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Módulo 3.6 – Diplomado – La Verdad de Guadalupe – Instituto Guadalupano – Apuntes M. Izaguirre.

Clase 14 – Noviembre– 2022

Por el Monseñor Chávez

María Madre de la Iglesia

Por Jesús, María es Madre de la Iglesia. Este punto quedó claramente definido en la Iglesia después de un largo proceso de reflexión.

  • Durante algún tiempo existieron distintas posturas entre los obispos. Algunos sostenían que María debía ser reconocida explícitamente como Madre de la Iglesia y otros no estaban de acuerdo. Incluso entre los obispos mexicanos existían divisiones sobre el tema. Como representante de ese grupo se encontraba Sergio Méndez Arceo, quien expresaba una posición contraria. Sin embargo, finalmente intervino San Pablo VI, puso orden en la discusión y proclamó oficialmente a María como Madre de la Iglesia. La razón es sencilla: si María es Madre de Dios, también es Madre de la Iglesia, porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo.
  • Todo esto resulta especialmente interesante cuando se contempla a la Virgen de Guadalupe. Ella aparece íntimamente ligada al misterio de la Iglesia. De hecho, cuando se manifiesta en el Tepeyac, lo que pide es una Iglesia, una casa sagrada donde pueda mostrar a su Hijo y comunicar su amor a todos los pueblos. Por eso puede decirse que ella misma se presenta como la primera Iglesia de Jesús, ya que lo lleva en su Inmaculado vientre. Si la imagen la mostrara solamente cargando al Niño en brazos, como ocurre en muchas representaciones marianas, todavía podría existir cierta discusión simbólica. Sin embargo, al aparecer embarazada, llevando a Cristo en su vientre, la imagen manifiesta con claridad que María es el primer santuario y la primera Iglesia, porque contiene físicamente a Jesucristo.

La señal de Guadalupe es la Iglesia

  • Al analizar el relato guadalupano surge una pregunta fundamental: ¿cuál es la señal que la Virgen entrega? A primera vista podría pensarse que son las flores, la tilma o incluso la propia imagen milagrosa. Sin embargo, la señal completa es mucho más profunda. La señal es la Iglesia Católica.
  • Las flores forman parte de la señal. La tilma forma parte de la señal. Juan Diego forma parte de la señal. El obispo también forma parte de la señal. Pero ninguno de estos elementos, por separado, constituye la totalidad del signo. La señal aparece cuando todos ellos se encuentran unidos. Allí están los laicos representados por Juan Diego, la autoridad eclesiástica representada por el obispo, María conduciendo hacia Cristo y Jesucristo presente en su Inmaculado vientre. Todo ello constituye una imagen de la Iglesia Católica.
  • Por eso Guadalupe no puede entenderse únicamente como una devoción privada. Desde el inicio está mostrando una Iglesia organizada, visible y jerárquica. María no actúa al margen de la autoridad eclesial, sino que envía a Juan Diego precisamente al obispo. Ella, siendo Madre de Dios, se somete al orden querido por su propio Hijo y reconoce la autoridad establecida dentro de la Iglesia.

La autoridad del obispo y el caso de Zumárraga

Este punto permite comprender mejor la figura de Fray Juan de Zumárraga. Históricamente, Carlos V lo nombró para la diócesis mexicana en 1527 y llegó a la Nueva España en 1528. Más tarde, en 1529, escribió una dura carta denunciando los abusos de la Primera Audiencia.

La cuestión importante es determinar cuándo puede considerarse verdaderamente obispo. La fecha clave es el 2 de septiembre de 1530, momento en que el Papa aprueba oficialmente su nombramiento. Aunque la consagración episcopal tendría lugar posteriormente en Valladolid, desde el momento de la aprobación pontificia ya existía legitimidad para el ejercicio de su ministerio, especialmente en aquellos territorios de misión.

Por esa razón, la diócesis de México comienza a existir formalmente desde esa fecha. No fue necesario esperar hasta la consagración posterior para reconocer la existencia de la autoridad episcopal. Bastó la aprobación del Santo Padre.

