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Juan Diego, El Mensajero

En colaboración con Cande Lagier

La Virgen le había dado una misión a Juan Diego. Ella se le apareció con una ternura celestial en el cerrito del Tepeyac, pidiéndole que llevara un mensaje en su nombre al obispo.

Obediente, Juan Diego emprendió el camino para encontrarse con el obispo fray Juan de Zumárraga, dispuesto a cumplir lo que la Virgencita le había pedido. Caminó con sencillez, sin más certeza que la confianza en aquella Señora que le había hablado con tanto amor.

Pero al llegar, el obispo no le creyó. No fue dureza de corazón, sino prudencia: había escuchado muchos relatos, y su responsabilidad era grande. ¿Cómo discernir si aquello venía verdaderamente de Dios?

Para los ojos del mundo, Juan Diego no era más que un pobre indígena, sin estudios ni prestigio. Su palabra no tenía peso ante las estructuras de poder de la época. Sin embargo, él habló con respeto, sin exigencias, sin imponer nada. Solo transmitió el mensaje, tal como lo había recibido.

El obispo lo escuchó, pero lo despidió con cautela.

Juan Diego salió de aquel encuentro con el corazón apretado. No había enojo en él, sino una tristeza humilde: había hecho lo que se le pidió, pero no había sido suficiente. No pensó que el obispo fuera injusto; pensó, más bien, que él no estaba a la altura de la misión.

Con esa mezcla de obediencia y dolor, regresó al Tepeyac y le confesó a la Virgen lo sucedido. Y desde lo más profundo de su pequeñez, le pidió:

“(…) manda a alguien más culto que yo, que yo no sé nada, yo soy un ignorante, soy un hombre de la tierra.”

En esas palabras no hay desprecio de sí mismo, sino una humildad verdadera: Juan Diego se reconoce pequeño, incapaz, insuficiente. No busca excusas para abandonar la misión, sino que desea que se cumpla… aunque no sea a través de él.

Pero ella era la Virgen, y si lo había elegido era por algo. Con firmeza y dulzura, como una madre que conoce el corazón de su hijo, le respondió:

“Escucha el más pequeño de mis hijos: ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros. Pero es muy necesario que tú personalmente vayas y mucho te ruego, hijo mío el menor y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo, y de mi parte hazle saber mi voluntad”.

En ese pedido hay algo más que una orden: hay una confirmación. La Virgen no lo elige a pesar de su pequeñez, sino precisamente por ella. No busca al más preparado según el mundo, sino al más disponible.

Juan Diego, lejos de resistirse, acepta. Su tristeza no desaparece del todo, pero se transforma en fidelidad. Confía más en la palabra de la Virgen que en su propia inseguridad.

Muy determinado, volvió nuevamente a ver al obispo. Esta vez, Juan de Zumárraga lo escuchó con más atención. Algo en la insistencia sencilla de aquel hombre comenzaba a interpelarlo. Sin embargo, su deber le exigía una certeza: necesitaba una señal clara, una prueba que confirmara que aquel mensaje venía del cielo.

No era incredulidad absoluta, sino un discernimiento responsable.

Al pedir una señal, el obispo abría, de algún modo, una puerta: no rechazaba definitivamente, pero tampoco podía aceptar sin más.

Juan Diego regresó entonces al Tepeyac. Esta vez no solo llevaba la tristeza del rechazo inicial, sino también el peso de una nueva exigencia. Sin embargo, no se detuvo. Volvió a la Virgen tal como estaba: sencillo, fiel, y nuevamente disponible.

Ella, compasiva, aceptó darle una señal como prueba. No responde con reproche ni impaciencia, sino con misericordia. Comprende tanto la pequeñez de Juan Diego como la prudencia del obispo.

Y le pidió que volviera al día siguiente, cuando le mostraría la señal que el obispo necesitaba.

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