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Los milagros y estudios científicos de la tilma

Si la imagen de Guadalupe ya resulta sorprendente por su simbolismo, los hechos que la rodean a lo largo de la historia parecen aún más extraordinarios. Desde su inexplicable conservación durante casi cinco siglos hasta estudios científicos que desafían explicaciones convencionales, la tilma de Juan Diego continúa siendo objeto de asombro.

En la tercera parte de su conferencia, Andrés Brito repasa algunos de estos episodios. Durante los primeros 116 años, la imagen de la Virgen, impresa sobre la tilma (o ayate) de Juan Diego, permaneció sin ningún tipo de protección especial, expuesta al humo de velas, al contacto de fieles y a la humedad del ambiente. Un ayete confeccionado con fibras de agave (maguey) que no presenta deterioro es algo extraordinario. Este tipo de material vegetal suele tener una duración limitada: los expertos señalan que normalmente no supera los 20 o 30 años en condiciones habituales, y mucho menos varios siglos. Sin embargo, la tilma se conserva desde 1531, es decir, hace casi cinco siglos. 

Britos menciona que en 1795 ocurrió un accidente. Al limpiar el marco, un recipiente con ácido cayó sobre la parte superior derecha de la imagen. El ácido, que normalmente destruye fibras vegetales, apenas dejó una leve mancha, pero la tela no se desintegró. Con el paso del tiempo, la mancha fue acentuándose visualmente, mientras que el tejido permaneció intacto.

Otro milagro que se menciona en la conferencia es el del 14 de noviembre de 1921. Un hombre llamado Luciano Pérez Carpio se hizo pasar por devoto. Colocó un ramo de flores frente al altar de la antigua Basílica de Guadalupe, pero dentro ocultaba un potente explosivo. La detonación fue devastadora: los vitrales del templo estallaron, varios objetos litúrgicos resultaron dañados y un Cristo de bronce situado en el altar quedó visiblemente doblado. Sin embargo, la tilma de la Virgen no sufrió daños, ni tampoco el vidrio que la protegía, que no era blindado ni antibalas.

Por otro lado, Andrés Britos habla del doctor alemán Richard Kuhn, ganador del Premio Nobel de Química. En 1936, dos hilos de la tilma fueron enviados al doctor. Se trataba de un hilo rojo y otro amarillo. El análisis de los pigmentos presentó un resultado aún más sorprendente. Kuhn concluyó que los colores no tenían origen animal, vegetal ni mineral. Tampoco podían identificarse dentro de los elementos conocidos de la tabla periódica de su época.

Luego, en 1979, los científicos norteamericanos Philip Callahan y Jody B. Smith tuvieron la oportunidad única de estudiar la tilma de la Virgen de Guadalupe, aplicando una de las técnicas más avanzadas de la época: la fotografía infrarroja. Los resultados demostraron que no hay rastros de pinceladas en la tilma, por lo que no tendría un origen artístico convencional. También se descubrió en el estudio que la imagen fue retocada ligeramente, resaltando algunos colores y modificando su nariz, entre otros detalles.

Britos también analiza algo increíble: con la luz infrarroja se descubre que lo que le da volumen al labio de la Virgen es que justo su labio está por encima de un nudo de la tela. Todo en la tilma parece estar pensado a la perfección.

Por otro lado, uno de los aspectos que más ha intrigado a investigadores y científicos a lo largo de los años son los ojos de la Virgen de Guadalupe. A simple vista parecen pequeños y oscuros, pero varios especialistas decidieron analizarlos con instrumentos modernos y los resultados despertaron gran sorpresa.

El oftalmólogo Dr. Enrique Grau, rector de la Universidad Autónoma de México, estudió los ojos de la imagen con un oftalmoscopio. Al observarlos con detenimiento descubrió algo inesperado: los ojos de la Virgen reflejan la luz de la misma manera en que lo haría un ojo humano real, algo que sería extremadamente difícil de reproducir en una pintura realizada por mano humana. El propio doctor contó después que estaba tan concentrado en lo que veía que, por un instante, olvidó que se trataba de una imagen sobre un lienzo. Casi sin darse cuenta, le pidió a la Virgen que “mirara un poco hacia arriba”, como si estuviera examinando a una persona viva.

Años antes, en 1929, el fotógrafo Alfonso Márquez también había observado algo llamativo en esos mismos ojos. Al ampliar la imagen, creyó distinguir la figura diminuta de un hombre con barba que parecía llevar la mano al mentón. Décadas más tarde, en 1951, el fotógrafo Carlos Salinas volvió a estudiar el detalle y confirmó la presencia de esa pequeña figura. Lo más sorprendente es que la imagen reflejada en ambos ojos cumple con la llamada ley de Purkinje-Sanson, un fenómeno óptico que describe cómo se reflejan las imágenes en las superficies curvas del ojo humano, especialmente en la córnea y el cristalino. Este fenómeno fue posteriormente estudiado por varios investigadores, entre ellos el oftalmólogo Dr. Rafael Torija.

El análisis llegó aún más lejos cuando el ingeniero peruano José Aste Tonsmann, especialista en computación y procesamiento digital de imágenes, decidió ampliar los ojos de la Virgen utilizando tecnología moderna. Al aumentar la imagen unas 2.500 veces mediante un microdensitómetro de precisión, encontró algo que llamó profundamente la atención: en esos ojos diminutos, de apenas ocho milímetros, aparecían pequeñas figuras humanas. En total identificó trece figuras casi microscópicas. Entre ellas se distinguieron personajes vinculados al relato guadalupano, como el obispo Juan de Zumárraga, fray Juan González, que estaba junto a él, el propio Juan Diego, otro indígena sentado y un pequeño grupo familiar.

A partir de estos hallazgos, algunos investigadores han propuesto una hipótesis sugestiva: que en los ojos de la Virgen estaría reflejado el momento en que Juan Diego desplegó su tilma frente al obispo. Según esta interpretación, la imagen captaría lo que la Virgen “estaba viendo” en ese instante decisivo, reflejando la escena justo en el momento en que su imagen quedó impresa en la tilma.

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