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Cómo la Virgen de Guadalupe convenció a los aztecas de renunciar a los sacrificios humanos

Por: Equipo Aidsky

En el México antiguo, Tenochtitlan no sólo era la capital de un imperio, sino el centro que sostenia todo el universo. Allí convergen los cuatro vientos del universo y se creía que el mundo estaba en un constante equilibrio gracias a que, cada año, con la llegada del invierno, el Sol se debilitaba tanto que podía dejar de salir. Para los mexicas, la ciudad era el lugar desde donde se llevaba a cabo una misión sagrada: asegurar que la luz nunca se apagará y que la vida pudiera continuar. 

Desde el emperador hasta el más humilde, todo el año se preparaban para la noche más oscura, donde el sol en el momento de más debilidad,  necesitaba una colaboración especial de los dioses y los hombres para vencer la oscuridad. 

Alrededor del 21 de diciembre ocurria el solsticio de invierno, un evento astronómico en donde el día es el más corto y la noche la más larga del año. Esa noche, sin su ayuda, la vida se extinguiría.

Los sacerdotes y nobles daban el ejemplo entregando su propia sangre a los dioses para así poder ayudar al sol a vencer la oscuridad. Durante 80 días ayunaban y hacían mortificaciones de extremada dureza como atravesar los genitales con una soga o la lengua con tallos duros de plantas. Cuando llegaba el gran día del solsticio de invierno, se celebraba la fiesta del triunfo sobre la oscuridad: el Panquetzaliztli.

Aquella fiesta era una de las festividades más importantes del calendario mexica, dedicada al dios Huitzilopochtli, donde se celebraba la victoria del Sol sobre las tinieblas. Esta fiesta, llena de sacrificios, pero también de comunión, era una oportunidad para renovar la conexión entre los humanos y los dioses.  

Primero se sacrificaba a Huitzilopochtli, el dios de la guerra y del Sol, simbolizado por una escultura de pan de amaranto que se atravesaba con una flecha. Luego, su cuerpo se repartía entre el pueblo como símbolo de comunión. Comer al dios era considerado un honor máximo, pues representaba la unión espiritual entre los seres humanos y las deidades.

Luego se realizaban sacrificios humanos, en los cuales se ofrecían lo más valioso de las víctimas: su sangre y sus corazones. Lo que sobraba del cuerpo se compartía entre nobles y pueblo. Y es así que, cada año, esta ceremonia garantizaba que el universo siguiera su curso.

Hasta que un día, el gran imperio cayó y terribles presagios comenzaron a anunciar el fin de esta gran fiesta y del universo.

El imperio cayó en guerra contra pueblos vasallos sublevados, aliados a un nuevo gran poder: la Corona Española. 

Los monarcas Isabel y Fernando de España les permitieron a los pueblos conquistados retener sus propiedades, su libertad y la igualdad de derechos, pero no les permitió continuar con los sacrificios humanos. Para los españoles, esos sacrificios solo eran  rituales caníbales y demoníacos.

Los mexicas, que habían dependido de estos sacrificios para mantener el orden del mundo, se encontraron en una crisis espiritual. La prohibición del sacrificio significaba el fin de su conexión con los dioses.

Los terribles presagios eran cada vez más: terremotos, pestes inexplicables, señales en cielo y volcanes. Sus dioses los habían abandonado. Todos los sacrificios que habían realizado, los propios y los de sus seres queridos, habían sido en vano.

Los misioneros y educadores venidos de España chocaron contra una barrera: “nuestros dioses han muerto, dejadnos morir”. El choque cultural fue inmenso. Dos diálogos completamente distintos que se escuchaban y se estudiaban pero no lograban entenderse. 

Pero no todos querían entender ese dolor. Entre los recién llegados había hombres, muchos de ellos funcionarios venidos de España, movidos por la codicia, que no buscaban comprender, sino dominar. No veían un pueblo herido, sino una tierra que explotar y personas de las que aprovecharse, incluso esclavizándolas.

