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Un Viaje de Encuentros Inesperados 

Por: Tamara Yevtushenko

Señales Divinas que guiaron la Peregrinación a Salta

Tamara, una mujer cristiana ortodoxa, nunca había considerado realizar una peregrinación católica. A pesar de que ambas religiones comparten muchos principios, las iglesias se separaron en 1054 y, desde entonces, sus historias han sido diferentes. Sin embargo, el papel de la Madre de Dios y la devoción a la Virgen son igualmente cruciales para ambas iglesias.

Tamara aceptó la invitación porque vio una señal: el viaje caía justo al día siguiente de la fiesta de la Dormición de la Virgen, una de las fiestas religiosas más queridas por ella, con un significado especial en su vida. Tamara solía viajar para la fiesta de la Dormición de la Madre de Dios y acercarse al antiguo monasterio ortodoxo ruso, casi en la frontera con Estonia. Ese monasterio se llama Pskov Pecherskiy, y allí Tamara intentaba estar cada 28 de agosto. En Rusia, es una época preciosa, cuando casi termina el otoño.

El Día de la Dormición de la Madre de Dios en ese monasterio se celebra con gran solemnidad. Los habitantes de los pueblos cercanos se preparan para esta fecha, decorando con flores, principalmente rosas, y adornando el camino con metros de pétalos de rosas hasta la entrada del monasterio, donde se guarda el antiguo icono de la Dormición de la Madre de Dios.

Tamara aceptó la invitación sabiendo que, tras comulgar los Santos Santificados Dones el día de la Dormición de la Virgen, con alegría podría viajar a conocer el lugar al que los católicos van a encontrarse con la Madre de Dios. Era el momento perfecto para hacerlo.

El Viaje a Salta

Un día, Adolfo le propuso a Tamara la posibilidad de viajar a Salta para visitar un lugar de peregrinación. Aunque al principio dudaba, y mucho, la coincidencia del viaje con la festividad de la Dormición de la Virgen en el calendario ortodoxo fue la señal que necesitaba. “Para mí, esta fecha tiene un significado profundo. Es uno de los momentos más espirituales de mi vida. Cuando vi que el viaje coincidía con esta festividad, supe que debía ir. Sentí que todo estaba alineado para que diera este paso”.

“Llamé a Adolfo y le dije que sí, quiero ir a Salta. Ya sabía que quería ir y no dudaba de nada”. Todos los peregrinos ya tenían los pasajes y todo estaba reservado. Después de mi llamada, Adolfo resolvió todo asombrosamente en pocas horas. El mismo día me envió el pasaje.

Tamara aceptó la invitación de Adolfo sin dudar, porque sentía que este viaje sería más que una experiencia espiritual significativa; iba a ser el encuentro con la Madre de Dios.

El Encuentro con la Medalla Milagrosa

La historia de Tamara con la medalla milagrosa comienza mucho antes del viaje a Salta. “Entre los libros, carpetas y hojas sueltas de trabajo que estaba ordenando en casa de mi marido, encontré un viejo folleto, uno que llevaba más de siete años guardado. Al abrirlo, descubrí dentro de este folleto una medalla”.

Tamara no entendía bien cómo esa medalla había llegado allí. Al encontrarla pensó: “Qué raro, el folleto estuvo guardado tantos años y nunca vi que dentro hubiera un medallón, qué raro”, pensó ella.

Algo dentro de su corazón le decía que debía quedársela: “Aunque sabía que no era un medallón en los cánones de la tradición ortodoxa, sentí que debía llevarla conmigo, como un recordatorio de la Madre de Dios”.

Después de analizar mil veces de dónde pudo haber llegado ese folleto con la medalla, que era tan notoria por su brillo y que nunca había visto, decidió que se lo habían regalado en el monasterio católico al que había ido de paseo. Se trataba del monasterio de Einsiedeln, que alberga a la Virgen Negra desde 1817. Es uno de los santuarios más visitados de Suiza, en el cantón de Schwyz, y data de hace unos mil años. Allí se venera a la Virgen Negra, y el lugar atrae a muchos peregrinos de todo el mundo.

Fuimos a pasear un día de invierno con mi marido, y recuerdo que me quedé mucho tiempo en ese monasterio mirando la cara negra de la Virgen… De allí vino el folleto, pero no recuerdo quién me lo dio, si lo agarré yo… No recuerdo nada, salvo la imagen de la estatua de la Virgen con la cara negra.