Esto permite aclarar una interpretación histórica que sostiene que Juan Diego habría sido enviado por la Virgen a una persona que todavía no era obispo. Según esta explicación, desde el momento de la aprobación pontificia Zumárraga ya era obispo electo y legítimamente reconocido por la Iglesia. Por tanto, cuando la Virgen de Guadalupe envía a Juan Diego ante él, lo está enviando verdaderamente al obispo de la diócesis de México.

Las semillas del Verbo y su plenitud en Guadalupe

Todo esto permite comprender mejor el concepto de las semillas del Verbo. El Concilio Vaticano II y diversos documentos del Magisterio enseñan que Dios ha dejado en todas las culturas ciertos elementos de verdad y de búsqueda que preparan el camino para la recepción del Evangelio. Estas realidades reciben el nombre de semillas del Verbo.

En Santa María de Guadalupe esas semillas alcanzan su plenitud. No se trata de que Guadalupe anuncie un mensaje diferente del Evangelio. Al contrario, toma aquellos elementos presentes en el mundo indígena y los conduce hacia Cristo. Lo importante no es la cultura por sí misma, sino la plenitud del Evangelio que viene a realizar aquello que las culturas buscaban de manera imperfecta.

Por eso Guadalupe debe entenderse siempre en referencia a Jesucristo. Todo en ella conduce a Cristo y todo encuentra sentido en Él.

La Virgen de Guadalupe como imagen de la Encarnación

Si contemplamos la imagen guadalupana descubrimos inmediatamente el misterio de la Encarnación. María aparece como una mujer de Adviento, una mujer que lleva en su seno al Emmanuel, al Dios con nosotros.

La imagen está proclamando visualmente aquello que el Evangelio relata con palabras: Dios ha entrado en la historia humana. María ha sido elegida por Dios para esta misión única, pero al mismo tiempo ha respondido libremente a esa elección cuando pronunció su fiat: «Soy la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Por eso la imagen de Guadalupe no es simplemente un retrato de María. Es una representación de la Encarnación misma. El hecho de que aparezca embarazada permite contemplar el momento en que el Verbo hecho carne habita entre nosotros. Allí se encuentra el inicio de toda la historia de la salvación.

  • La imagen queda plasmada milagrosamente el 12 de diciembre, fecha que posee una gran importancia para los pueblos indígenas. Durante ese tiempo celebraban festividades relacionadas con el Panquetzaliztli, una de las solemnidades más importantes de su calendario religioso. Sin embargo, la Virgen no se limita a asumir elementos culturales preexistentes. Lo que hace es conducirlos hacia una realidad superior. Aquello que los pueblos indígenas buscaban encuentra su cumplimiento en Jesucristo.
  • Por eso, junto a la Encarnación, aparece también el misterio de la Pascua. La imagen no habla solamente del nacimiento de Cristo, sino también de su victoria definitiva sobre el pecado y la muerte.
  • San Pablo enseña que, si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe. La Pascua es el acontecimiento que da sentido a toda la historia de la salvación. El mismo Cristo que María lleva en su vientre es el Cristo que vencerá la muerte y abrirá para la humanidad el camino de la vida eterna.
  • Dentro de la espiritualidad indígena existía el símbolo del Fuego Nuevo, signo de renovación, vida y esperanza. Guadalupe toma este lenguaje y lo conduce a su plenitud en Jesucristo.
  • Cristo es la verdadera luz que no se extingue. Es el fuego eterno que no muere. Es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Todo lo que la liturgia proclama durante la Vigilia Pascual acerca de la luz que vence las tinieblas encuentra aquí un profundo eco.

San Juan Pablo II enseñaba que la fe siempre es vivida dentro de una cultura concreta. Nadie cree en el vacío. Toda persona recibe, comprende y vive el Evangelio desde una historia, unas costumbres, una lengua y una forma particular de entender el mundo. Por eso la construcción del Reino de Dios necesariamente toma elementos de las culturas humanas. La Iglesia no evangeliza pueblos abstractos, sino personas concretas que pertenecen a culturas concretas.

En este sentido permanece plenamente válido el principio formulado por San Ireneo: «Lo que no es asumido no es redimido». Es decir, Dios no salva destruyendo lo humano, sino asumiéndolo, purificándolo y llevándolo a su plenitud. Este principio de la Encarnación se convierte en la base de toda evangelización auténtica.

