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Los símbolos de la tilma y el mensaje para los pueblos indígenas

En este punto de la conferencia, Andrés Brito se detiene a analizar los símbolos presentes en la tilma de Guadalupe. Pero antes explica que, para comprender el impacto de aquella imagen en el mundo indígena, es necesario conocer algunos aspectos fundamentales de la civilización azteca.

El Imperio azteca era una de las civilizaciones más poderosas de Mesoamérica. Desde su capital, Tenochtitlán, dominaban a cerca de 300 tribus que habitaban en distintos territorios. Se trataba de una sociedad altamente organizada, con una estructura política jerárquica, un fuerte poder militar y una vida religiosa profundamente integrada en la vida cotidiana. Su arquitectura monumental, sus templos y sus complejos calendarios astronómicos muestran el nivel de desarrollo cultural que habían alcanzado.

La religión ocupaba un lugar central dentro de esta organización. El mundo azteca era politeísta y teocrático, lo que significa que la vida política y social estaba profundamente vinculada a lo religioso. Los dioses estaban asociados a distintas fuerzas de la naturaleza y al equilibrio del universo. Para los aztecas, el cosmos debía mantenerse en movimiento a través de rituales y sacrificios, especialmente sacrificios humanos, que eran ofrecidos a los dioses para garantizar la continuidad del mundo.

Uno de los dioses más importantes era Huitzilopochtli, el dios de la guerra y una de las divinidades centrales del panteón azteca. Se realizaban numerosos sacrificios humanos en su honor, con el objetivo de alimentar a los dioses y evitar que el orden del cosmos se desestabilizara. Se calcula un aproximado de 100.000 víctimas al año para sacrificios en su honor. 

En este universo religioso también aparece la figura de Coatlicue, diosa de la tierra, la fertilidad y la muerte, y madre de Huitzilopochtli. Su representación era impactante: en lugar de cabeza tenía dos serpientes enfrentadas, llevaba un collar formado por manos y corazones humanos y una falda hecha de serpientes. Para ella se realizaban sacrificios de mujeres embarazadas, para retirarles el feto y adornan a la diosa con sus cráneos.Coatlicue era adorada en el monte de Tepeyac, un lugar que tenía una gran carga simbólica para los pueblos indígenas.

Por eso resulta significativo que, siglos más tarde, el relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe sitúe ese mismo monte como el lugar donde María se manifiesta a Juan Diego y donde pide que se le construya una “casita sagrada”. Según el relato, además, cuando la Virgen se presenta ante Juan Bernardino revela un nombre que puede interpretarse como “la que aplasta la cabeza de la serpiente”, un símbolo que dialoga directamente con el universo religioso indígena.

Dentro de la religión azteca también se encontraba la figura de Ometeotl, considerado por algunos como una divinidad suprema vinculada al origen de la vida y al principio creador del universo. A diferencia de otros dioses, no tenía una forma antropomórfica definida y se lo representaba mediante símbolos, como una espiral acompañada por la flor Nahui Ollin. Los aztecas lo reconocían como el dios dueño del cielo y de la tierra, creador de las personas y fuente de la vida.

Por eso, cuando en el relato guadalupano la Virgen se presenta diciendo: “Yo soy la perfectísima siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño del cielo y de la tierra”, el mensaje resultaba comprensible para el mundo indígena. Para muchos de ellos, esas palabras podían interpretarse como una referencia al Dios de la vida que ya formaba parte de su horizonte religioso.

De este modo, en la tilma de la Virgen de Guadalupe se despliega un complejo sistema simbólico profundamente vinculado con la cosmovisión azteca. Cada elemento parece dialogar con categorías comprensibles para el mundo indígena.

En primer lugar, la Virgen aparece con el pelo suelto. En la cultura mexica, las mujeres casadas llevaban el pelo atado, el pelo suelto indicaba virginidad. Este detalle, aparentemente simple, transmitía un mensaje claro. Se trataba de una mujer que no pertenecía a ningún hombre. Sin embargo, al mismo tiempo, la imagen muestra que lleva un ceñidor a la altura del vientre, símbolo indígena de embarazo. La figura expresa así una doble realidad que es central en el cristianismo.

Otro elemento significativo es el broche de jade con el símbolo de la cruz. El jade era una piedra semipreciosa que los aztecas pulían hasta convertirlo en espejo, y por ello lo consideraban sagrado ya que al mirarlo, veían reflejada su propia imagen. Además, los indígenas asociaban el símbolo de la cruz a los conquistadores llegados del otro lado del mar, a quienes en un primer momento consideraron seres poderosos. 