La Pérdida de la Medalla Milagrosa

Al final, Tamara puso la Medalla Milagrosa en la misma cadena de plata con la Cruz ortodoxa. Pronto regresó a Argentina. Pasó poco tiempo y Tamara perdió la Medalla Milagrosa. Pensó que el mar la había querido llevar consigo.

“Pensé que la había perdido para siempre”, recuerda, “y estuve muy triste”. Durante un mes, buscó en vano la medalla, hasta que, un día, algo inexplicable ocurrió:

“Estaba por subir al auto de un compañero, y al abrir la puerta para irnos, en el lugar más visible, vi una luz brillante en el piso. Era mi medalla milagrosa”.

Tamara se quedó emocionada. No solo no la había perdido en el mar, sino que ahora estaba justo allí, esperándome”.

Este episodio fue para Tamara una señal clara de que la Virgen María la estaba acompañando.

Las Monjas Carmelitas y la Medalla Milagrosa

Antes de este hallazgo de la Medalla Milagrosa en el auto, Tamara se había conectado con hermana Miriam, la monja carmelita a quien conocía desde hacía muchos años y con quien mantenía una amistad espiritual a través de cartas, llamadas telefónicas e incluso visitas al monasterio de las carmelitas en Buenos Aires.

Hermana Miriam llamó a Tamara para contarle que se festejaba el Día de la Medalla Milagrosa y para compartir la historia de esa medalla. Tamara leyó atentamente todo lo que le había contado hermana Miriam y le confesó que había perdido la medallita milagrosa.

Pasaron pocos días, y la monja volvió a comunicarse con Tamara para informarle que el mensajero estaría en Mar del Plata, donde Tamara se encontraba, en dos días y que le traería la Medalla Milagrosa.

Muy pronto apareció el mensajero con una bolsa para Tamara. Había regalos del monasterio y, en un paquete más pequeño, estaba el regalo principal: la Medalla Milagrosa.

“Abrí el paquete, luego el estuche, y ante mis ojos apareció la medalla”.

“La medalla que recibí era muy grande. No era para ponérmela en el cuello”. Recuerda Tamara: “Cuando entraron los ladrones, no se atrevieron a tocar mi medalla, el regalo de la monja carmelita, que quedó intacta, abierta en el estuche en mi habitación”.

Mientras desenvolvía los regalos, quedó un paquete de cartón que pensó guardar en la bolsa de reciclaje. Pero, de repente, de este paquete se le cayó en la mano otra medallita, casi microscópica, muy antigua y gastada. “Nunca había visto una medalla así”.

Para Tamara, recibir tres medallas milagrosas en tan poco tiempo fue un regalo divino: “Primero tuve una medalla, luego me enviaron una más grande, y después apareció una tercera, pequeña y antigua. Todo esto me hizo sentir que la Virgen me estaba guiando, dándome señales claras de Su presencia”.

Se comunicó enseguida con hermana Miriam para agradecerle los regalos y la Medalla Milagrosa, y le contó que había encontrado una medallita más, suelta, escondida en el cartón. Le preguntó a la monja si no la había perdido, a lo que hermana Miriam respondió que había querido enviársela también, pero en el momento de entregar la bolsa al mensajero no pudo encontrarla. Lo que hermana Miriam no sabía era que ya yacía en el fondo del paquete de cartón, lista para el largo viaje de Buenos Aires a Mar del Plata, a la casa de Tamara.

La Amistad de Tamara con las Monjas Carmelitas

El contacto de Tamara con las monjas comenzó muchos años antes de su viaje a Salta. Mientras Tamara trabajaba en el organismo oficial de Rusia, el Centro de la Cultura y Ciencia de Rusia en Buenos Aires, Casa de Rusia, se conectaron con ella las monjas a través del mensajero. Necesitaban adquirir el diccionario ruso-español para poder traducir las cartas de los padres espirituales ortodoxos rusos que llegaban al monasterio.

Al recibir el pedido de prestarles el diccionario de la biblioteca del organismo ruso, Tamara no dudó en regalar a las monjas carmelitas el diccionario. Así comenzó la amistad espiritual entre Tamara y hermana Miriam.

Muy pronto, como gesto de agradecimiento por el diccionario español-ruso, las monjas enviaron muchos obsequios a Tamara en el organismo ruso. Tamara valoró profundamente: “Me regalaron un icono ruso de la Madre de Dios de Kazán y una oración en ruso que escribió la hermana Miriam al lado. Fue la oración del Papa Juan Pablo II, que rezaba ante ese icono milagroso que se encontraba con él. En esa oración se pedía la unión entre la Iglesia Ortodoxa y la Católica”.

Fue un regalo simbólico y profético de la hermana monja descalza.