Las culturas no son un terreno vacío ni una realidad completamente corrompida. Dentro de cada cultura existen valores auténticos, semillas de verdad, deseos profundos de bien, de belleza y de trascendencia. Lo que hace el Evangelio no es eliminar esos valores, sino llevarlos a su cumplimiento en Jesucristo. Dios toma aquello que es verdadero, bueno y noble dentro de una cultura y lo conduce hacia una plenitud que esa misma cultura no podría alcanzar por sí sola.

La capacidad universal de la Virgen de Guadalupe ¿cómo logra la Virgen de Guadalupe poner a Jesús en el corazón de culturas tan distintas entre sí?

A primera vista parecería que Guadalupe es una manifestación dirigida principalmente a los pueblos indígenas de México. La Virgen habla en náhuatl. Su imagen contiene símbolos indígenas. Sus colores, sus signos y muchos de sus elementos visuales dialogan directamente con el mundo indígena del siglo XVI. También podría decirse que dialoga con los españoles, ya que su figura recuerda a la Inmaculada Concepción y contiene elementos profundamente cristianos comprensibles para el mundo europeo.

Pero entonces aparece una pregunta más profunda: ¿cómo llega Guadalupe a los chinos, a los polacos, a los italianos, a los filipinos, a los brasileños o a los africanos? ¿Cómo una imagen nacida en el contexto mexicano logra tocar el corazón de personas tan alejadas culturalmente de ese origen?

La respuesta no es sencilla. Sin embargo, la realidad demuestra que sucede. La Virgen de Guadalupe posee una extraordinaria capacidad de llevar a Jesucristo a cualquier cultura. No realiza únicamente una evangelización adaptada al México del siglo XVI, sino que continúa hablando a pueblos completamente distintos entre sí.

Se puede observar en lugares como Macao, donde confluyen raíces chinas y portuguesas; en Hong Kong, marcado por la herencia británica; en Taiwán, con sus propias particularidades culturales; en Polonia, tierra natal de San Juan Pablo II; en Italia; en Filipinas; en Canadá; en Estados Unidos; en Brasil o en Argentina. Todos estos pueblos poseen historias, tradiciones y formas de vida muy diferentes, y sin embargo la Virgen de Guadalupe encuentra un modo de acercarlos a Cristo.

Madre de todos los pueblos

Por eso cobran una fuerza especial las palabras que dirige a Juan Diego cuando se presenta como madre.

No se presenta solamente como madre de un grupo étnico, de una nación o de una cultura particular. Se presenta como madre de todos aquellos que habitan esta tierra y de todas las demás variadas estirpes.

La expresión “variadas estirpes” posee una enorme riqueza. No habla únicamente de razas o pueblos, sino también de culturas, tradiciones y formas de vida distintas. Desde el principio, el mensaje guadalupano tiene una vocación universal.

Por esta razón resulta equivocada la idea de que los mexicanos intentan imponer la devoción guadalupana al resto del mundo. En realidad, la expansión de la devoción no ha sido principalmente una iniciativa nacionalista mexicana. Han sido los propios obispos de distintos países quienes han acogido a la Virgen de Guadalupe como patrona y modelo de evangelización.

Filipinas, por ejemplo, posee una historia y una cultura completamente distintas de México. Canadá tiene características culturales propias muy diferentes tanto de México como de Estados Unidos. Brasil posee una mezcla única de herencias portuguesas, indígenas y africanas. Argentina recibió una enorme influencia europea, especialmente italiana y alemana. Estados Unidos es un verdadero mosaico de culturas procedentes de múltiples partes del mundo.

Sin embargo, en todas estas realidades la Virgen de Guadalupe encuentra un camino para conducir a las personas hacia Cristo.

Guadalupe no destruye las culturas

Precisamente aquí aparece el verdadero sentido de la evangelización. La Virgen de Guadalupe no llega para destruir culturas. Tampoco llega para sustituirlas por una cultura extranjera. Su misión consiste en conducir cada cultura hacia Jesucristo.

