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En Aidsky seguimos profundizando en el testimonio de Daniel Budeger, cuya vida dio un giro total hace seis años. Pero más allá de experiencias extraordinarias, hay un punto central que atraviesa todo su camino espiritual: el momento en que Dios le mostró el estado de su alma en el examen de conciencia.

No fue una visión, ni una aparición visible. Fue algo más íntimo, más directo y más transformador, lo que la Iglesia llama —en su forma cotidiana y accesible para todos— una iluminación de conciencia, nos explica Daniel.

De una fe cómoda a un corazón expuesto

Durante años, Daniel vivió una fe rutinaria. Iba a misa, cumplía, se confesaba de vez en cuando. Pero, como él mismo reconoce, su corazón estaba tibio:

“Era un cristiano cómodo. Cumplía, pero con una frialdad muy grande.”

Hasta que, en su camino de conversión, especialmente a través de la oración diaria del rosario, comenzó a suceder algo distinto: Dios dejó de ser una idea lejana y empezó a ser una presencia que ilumina por dentro (véase Un llamado en el silencio: el testimonio de Daniel)

Y un día, en medio de la oración, ocurrió algo que lo marcó para siempre.

Mientras rezaba, el Señor le hizo ver un pecado de muchos años atrás. No fue un recuerdo superficial, sino una experiencia interior profunda:

“Sabía perfectamente que era mío. No había dudas. Y sentí el daño que había causado. Sentí un dolor tan grande que lo único que hacía era llorar y pedir perdón.”

No fue miedo al castigo. Fue dolor por haber ofendido al Amor.

Daniel describe ese instante como estar “solo con Él”. Ya no estaba simplemente rezando fórmulas: estaba frente a la verdad de su propia alma. Lloró como un niño, pidiendo perdón una y otra vez.

Y en medio de ese dolor, también experimentó algo decisivo: la misericordia.

No se sintió aplastado, sino amado.

Corregido, pero no rechazado.

Iluminado, no condenado.

El pequeño examen de conciencia

Daniel relaciona esa experiencia con lo que él conoce como la “el Aviso” anunciada en Garabandal: un momento en que cada persona verá el estado de su alma delante de Dios.

Pero más allá de los tiempos y modos en que Dios actúe en la historia, hay algo que sí está claro y al alcance de todos hoy: cada examen de conciencia es un pequeño adelanto de ese encuentro con la verdad.

Cuando una persona se detiene en silencio y le dice a Dios “mostrame cómo estoy”, “decime la verdad de mi corazón” o “ayudame a ver lo que no quiero ver”, Dios responde. Y lo hace no para humillar, sino para salvar.

Mirarse con Dios cambia la forma de vivir

Desde aquel día, Daniel comprendió que no podía volver a vivir sin revisarse por dentro. Entendió que el mayor peligro para el alma no es caer, sino acostumbrarse a vivir sin darse cuenta de que está lejos de Dios.

Por eso empezó a practicar con más seriedad el examen de conciencia diario. No como un listado frío de faltas, sino como un diálogo sincero con el Señor.

Cada noche comenzó a preguntarse:

  • ¿Dónde hoy actué con amor?
  • ¿Dónde fui egoísta, indiferente o duro?
  • ¿Qué actitudes me alejan de Dios aunque “nadie las vea”?
  • ¿De qué tengo que pedir perdón hoy?

Ese hábito fue afinando su conciencia. Lo que antes justificaba, ahora le dolía. Lo que antes minimizaba, ahora lo llevaba a confesarse. Lo que antes repetía sin pensar, ahora lo combatía con la gracia de Dios.

Muchos evitan el examen de conciencia porque temen sentirse mal. Pero Daniel descubrió algo clave: el dolor que viene de Dios no destruye, sana:

“Entendí que cuando el Señor me muestra un pecado, no es para condenarme, sino para que vuelva a Él.”

Ese dolor interior, esa tristeza por haber ofendido a Dios, es en realidad una gracia. Es señal de que el corazón ya no está dormido.

Un alma que ya no siente nada frente al pecado es un alma en peligro.
Un alma que se duele y pide perdón es un alma que está viva.

Preparar el alma todos los días

Daniel está convencido de que Dios quiere salvar y que por eso llama, corrige e ilumina. A veces de manera extraordinaria. Pero casi siempre de forma sencilla y cotidiana, en el silencio de la oración.

Por eso insiste en algo muy concreto: no esperar grandes señales para cambiar de vida.

El examen de conciencia diario es una forma de vivir preparados, con el corazón despierto. Es permitir que Dios nos muestre ahora lo que un día veremos con total claridad.

Porque al final, el encuentro con la verdad de nuestra alma no será una sorpresa para quien ya aprendió, cada noche, a ponerse delante de Dios y decir: “Señor, mostrame quién soy… y ayudame a ser quien estás llamando a ser.”

Y ahí, en esa sinceridad, empieza toda verdadera conversión.

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