Las manos de la Virgen aparecen unidas con un gesto que parecería que estuviera orando. Pero para un azteca, ese gesto significaba una forma de expresar “traigo un regalo para ti”. María no se presenta como una divinidad que exige sacrificios, sino como alguien que ofrece algo. Y ese “regalo” es el hijo que lleva en su vientre.

Detrás de la Virgen irradian rayos del sol, pero ella se impone sobre ellos. En una cultura que adoraba al sol y que realizaba sacrificios humanos para asegurar su presencia, este detalle tenía un peso enorme. Ellos entendieron que la figura representada es superior al sol, que les garantiza la vida. A la vez, la Virgen está de pie sobre la luna. Esto es significativo ya que el nombre “México”, según el idioma náhuatl, significa “el ombligo de la luna”. Que la figura se apoye sobre ella podía interpretarse como un signo de bendición y dominio sobre esa tierra.

En su vestimenta aparece repetidamente una flor muy especial, la Nahui Ollin, símbolo asociado al dios de la vida Ometeotl. Esta flor representa la unión, el centro del universo y la plenitud vital. Que la flor se encuentre en el vientre de la Virgen indica que la plenitud vital no es ella misma, sino el hijo que lleva en su vientre.

Incluso la postura corporal tiene sentido dentro de la lógica indígena. La rodilla levemente flexionada sugiere movimiento, como si estuviera danzando. Para los aztecas, la danza era una forma de adoración. La Virgen parece estar adorando al niño que lleva con ella.  

Finalmente, sosteniendo la luna sobre la que se apoya la Virgen, aparece un Ángel . Su rostro parece el de un anciano y viste la túnica utilizada por los indígenas convertidos al cristianismo. Sus alas no son las tradicionales alas de ángel, si no alas de águila. Esto remite directamente a Juan Diego, cuyo nombre original, Cuauhtlatohuac, significa “el que habla como águila”. El ángel sostiene el manto (cielo) y la túnica (tierra), uniendo simbólicamente ambas dimensiones. 

En el manto azul verdoso, se cuentan 46 estrellas. Diversos estudios sostienen que si se invierte la forma de la constelación de su manto, corresponde a la posición de las constelaciones visibles en el cielo de México el 12 de diciembre de 1531, fecha asociada también al solsticio de invierno según el calendario juliano vigente en ese momento. Entre las constelaciones que algunos identifican se encuentran Ofiuco, Libra, Escorpio, Sagitario, Lupus, Boyero y Sirio. Las estrellas aparecen como una imagen especular del cielo, casi como si se observan desde el espacio. Ningún humano podría haber visto las constelaciones del cielo Mexicano desde el espacio en 1531, esto indica una mano divina. 

Para un pueblo profundamente astrónomo, que interpreta los movimientos del espacio como signos del destino, esta dimensión no era secundaria. El solsticio de invierno marcaba el momento en que la oscuridad terminaba y nacía un “nuevo sol”. 

La teología mexica se estructuraba, además, en torno a dos elementos fundamentales: el templo y la flor. Los templos tenían forma piramidal porque representaban montañas sagradas, lugares privilegiados de encuentro con Dios. Cuando los conquistadores destruyeron y ocuparon esos templos, la civilización quedó profundamente herida. Sin templo, no hay cultura. En este contexto de devastación, epidemias de viruela, terremotos, eclipses y destrucción de los centros ceremoniales, el año 1531 se vivía como un tiempo de señales inquietantes. 

La flor, dentro del pensamiento indigena, representaba la verdad. Enviar flores significaba afirmar: “esto es verdadero”. No es casual que la señal que la Virgen elige sean flores que brotan milagrosamente en invierno. El mensaje es claro en lenguaje indígena: lo que traigo es verdadero, puedes confiar. Y estas flores crecieron en lo alto de la montaña, un lugar sagrado para lo divino. 

En las décadas siguientes, millones de indígenas pidieron el bautismo. Más allá de las cifras exactas, el fenómeno guadalupano marcó una transformación cultural profunda. La Virgen no se presenta como una deidad que exige sangre, sino como madre que trae vida. La imagen de Guadalupe se convirtió así en un punto de encuentro entre dos mundos: el universo cristiano y la cosmovisión mexica. Desde entonces, La virgen de Guadalupe no solo quedó inscrita en la historia religiosa de México, sino también en su identidad más profunda, como signo de esperanza y unión cultural.

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