Por eso puede afirmarse que Guadalupe no pertenece exclusivamente a México. Nació históricamente en México, pero su mensaje está destinado al mundo entero. Su misión consiste en colocar a Cristo, Rey del Universo y Señor de la Historia, en el corazón de todos los pueblos.

La Virgen no busca mexicanizar al mundo. Busca cristianizar el corazón humano.

Ella se entrega a todos porque todos son sus hijos.

La verdadera evangelización según Puebla

El Documento de Puebla retoma esta misma idea cuando enseña que la evangelización no es un proceso de destrucción cultural, sino de consolidación y fortalecimiento de los auténticos valores presentes en cada pueblo.

La evangelización contribuye al crecimiento de los “gérmenes del Verbo”, expresión equivalente a las “semillas del Verbo” utilizadas por otros documentos de la Iglesia. Estos gérmenes están presentes en todas las culturas humanas porque Dios ha sembrado en toda la humanidad una búsqueda profunda de la verdad.

Por eso la Iglesia procura traducir el mensaje evangélico al lenguaje, los símbolos y las expresiones propias de cada cultura. No cambia el Evangelio, pero sí busca que pueda ser comprendido y vivido por cada pueblo.

De esta manera, la evangelización permite que las culturas sean renovadas, elevadas y perfeccionadas por la presencia de Cristo resucitado, centro de la historia y Señor de toda la creación.

La diferencia entre purificar y destruir

Es importante entender que elevar una cultura no significa aprobar todo lo que existe dentro de ella. Todas las culturas poseen valores y también antivalores.

La evangelización fortalece los valores auténticos, pero corrige aquello que aleja al ser humano de Dios y de su propia dignidad.

El problema aparece cuando una sociedad comienza a presentar los antivalores como si fueran valores. En ese momento surge una profunda confusión moral. La persona ya no sabe distinguir con claridad qué la construye y qué la destruye.

Es distinto reconocer que algo es malo y aun así realizarlo, que llamar bueno a aquello que en realidad hace daño. En el segundo caso la confusión es mucho más profunda, porque se pierde la capacidad misma de discernir.

El valor de la persona humana

Un ejemplo de esta inversión de valores aparece cuando ciertas virtudes comienzan a ser ridiculizadas. La virginidad, que durante siglos fue considerada un valor relacionado con la dignidad y el dominio de sí mismo, pasa a ser vista por algunos como algo negativo o vergonzoso.

Lo mismo ocurre con la familia, la fidelidad o el respeto a los ancianos.

Muchas culturas tradicionales, incluidos los pueblos indígenas, consideraban a los ancianos como un verdadero tesoro. Su experiencia era valorada porque representaban la memoria y la sabiduría de la comunidad. Sin embargo, en algunas corrientes contemporáneas comienza a aparecer una lógica utilitarista que mide el valor de las personas únicamente por su capacidad de producir económicamente.

Desde esa perspectiva, un enfermo, un anciano o una persona con discapacidad podrían parecer una carga. Pero el Evangelio propone una visión completamente distinta.

El valor de una persona no depende de lo que produce, sino de lo que es.

Además, el cuidado de los más débiles no solamente beneficia al necesitado. También transforma a quien sirve. Cuidar a un enfermo, acompañar a un anciano o ayudar a una persona vulnerable hace crecer en humanidad a quien realiza ese servicio.

Por eso, en medio de terremotos, inundaciones y tragedias, suelen aparecer personas capaces de actos heroicos que jamás imaginaron poder realizar. Al entregarse a los demás descubren dimensiones de amor, generosidad y sacrificio que permanecían ocultas dentro de ellas.

Historia

1979 y 1981: La dimensión continental de Guadalupe

  • 27 de enero de 1979: Juan Pablo II viaja a Puebla, México, y visita el Santuario de la Virgen de Guadalupe, donde se resalta su maternidad espiritual, la cual congrega en peregrinación a fieles de todas las naciones del continente, desde el norte hasta el sur.
  • La visita realizada en 1979 al Santuario de Guadalupe marcó de forma definitiva el pontificado de Juan Pablo II, quien asumió la idea del continuo renovamiento de la identidad evangelizadora, concepto previamente expuesto por el Papa Pablo VI.
  • En su libro autobiográfico titulado ¡Levantaos! ¡Vamos!, publicado por la editorial Plaza & Janés en México en el año 2004, páginas 58 y 59, el pontífice expresó su profunda devoción personal y la necesidad imperiosa de volver a visitar la imagen de la Virgen de Guadalupe por considerar que en ella inició el proceso de evangelización del continente.
  • Aparición de una perspectiva global: Desde 1981 se constata que la Virgen de Guadalupe es considerada un signo de unidad para toda América, abarcando regiones como Alaska, Canadá, Estados Unidos y Brasil.

