Video EN VIVO con el Padre Eduardo Chávez – Mitos y Realidades de la imagen de la VIRGEN DE GUADALUPE, apuntes por M. Emilia Zuchelli
En este video el padre Eduardo Chávez se centra en responder distintas preguntas del público para complementar información importante y poder diferenciar entre los estudios realizados y los que no hay pruebas suficientes para ver si son o no reales.
La Ermita
«¿Significa esto que la primera ermita aún podría ser habitada y atendida por un capellán debidamente asignado?»
La primera ermita, construida por fray Juan de Zumárraga ya no existe como tal. Actualmente sólo se conservan los vestigios de sus cimientos. Esas piedras son prácticamente lo único que queda de aquella primera construcción.
Posteriormente, en el mismo lugar se ampliaron las dimensiones de la ermita original. Se ensanchó y alargó ligeramente, dando origen a una construcción de dos niveles cuyos restos todavía pueden observarse. Sin embargo, hoy son sólo vestigios. Incluso uno de sus muros se encuentra sostenido por estructuras metálicas debido al riesgo de derrumbe.
Cuando fray Juan de Zumárraga recibió la señal que había pedido, que son las flores y la tilma con la imagen milagrosamente impresa, decidió conservarla primero en su oratorio personal y después en la Iglesia Mayor. Finalmente, una vez concluida la ermita, dispuso que la imagen fuera trasladada allí para su veneración pública. Este traslado se realizó el 26 de diciembre de 1531, apenas un día después de la Navidad.
En 1533, mientras Zumárraga se encontraba en España defendiendo su labor frente a las acusaciones de la Primera Audiencia, los indígenas ampliaron ligeramente la ermita incorporando el pequeño atrio al cuerpo principal del edificio. A esta ampliación algunos historiadores la denominan “segunda ermita”, aunque en realidad no se trató de una construcción completamente nueva.
Más tarde, en 1554, llegó a México Alonso de Montúfar, quien había sido nombrado obispo años antes. Él se enamoró profundamente de la devoción guadalupana y decidió ampliar nuevamente la ermita. Los vestigios visibles actualmente corresponden principalmente a esta intervención.
En 1555, Montúfar nombró como capellán a Francisco de Manjarrés. Con ello, la ermita adquirió formalmente la categoría de iglesia, pues comenzó a contar con un sacerdote encargado de celebrar regularmente los sacramentos, especialmente la Santa Misa.
Es importante señalar que antes de esto ya se celebraban misas ocasionalmente en el Tepeyac. Sin embargo, la presencia permanente de un capellán marcó una diferencia fundamental: la ermita dejó de ser únicamente un lugar de devoción para convertirse oficialmente en una iglesia con atención pastoral estable.
Por ello, algunas fuentes afirman que Montúfar fundó la Iglesia de Guadalupe. Esto es cierto en cuanto a la institución eclesial, pero no en cuanto a la ermita o a la devoción misma, que ya existían desde tiempos de Zumárraga.
Más adelante se construyó una iglesia de mayores dimensiones, conocida como el Artesonado, en el lugar que actualmente ocupa la Antigua Basílica de Guadalupe. La construcción comenzó en 1600, se suspendió por falta de recursos y finalmente fue concluida y consagrada en 1622. Entonces la imagen fue trasladada desde la antigua ermita hasta este nuevo templo.
En 1695 se realizó la construcción de la Antigua Basílica de Guadalupe que conocemos y ya para el siglo XX la construcción de la Basílica actual. Respecto a la Capilla del Cerrito, ésta fue construida hacia 1660, aproximadamente ciento treinta años después de las apariciones.
Entonces, respondiendo a la preguntá, el padre Chávez dice que sí. Desde que Montúfar estableció la capellanía, el lugar ha contado de una u otra manera con atención pastoral. Actualmente la zona forma parte de la antigua parroquia de Indios y continúa bajo la administración del complejo de la Basílica de Guadalupe. Allí se siguen celebrando misas y otros actos litúrgicos.
Dominicos, Diocesanos y Franciscanos
«Padre, ¿cuál es la diferencia entre dominicos, diocesanos y franciscanos?»
Para tener un poco de contexto, los franciscanos fueron los primeros evangelizadores que llegaron a México. Los tres primeros franciscanos arribaron en 1523 y, curiosamente, no provenían de España, sino de los Países Bajos. Ellos eran Pedro de Gante, Juan de Tecto y Juan de Aora, pero dos de ellos murieron pronto y únicamente permaneció Pedro de Gante.
Posteriormente, en 1524, llegaron los llamados Doce Franciscanos, procedentes de España y respaldados por las bulas pontificias correspondientes. Más tarde, en 1526, arribaron los dominicos. Los sacerdotes diocesanos comenzaron a aparecer conforme se fue organizando la diócesis. Eran pocos en aquellos primeros años.