SALTA LINDA


La experiencia espiritual de Tamara durante su peregrinación a la Virgen de la Inmaculada Madre del Corazón Eucarístico de Jesús.

Tres chicas debían encontrarse en el aeropuerto, ya que tenían que vivir juntas en la habitación. Tamara conocía solo a una de ellas, porque era su alumna y ayudante en la cátedra, y la otra, Elide, no la conocía. Al llegar al aeropuerto, la primera persona que vio a su lado del grupo de peregrinos fue una chica sonriente, con una mirada muy profunda y tierna. Sin pensarlo mucho, Tamara le preguntó si era Elide, a lo que ella respondió que se llamaba Paula. Sería una persona que acompañaría a Tamara mucho en ese viaje espiritual.

El vínculo fue inmediato. Todo el camino hacia el avión estuvieron conversando acerca de los viajes. Tamara le confesó a Paula que era su primera vez en un viaje de ese tipo, a lo que Paula le contestó que ella hacía este viaje desde 2018. A través de esta nueva amistad, Tamara descubrió en el cerro el Rosario de la Madre de Dios, algo que no formaba parte de su tradición ortodoxa.

El impacto de la energía del cerro

El viaje llevó a Tamara al cerro, un lugar que le recordó a su peregrinaje previo a Jerusalén. “La energía que sentí en el cerro de Salta fue similar a la que experimenté en Jerusalén. La conexión espiritual con la Madre de Dios en ese lugar sagrado se percibía”, describe Tamara, destacando cómo ese momento la hizo sentir una gracia divina muy especial, algo que no había experimentado nunca en otras iglesias católicas.

“Este lugar, donde pude rezar a la Madre de Dios, tenía la misma vibración y energía que el jardín de Getsemaní en Jerusalén, donde estuvo Cristo. Sentí esa gracia”, agrega Tamara.

Encuentros significativos y regalos espirituales

A lo largo de la peregrinación, Tamara vivió otros momentos significativos, como su visita al monasterio de las carmelitas, donde tuvo una conversación profunda con una monja. En este encuentro, la monja le regaló libros, postales y estampitas, incluyendo una para sus compañeros de viaje. Además, la monja “portera de Salta” le pidió que rezara Tamara por ellas, las 14 monjas carmelitas. Tamara no tenía tantos regalos para darles a todas las monjas en ese momento, pero para la próxima ya sabría que son 14 y los regalos esperarían a todas.

Uno de los momentos más emotivos ocurrió cuando Tamara sintió la necesidad de dar una estampita con el Sagrado Corazón de Jesús a un compañero de viaje, reconociendo en él una tristeza que solo ella podía percibir. Este gesto de entrega reflejó la conexión espiritual y el compromiso de Tamara con los demás en su viaje.

Señales en la billetera y la Virgen Santísima del Perpetuo Socorro

Al final de su peregrinación, mientras se dirigía al aeropuerto, Tamara descubrió una estampita en su billetera que nunca había notado antes. Al mirarla, se dio cuenta de que era la misma imagen que vio en la iglesia. Era la Virgen Santísima del Perpetuo Socorro, un símbolo que, aunque desconocido para ella, se conectó con su experiencia en la iglesia ortodoxa y con la Virgen de Salta, patrona de la ciudad.

“Cuando vi la estampita en mi billetera, me di cuenta de que era la imagen de la misma Virgen que habíamos venerado en la misa. Fue una señal de que Dios me estaba guiando a través de este viaje, y su presencia se hizo evidente en todo momento”, concluye Tamara, destacando cómo todo el viaje fue un camino de señales divinas y experiencias de fe profunda.

Al regresar a Buenos Aires, al día siguiente, Tamara se reunió con sus amigos para almorzar y contarles sobre su viaje espiritual a Salta. Al llegar a la casa de los anfitriones, siendo amante del buen té, Tamara les llevó un delicioso té verde en hebras para convidar. Trajo el té en un paquete pequeño y, al abrirlo y colocar la cucharita para ponerlo en la tetera, descubrió que en esa cucharita de té se encontraba aquella misma medalla milagrosa, la más pequeña y gastada, que casualmente vio al fondo de la bolsa de regalos del monasterio de Santa Teresita de Jesús de Buenos Aires.

Cómo apareció en el paquete con té, solo Dios lo sabe. Por suerte, Tamara descubrió la medallita pequeña y la mostró a todos, compartiendo la alegría de que la Madre de Dios la acompañaba en su viaje. Tamara se conmovió mucho, y a partir de ese momento usó esa medallita en su cadena con la Cruz ortodoxa.

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