Aunque se habían establecido leyes que garantizaban derechos como un salario justo, descansos o licencias, en la práctica esos beneficios les eran negados. Del mismo modo, pese a la construcción de hospitales, escuelas y universidades, se les cerraban las puertas de esos espacios, impidiéndoles acceder a la salud, la educación y a cualquier posibilidad real de reconstruir sus vidas.

Estos funcionarios arrasaron con todo. Robaron, esclavizaron y mataron, sin hacer caso a lo que la Corona había establecido. Perseguían a los misioneros y educadores que intentaban proteger a los indígenas o evangelizarlos, con el fin de mantener su control sobre ellos. Ejercían un sistema de censura que impedía que las denuncias lleguen a España. 

Y llegó el año 1531, el 13 Caña para los mexicas, el final de un ciclo que los presagios estaban anunciando como el fin del universo. Todo se iba a acabar. 

Se aproximaba el solsticio del invierno, el día en que el sol necesitaba la sangre del imperio y sus vasallos para vencer a la oscuridad. 

Pero la sangre, el ayuno, los corazones y el sacrificio no ayudarían al sol esta vez. Estaban ausentes porque habían sido prohibidos y la oscuridad ganaría. 

Este era el fin.

Llegó la madrugada del solsticio del invierno, cuando todo estaba perdido. Pero la luz no se apagó. Una mujer apareció, parada sobre el eclipse de la luna oscura, embarazada del Dios creador de todas las cosas que emanaba la luz del sol. 

Ella apareció para un pueblo cuyos templos habían sido destruidos, templos que para ellos eran la civilización, el centro de la ciudad y del universo.

Ese día ella les pidió que le hicieran una Casita Sagrada en el llano y en ella les entregaba a la Victima para el único sacrificio necesario: su Hijo. 

Ella comprendía el sufrimiento de este pueblo. Así como los mexicas habían entregado a sus hijos para los más terribles sacrificios, ella había entregado a su propio Hijo para el sacrificio más cruel de la civilización occidental: la cruz. 

Y ahora se los entregaba a ellos en la casita sagrada que significaba una nueva ciudad, una nueva civilización, un nuevo centro del universo. Esta casita, sería el nuevo templo, el centro del universo donde confluyen los 4 vientos.

Allí estaría un Dios cercano, el Dios que tanto anhelaban, que les había dado una Madre que deseaba escuchar a sus hijos acompañarlos y ayudarlos. Ya no serían necesario sacrificios, solo la Casita Sagrada para comulgar con el verdadero Dios que ella tenía la dicha y el deseo tan fuerte de entregarles.

El pueblo azteca sintió que recibió una respuesta a su anhelo y aceptó esta Casita Sagrada. Se invirtieron los roles, ya no eran los misioneros los que debían persuadir a los mexicas para que se bautizaran sino que los mexicas perseguían a los misioneros para que los bautizaran. 

Hospitales, colegios y universidades volvieron a abrir. Los nobles y sacerdotes del imperio se convirtieron en profesores, directores, escritores, capitanes, médicos y estudiosos del nuevo México. Los burócratas ambiciosos fueron encarcelados y sus empresas cerradas. 

Y así, lo que parecía el fin del universo no fue más que su transformación.

Aquello que durante siglos intentaron sostener con esfuerzo y dolor, les fue finalmente dado como un regalo. La respuesta a su búsqueda no estaba en hacer más, sino en recibir.

No desapareció su anhelo de comunión, ni su deseo de que la vida continuara. Lo que cambió fue el modo: ya no desde el temor, sino desde el encuentro.

Y en ese cruce, entre una antigua esperanza y una nueva revelación, nació un nuevo pueblo.

El pueblo entendió que ya no era necesario continuar con los sacrificios humanos. El verdadero sacrificio, el de la cruz, les ofreció una nueva forma de comunión, un regalo que los invitaba a ser parte de un nuevo camino, de una nueva vida. 

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