1999: Patronato de América y el documento eclesial

  • Declaración formal: En el año 1999, el Papa Juan Pablo II nombra oficialmente a la Virgen de Guadalupe como Patrona de todo el continente americano.
  • En la Exhortación Apostólica Ecclesia in America, número 11, páginas 19 y 20, se establece que desde los orígenes de su advocación, María de Guadalupe constituyó el gran signo del rostro maternal y misericordioso de la cercanía del Padre y de Cristo, vinculando esta descripción con la gran señal profética mencionada en el capítulo 12 del Libro del Apocalipsis.
  • El texto pontificio describe a América como un crisol, término que define la purificación, conjunción y fusión de múltiples razas, culturas y procedencias geográficas originarias de diversos países, tales como México, Perú, Brasil, Argentina, naciones europeas y otras regiones.
  • Documento pontificio: La designación se realiza a través de la Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America, específicamente en su número 11, atendiendo a la petición de los obispos de las distintas naciones del continente.

1992: V Centenario en Santo Domingo y el Mensaje a los Indígenas

  • 12 de octubre de 1992: Se conmemoran en Santo Domingo, región del Caribe, los 500 años de la llegada del Evangelio y el descubrimiento de América, también denominado Día de la Hispanidad.
  • Origen del nombre de los Caballeros de Colón: Organización fundada por el sacerdote Michael J. McGivney en Connecticut, Estados Unidos, cuyo nombre se eligió para reivindicar que los católicos fueron los primeros en introducir la fe cristiana en el continente americano, frente a la influencia mayoritariamente protestante de la época.
  • Mensaje de Juan Pablo II: El Sumo Pontífice dirige un discurso a los pueblos indígenas del continente americano, en el cual destaca:
    • Las semillas del verbo: Concepto teológico que explica que Dios ya estaba presente iluminando el camino de los antepasados antes de la llegada formal del Evangelio, debido a que todo ser humano está creado a imagen y semejanza divina.
    • Manifestación en la creación: Los elementos naturales como el sol, la luna, la tierra, los volcanes, las selvas, las lagunas y los ríos eran interpretados como divinidades por las culturas prehispánicas, Tláloc, Huitzilopochtli, pero la evangelización les permitió descubrir que estos elementos eran solo un pálido reflejo del único Dios creador.
    • Maternidad divina: Se precisa que la Virgen María es la madre del Dios omnipotente y verdadero, cuyos atributos fueron atribuidos erróneamente por las culturas antiguas a deidades como Zeus, Júpiter u Ometeótl, aclarando que no se debe confundir la maternidad de María con dichas figuras mitológicas.

Teología de la Redención y la figura de Juan Diego

  • El misterio Pascual: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, redime a la humanidad mediante su pasión, muerte y resurrección, acontecimiento que la Iglesia Católica celebra litúrgicamente en la Pascua.
  • Fraternidad universal: El mensaje evangélico establece que todos los hombres son hermanos al tener un Padre común y estar llamados a formar parte de la Iglesia fundada con la sangre de Cristo.
  • La promesa del Tepeyac: Juan Pablo II vincula esta fraternidad con la protección prometida por la Virgen al indígena Juan Diego, a quien el Papa elevó a los altares, definiéndolo como un hijo insigne de la misma sangre de los pueblos americanos.
  • Identidad y comunidad: Las palabras de Juan Diego registradas en la tradición histórica, donde cuestiona si se encuentra en la tierra de las flores, Xochitlalpan, o en la tierra celestial, manifiestan el descubrimiento de una identidad comunitaria y familiar bajo una misma maternidad espiritual, basada en el amor, la búsqueda voluntaria y la confianza de los fieles.
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