, cesaron las apariciones visibles y la oración de intercesión. María Livia explicó claramente que comenzaba una nueva etapa.
Hoy, la Virgen sigue derramando gracias. No depende de ver o sentir algo extraordinario. Basta entrar al santuario sabiendo que Ella está ahí.
El lugar es santo. Es un lugar elegido para el mundo entero.
El mensaje central de la obra
Los mensajes centrales de esta obra son claros:
- Volver a amar al Divino Corazón Eucarístico de Jesús.
- Adorar perpetuamente a Jesús Eucaristía.
- Consagrar el mundo entero al Corazón Eucarístico de Jesús y al Inmaculado Corazón de María.
- Evangelizar.
- Preparar la segunda venida de Cristo mediante el amor, la esperanza y la conversión.
Y una frase que resume todo:
“Salta, Argentina, 1990. Hay que juntar el rebaño antes de que oscurezca. No he venido a criticar ni a destruir, sino a construir.”

