Skip to main content
Imprimir

Cuando la fe estorbaba al negocio: el boicot silencioso contra los aztecas

Por intereses económicos, comerciantes y oficiales del ejército intentaron frenar la evangelización indígena en el México del siglo XVI

En los años posteriores a la conquista de México, la Corona española proclamó leyes claras: los pueblos indígenas debían ser reconocidos como personas libres, con los mismos derechos que los españoles, y se prohibía expresamente el trabajo no remunerado. Sin embargo, entre el papel y la realidad se abrió un abismo. Para muchos comerciantes y oficiales del ejército, esas leyes eran un obstáculo directo para su enriquecimiento.

El problema era simple y brutal: un indígena evangelizado y educado ya no era fácilmente esclavizable.

Evangelizar era educar, y educar era liberar

Los misioneros —apenas doce franciscanos, conocidos como los Doce Apóstoles de México— no solo predicaban el Evangelio. Enseñaban a leer, a escribir, a organizar comunidades, a reconocer la propia dignidad humana y a apelar a las leyes de la Corona. En otras palabras, estaban formando personas conscientes de sus derechos.

Esto encendió la alarma entre los encomenderos, comerciantes y sectores militares que dependían de la explotación indígena. Para ellos, la evangelización no era una obra espiritual: era una amenaza económica.

El boicot: frenar la fe para mantener la esclavitud

Para burlar las leyes reales que prohibían la esclavitud y el trabajo forzado, estos grupos comenzaron a obstaculizar deliberadamente la evangelización y la educación de los aztecas. Impedían el acceso de los misioneros a ciertas regiones, desacreditaban su labor, sembraban miedo entre los indígenas y presionaban políticamente para aislarlos.

La estrategia era clara: mantener a los pueblos originarios en la ignorancia, alejados de la fe cristiana y de la alfabetización, para poder seguir utilizándolos como mano de obra barata —o directamente esclava— sin resistencia ni denuncias.

Un obispo incómodo

El conflicto escaló cuando el obispo fray Juan de Zumárraga denunció estos abusos ante la Corona. Sus informes detallaban los maltratos, la explotación sistemática y el sabotaje a las leyes reales. La respuesta no fue el arrepentimiento de los culpables, sino la violencia: Zumárraga fue atacado físicamente y se intentó silenciar a los misioneros que lo acompañaban.

El mensaje era claro: quien defendiera a los indígenas se convertía en enemigo de los intereses económicos locales.

Una resistencia inesperada

Lo que ni comerciantes ni soldados pudieron prever fue que, en medio de este conflicto, los pueblos indígenas no quedaron solos. En 1531, la aparición de la Virgen de Guadalupe —presentándose como madre, hablando en símbolos nahuas y con rasgos mestizos— cambió el curso de la historia.

La evangelización, que había sido obstaculizada desde el poder económico, avanzó ahora desde el corazón del pueblo.

Cuando la ley y la fe se encuentran

Aunque en algunas regiones los encomenderos lograron imponer su voluntad durante años, el proceso iniciado fue imparable. Los indígenas no solo se convirtieron masivamente al cristianismo, sino que comenzaron a ocupar espacios de liderazgo. Un azteca llegó a ser gobernador del México colonial y dejó por escrito la historia guadalupana en tres idiomas, y otro sería reconocido como santo por la Iglesia.

Lo que los explotadores intentaron frenar quedó al descubierto: la evangelización no era el problema, era la solución. El verdadero conflicto nunca fue religioso, sino económico. Y en ese choque, la fe se convirtió en una fuerza de dignificación y resistencia.

FUENTES


Tabla de contenidos