Daniel Budeger nos habló sobre aquel día en que su vida cambió por completo y comenzó su camino de conversión (véase Un llamado en el silencio: el testimonio de Daniel). Pero este no es un camino fácil, claro y sin sufrimiento.
Daniel, en un proceso lento de discernimiento, oración y purificación interior, logro aprender a escuchar a Dios y nos viene a enseñar distintas cosas para tener una vida más plena.
También se dio cuenta de cómo el príncipe del mundo, como él llama al Demonio en la tierra, intenta interferir con su conversión y con todo. El nos cuenta:
“Obviamente hoy me doy cuenta, con una ayuda espiritual de este sacerdote amigo, cómo me busca, cómo me provoca, cómo quiere que caiga y no vuelva a rezar. Una infinidad de rosarios, se me rompen.
Yo hago mucha oración al Santísimo, tengo un oratorio cerca de mi domicilio, donde voy a adorar al Santísimo, si es posible todos los días. Entonces, siempre estoy entrando y me sucedían cosas, cosas graves acá en el negocio que tenía que dejar de rezar. O sea, me distraía para que no siga rezando.”
Esto llevó a Daniel a aprender una de las primeras lecciones: Dios no se impone con ruido. Al contrario, suele hablar en el silencio.
“A pesar que estamos en la presencia de él en Eucaristía, y él está presente ahí en el Santísimo Sacramento, ahí, a pesar de eso, los ruidos de la calle a veces no nos permite escucharlos.
Entonces yo a veces tomo la determinación de ir un poco más tarde, cuando hay menos ruido, menos movimiento en ese sector, y ahí sí escucho y siento, obviamente, todo lo que él, cómo me escucha, cómo me atiende, cómo me dice.”
Pero escuchar a Dios, aunque esté todo en silencio, no es así de fácil. Una de las experiencias que Daniel nos contó es ejemplo de ello.
Durante su conversión, muchas personas, estando en la pandemia y post pandemia, le daban listas de algunos chicos que estaban enfermos. En ese momento él había comenzado a rezar por un chico llamado Alejandro Danielli. Este chico, jugador de rugby en un club de Tucumán estaba sufriendo un cáncer fulminante a sus 19 años de edad. Él le pedía a Dios ayuda, que ayudará a Alejandro a salir de ese momento y le pudieran hacer llegar el trasplante de médula que necesitaba.
Pero cada vez que rezaba, a pesar del silencio, Daniel sentía que el Señor no lo estaba escuchando. Entonces, decidió buscar ayuda y habló con su confesor, el Padre Morales. El sacerdote lo escuchó y le dijo “si vos crees que no te escucha, pregúntale a él, él te va a contestar de una manera u otra, y te va a dar cuenta que sí te escucha.”
Daniel le tomó la palabra, volvió a su cuarto y rezó. Pidió por Alejandro y otras personas enfermas. Pidió por su familia y amigos. Y pidió una señal para que él sepa que lo está escuchando.
Cuando termina de rezar, en ese cuartito con la estatua de la Virgen, un libro con imagen de Jesús de la Misericordia y varias velas formando un pequeño altar para poder rezar, una de las velas, en su llama se formó un pequeño corazón. Fue ahí cuando Daniel entendió que ese era un signo que le estaba regalando el Señor.
“Eso fui aprendiendo. El señor escucha siempre, la Virgen escucha siempre, siempre están con nosotros, siempre, en todo momento, nunca nos dejan, siempre, aunque ustedes y nosotros no estamos sintiendo su presencia, siempre está. Él está en todo momento.”
Daniel estaba tan impresionado que decidió sacarle una foto a la vela así podría mostrársela al Padre Morales. Pero cuando saco la foto solo quedo más sorprendido. La foto mostraba un corazón hecho con un compás impresionante, dibujado de manera increíble, como tridimensional, con tres colores. Luego sintió que Dios le decía “él va a estar bien”.
Pero muchas veces es complicado entender los mensajes del Señor. El chico, Alejandro, recibió el trasplante y a los pocos días falleció. En ese contexto, Daniel comprendió lo que significaba el “él va a estar bien” que en un inicio había interpretado como que iba a ocurrir una curación inmediata en el chico, pero no, Alejandro estaba bien porque está con Dios.
Con el tiempo, estos signos le continuaron apareciendo y con el acompañamiento espiritual del Padre Morales, comprendió que esos signos no eran el centro, sino una ayuda inicial.
Su director espiritual fue clave al enseñarle que la fe no puede depender de señales visibles, porque eso la vuelve frágil. Los signos pueden desaparecer; la fidelidad, no.
Así aprendió a pasar de una fe apoyada en consuelos a una fe más desnuda, más libre, donde lo importante no es sentir, sino confiar.
Otro aprendizaje fundamental fue aceptar que la vida espiritual no elimina el sufrimiento. Al contrario, muchas veces lo profundiza, porque vuelve más sensible el corazón. Daniel comprendió que seguir a Cristo implica cargar la cruz cotidiana: enfermedades, pérdidas, incomprensiones, fracasos y silencios de Dios.
“El Señor a veces nos da ciertas cosas que son duras para nosotros, en el camino nuestro de todos los días no son todo color de rosa, también hay espinas, como también hubo espinas para él, porque él también tuvo espinas en su vida corta de ser humano que él vivió con nosotros esos 33 años, fue rechazado por su propia gente, fue humillado, fue muerto, crucificado, clavado, azotado, escupido, ¿qué no pasó el Señor? Y fue muy duro para él, ¿cómo no va a ser duro para nosotros?”, explicó Daniel.
Pero también descubrió que la cruz no se carga solo. En la oración, en la entrega y en la confianza, aprendió a poner sus cargas en manos de Dios. No para que desaparezcan, sino para poder atravesarlas con sentido.
Después de seis años, Daniel resume su experiencia con una certeza simple: escuchar a Dios no es buscar respuestas extraordinarias, sino aprender a confiar incluso cuando no se entiende.