“El Sacramento de la Eucaristía” Segunda Parte, La celebración del misterio cristiano – Apunte de Rocio
La Eucaristía es el sacramento que culmina la iniciación cristiana. Después del Bautismo y la Confirmación, el creyente participa más profundamente en Cristo y en el sacrificio del Señor; por eso el Catecismo la llama “fuente y culmen de toda la vida cristiana”. También se entiende como el “memorial” de la muerte y resurrección de Jesús, un signo de unidad, vínculo de amor y anticipo de la gloria futura.
El texto explica que la Eucaristía recibe muchos nombres porque expresa varias dimensiones del mismo misterio. Se la llama “Eucaristía” por ser acción de gracias; “Banquete del Señor” por su relación con la Última Cena y el banquete del Reino; “Fracción del pan” por el gesto de Jesús; “Comunión” porque nos une a Cristo; y “Santa Misa” porque termina con el envío de los fieles a vivir lo celebrado.
En el centro de la celebración están el pan y el vino, que por las palabras de Cristo y la invocación del Espíritu Santo se convierten en su Cuerpo y Sangre. El texto muestra que estos signos ya tenían un sentido en la historia de la salvación: el pan recuerda el maná, el éxodo y el alimento de Dios, mientras que el vino expresa la alegría y la espera del Reino. Jesús les da su sentido definitivo en la Última Cena, cuando dice: “Esto es mi cuerpo” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre”.
La misa tiene una estructura que se ha conservado a lo largo de los siglos. Primero está la liturgia de la Palabra, con lecturas, homilía y oración universal; después la liturgia eucarística, con la presentación de los dones, la plegaria eucarística y la comunión. Todo esto forma “un solo acto de culto”, porque la mesa de la Palabra y la del Cuerpo del Señor pertenecen a la misma celebración.
La Eucaristía es también sacrificio y presencia real. No se trata de repetir la cruz, sino de hacer presente sacramentalmente el único sacrificio de Cristo, que sigue actuando en la Iglesia. Por la consagración, el pan y el vino dejan de serlo en su sustancia y Cristo queda presente “verdadera, real y substancialmente”. Por eso la Iglesia adora la Eucaristía y la conserva en el sagrario, como presencia permanente del Señor entre los suyos.
La comunión une más íntimamente a Cristo, acrecienta la gracia y fortalece la caridad. También une a los fieles entre sí, porque “un solo pan y un solo cuerpo somos”. Al mismo tiempo, la Eucaristía compromete con los pobres y con la unidad de la Iglesia, ya que no puede separarse de la vida concreta ni del amor al prójimo. Finalmente, es prenda de la gloria futura: lo celebrado en la tierra anticipa el banquete del cielo.
FUENTE
- Artículo “SEGUNDA PARTE LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO CRISTIANO“, publicado en la página “www.vatican.va“.