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Las tristes palabras de Juan Diego

Juan Diego debía cumplirle un último favor a la Virgen. Ella le había pedido ir al cerrito de Tepeyac a buscar la prueba para llevarle al obispo. Pero ese día, al regresar a su casa, encontró a su tío enfermo, convaleciente, ya sin fuerzas para continuar viviendo. La enfermedad lo había debilitado profundamente y su estado parecía empeorar con cada hora que pasaba.

Juan Bernardino, sabiendo lo cerca que estaba su muerte, le pidió un último favor: que llamara al cura para recibir la unción de los enfermos. 

Juan Diego quedó dividido entre dos deberes. Por un lado, la misión que la Virgen le había confiado; por el otro, el pedido urgente de su tío moribundo. No podía ignorar el sufrimiento de aquel que lo había criado y acompañado durante tantos años.

Por supuesto Juan iba a cumplir su deseo, aunque debiera dejar a su niña del cielo plantada en el cerrito Tepeyac. Pensó entonces en evitar el encuentro con la Virgen para no retrasarse. Si subía por el camino habitual, seguramente se encontraría con ella y perdería un tiempo precioso mientras su tío empeoraba.

Por eso decidió rodear el cerro y tomar otro sendero, uno menos transitado. Con paso apurado comenzó a caminar por la ladera del Tepeyac, tratando de pasar desapercibido. En su corazón no había desprecio ni desobediencia hacia la Virgen, sino una preocupación profunda por su tío enfermo. Aun así, sabía que estaba intentando esquivar a aquella que lo había enviado.

Pero la Virgen sabía lo que estaba ocurriendo. Nada de lo que pasaba en el corazón de Juan Diego le era desconocido. Cuando él avanzaba por el nuevo camino, tratando de evitar el lugar de la aparición, ella salió a su encuentro a un lado del cerro. No lo esperó en lo alto como otras veces: bajó para interceptarlo en su camino.

De pronto, Juan Diego se encontró frente a ella.

Con ternura, como una madre que detiene a su hijo cuando lo ve preocupado, lo llamó y le dijo:

“¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿A dónde vas?”

Juan Diego no se sorprendió al verla. Comprendió enseguida que no podía ocultarle lo que estaba sucediendo. Inclinándose ante ella con respeto y confianza, le respondió:

“Niña mía (…) ¿Cómo has amanecido? (…) Un tío mío, siervo tuyo, está muy grave. Está a punto de morir. Pero, niña mía, para esto nacimos… para esperar el trabajo de nuestra muerte”.

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