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Ella se presenta

Cuando Juan Diego llega al Cerro del Tepeyac, se encuentra con una mujer de extraordinaria belleza y luminosidad. Su presencia es serena y majestuosa: tiene rasgos indígenas, piel morena y cabello oscuro, y está cubierta por un manto azul verdoso sembrado de estrellas.

La mujer se dirige a él con gran ternura y respeto, llamándolo “Juanito, Juan Dieguito”, y se presenta con palabras solemnes que revelan su identidad:

“Yo soy la perfectísima siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, del Creador de las personas, del Señor del cielo y de la tierra.”

Con esta declaración, la aparición afirma claramente su papel dentro de la fe cristiana: es la Madre de Dios, mediadora cercana a los hombres y enviada para manifestar la presencia de Dios entre su pueblo.

Luego de presentarse, la Virgen de Guadalupe expresa el motivo de su aparición. Le pide a Juan Diego que vaya ante el obispo y solicite la construcción de un templo en ese lugar. Su “casita sagrada”. Su deseo es que allí pueda mostrar su amor, su compasión y su ayuda a todos los que la invoquen, especialmente a quienes sufren y buscan consuelo.

El hecho de que la Virgen elija a Juan Diego, un hombre sencillo y humilde, tiene un profundo significado. En el contexto de la Nueva España del siglo XVI, muchas personas atravesaban tiempos difíciles y de grandes cambios. Al dirigirse a él con tanta ternura, la Virgen de Guadalupe se muestra como una madre cercana, que no hace distinciones y que se dirige primero a quienes tienen el corazón abierto y sencillo.

De este modo, su presentación no solo revela quién es, sino también el espíritu de su mensaje: una presencia maternal que viene a consolar, acompañar y acoger a todos.

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