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Como la Perfecta Virgen Santa María de Guadalupe dio origen al derecho internacional y convenció a los aztecas de renunciar a los sacrificios humanos.


En el centro del universo, donde convergen los 4 vientos del Universo, en Tenochtitlan, un
imperio custodiaba el renacimiento del Sol. El pueblo, desde el emperador hasta el más
humilde, todo el año se preparaba para la noche más oscura, donde el sol en el momento de
más debilidad, necesitaba una colaboración especial de los dioses y los hombres para vencer
la oscuridad. Esa noche, la noche del solsticio de invierno, sin la ayuda extraordinaria del
imperio, la vida se extinguiría.

Los sacerdotes y nobles daban el ejemplo y entregaban su propia sangre a los dioses para
ayudar al sol a vencer la oscuridad. Durante 80 días ayunaban y hacían mortificaciones de
extremada dureza como atravesar los genitales con una soga o la lengua con tallos duros de
plantas. Cuando llegaba el gran día, el solsticio de invierno, se celebraba la fiesta del triunfo
sobre la oscuridad: el Panquetzaliztli.

La victoria se basaba en el sacrificio y la comunión. Se sacrificaba primero al dios
Huitzilopochtli, simbolizado en una escultura de pan de amaranto que se mataba con una
flecha. Luego se repartía el cuerpo del dios sacrificado entre todo el pueblo. Comer al dios,
comulgar, era la máxima dignidad. Luego se sacrificaban las víctimas humanas. Le daban lo
más valioso del ser humano al gran dios: la sangre y los corazones. El resto de los cuerpos se
comulgaba entre los nobles y el pueblo. Cada año se repetía esta gran fiesta y el universo
continuaba su ciclo.

Pero terribles presagios anunciaron el fin de esta gran fiesta, del honor de los custodios del
universo. El imperio cayó en guerra contra pueblos vasallos sublevados, aliados a un nuevo
gran poder: España. La reina España les permitió a los conquistados retener sus propiedades,
su libertad y la igualdad de derechos con los conquistadores, pero no les permitió continuar con
los sacrificios humanos. Los españoles lo veían como un ritual caníbal y demoníaco.

Los custodios del universo ya no podían custodiarlo. Nuevos terribles presagios aparecieron:
terremotos, pestes inexplicables, señales en cielo y volcanes. El dios lejano de ellos los había
abandonado y la peste era una maldición. Los sacrificios propios y de los seres queridos
habían sido en vano. Los misioneros y educadores venidos de España chocaron contra una
barrera: “nuestros dioses han muerto, dejadnos morir”. En los diálogos que tenían y quedaron
registrados, los miembros de dos culturas se escuchaban y se estudiaban pero no se podían
entender.

A esto se agregó otra desgracia: nuevos funcionarios venidos de España llenos de codicia
crearon una sensación de apocalípsis entre los españoles también. A pesar de que se habían
reglamentado leyes que garantizaban al trabajador derechos a salario justo, 5 meses de
vacaciones, licencia por maternidad y a pesar de la construcción de hospitales, colegios y
universidades, estos funcionarios arrasaron con todo y formaron mafias para saquear,
esclavizar y matar.

Destruyeron hospitales, escuelas y cultivos. Uno de ellos echó a los leprosos de un hospital,
los dejó sin su huerta y todo se lo apropió para beneficio personal. No solo saqueaban a los
indígenas sino también la propiedad pública, la religiosa y la de otros españoles. Perseguían a
los educadores para que no evangelicen a los indígenas y así poder esclavizarlos. Dejaron a la
ciudad de México sin sacerdotes ni frailes. Ejercían un sistema de censura que impedía que las
denuncias lleguen a España. “Todo está por perderse” le escribió el obispo de Méjico al rey
luego de que intentaron matarlo.

Era el año 1531, el año que para la cultura mexica era el 13 caña, el final de un ciclo, que los
presagios (el gran eclipse, señales en el cielor, la epidemia y los temblores de la naturaleza)
anunciaban como el fin del universo. Todo se había acabado. Se aproximaba el solsticio del
invierno, el día en que el sol necesitaba la sangre del imperio y sus vasallos para vencer a la
oscuridad. Pero la sangre, el ayuno, los corazones y el sacrificio no ayudarían al sol. Estaban
ausentes, habían sido prohibidos. La oscuridad ganaría. Era el fin.

En la madrugada del soltiscio del invierno, cuando todo estaba perdido, se apareció una mujer,
parada sobre el eclipse de la luna oscura, embarazada del Dios creador de todas las cosas que
emanaba la luz del sol. Se apareció a un pueblo cuyos templos habían sido destruidos, templos
que para ellos eran la civilización, el centro de la ciudad y del universo.

Ese día ella les pidió que le hicieran una Casita Sagrada en el llano (en la cultura azteca
significaba lo verdadero, la raíz) y en ella les entregaba a la Victima para el único sacrificio
necesario: su Hijo. Ella los comprendía, ella comprendía el sufrimiento de este pueblo. Así
como los mexicas habían entregado a sus hijos para los más terribles sacrificios, ella había
entregado a su propio Hijo para el sacrificio más cruel de la civilización occidental: la cruz. Y
ahora se los entregaba a ellos en la casita sagrada que significaba una nueva ciudad, una
nueva civilización, un nuevo centro del universo. Esta casita, sería el nuevo templo, el centro
del universo donde confluirían los 4 vientos.

Allí estaría un Dios cercano (el Dios que tanto anhelaban) que les había dado una Madre que
deseaba escuchar a sus hijos acompañarlos y ayudarlos. Ya no serían necesario sacrificios,
solo la Casita Sagrada para comulgar con el verdadero Dios que ella tenía la dicha y el deseo
tan fuerte de entregarles.

El pueblo azteca sintió que recibió una respuesta a su anhelo y aceptó esta Casita Sagrada. Se
invirtieron los roles, ya no eran los misioneros los que debían persuadir a los mexicas para que
se bautizaran sino que los mexicas perseguían a los misioneros para que los bautizaran. Se
bautizaban de a miles. En un periodo de 7 años se bautizaron 9 millones de mexicas.
Hospitales, colegios y universidades volvieron a abrir. Los nobles y sacerdotes del imperio se
convirtieron en profesores, directores, escritores, capitanes, médicos y estudiosos del nuevo
México. Los burócratas ambiciosos fueron encarcelados y sus empresas cerradas.

Esta fusión de civilizaciones dio origen al derecho internacional, basado en que cada persona
sin importar su nacionalidad ni lugar de nacimiento tenía igualdad de derechos con cualquier
otra persona. Sus derechos derivan de su condición de hijos de Dios y por tanto la intervención
extranjera sólo era legítima si se respetaba el derecho de esas personas (derechos humanos) y
no se causaba daño. María se presentó como la madre de todos, sin importar la estirpe ni la
raza ni la cultura.

FUENTES


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