La diferencia entre estas tres clasificaciones está en los modos de vida, su autoridad y su misión. La Iglesia en México comenzó con religiosos misioneros, especialmente los franciscanos, porque era necesario transmitir la religión. Sin embargo, era necesario organizar posteriormente una Iglesia diocesana, con su obispo, su catedral, sus parroquias y su estructura propia de evangelización. Este proceso se fue desarrollando poco a poco y no fue sencillo.
Los sacerdotes diocesanos, dice el padre Chávez, somos los encargados de atender una región específica, llamada diócesis, que generalmente coincide con un territorio determinado. Al frente de ella se encuentra un obispo.
Por ejemplo, fray Juan de Zumárraga era franciscano. Sin embargo, al aceptar el cargo de obispo, asumió también responsabilidades propias de la Iglesia diocesana. Nunca dejó de ser franciscano en su espiritualidad y en su manera de vivir; de hecho, continuó observando prácticas propias de su orden. No obstante, como obispo tenía la responsabilidad de gobernar toda la diócesis.
Los sacerdotes diocesanos pertenecemos a una diócesis concreta. Por ejemplo, existe la Arquidiócesis Primada de México, la Arquidiócesis de Puebla, la Arquidiócesis de Toluca y muchas otras. Cada una cuenta con su obispo y sus sacerdotes diocesanos, quienes sirven dentro de ese territorio determinado.
Los religiosos, en cambio, pertenecen a una congregación u orden religiosa cuya misión específica suele ir más allá de las fronteras de una diócesis. Sin embargo, cuando una congregación religiosa trabaja dentro de una diócesis, necesita contar con la aprobación del obispo local. El obispo establece las normas pastorales generales de la diócesis, y los religiosos colaboran dentro de ese marco. De esta manera, todos colaboran en la evangelización desde distintos carismas y servicios.
En México, la Iglesia diocesana fue surgiendo gradualmente a partir de una Iglesia inicialmente formada y sostenida por religiosos misioneros.
El segundo arzobispo de México, Alonso de Montúfar, era dominico. Como tal, convocó un concilio en el que determinó que varias iglesias que hasta entonces habían sido administradas por los franciscanos pasaran progresivamente a formar parte de la estructura diocesana.
Esto significaba transformar una Iglesia que había nacido gracias a los religiosos misioneros en una Iglesia plenamente organizada bajo la autoridad episcopal y diocesana.
Naturalmente, el proceso no estuvo exento de tensiones. Muchos franciscanos interpretaron estas medidas como una limitación de su labor misionera. Entre las consecuencias de este conflicto se encuentran las llamadas Informaciones de 1556, una recopilación de testimonios originada por diversas controversias entre los franciscanos y el arzobispo Montúfar.
Uno de los puntos de conflicto fue la devoción a la Virgen de Guadalupe. El prior franciscano Francisco de Bustamante criticó públicamente un sermón pronunciado por Montúfar en favor de la devoción guadalupana. Como consecuencia, se inició un proceso judicial en el que declararon numerosos testigos.
Estos testimonios resultan hoy de enorme importancia histórica porque ayudan a esclarecer diversos aspectos relacionados con la devoción a la Virgen de Guadalupe en el siglo XVI.
En definitiva, tanto los sacerdotes diocesanos como los religiosos participan en la misma misión evangelizadora. Cada uno aporta sus propios talentos, carismas y formas de servicio, pero todos colaboran dentro de la Iglesia bajo la autoridad del obispo, que es quien gobierna y orienta pastoralmente la diócesis.
El mensaje guadalupano
«Padre Chávez, he estado estudiando el acontecimiento guadalupano y me surge una duda. ¿Podría decirse que el mensaje guadalupano fue comprendido de manera distinta por los pueblos indígenas que por los evangelizadores?»
El padre explica que la Virgen de Guadalupe posee una claridad extraordinaria porque logra una inculturación perfecta. Ella se expresa de tal manera que tanto los pueblos indígenas como los españoles pueden comprender el mismo mensaje, aunque cada uno lo haga desde su propio horizonte cultural.
Los indígenas contemplan la imagen y descubren símbolos que les resultan familiares. Ven a la Virgen situada sobre la luna, en lo que ellos identificaban como el “ombligo de la luna”, es decir, México. Ven la flor de cuatro pétalos a la altura de su vientre, símbolo solar y representación de la presencia divina.
Escuchan además las palabras transmitidas por Juan Diego: «Soy vuestra madre, la madre de todos los que habitan esta tierra». Pero también escuchan que ella es: «La madre del verdaderísimo Dios por quien se vive.»
Todo ello se manifiesta simultáneamente a través de la imagen y del mensaje.
Por su parte, los españoles reconocen otros elementos. Ven a la Inmaculada Concepción. Ven a la mujer del capítulo 12 del Apocalipsis: «Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies.»
Precisamente esta relación entre la Virgen de Guadalupe y la mujer del Apocalipsis fue desarrollada por Miguel Sánchez en su obra publicada en 1648, siendo el primero en exponer ampliamente esta interpretación.
La Virgen realiza así una inculturación capaz de hablar a todos los pueblos.
Incluso el momento de las apariciones tiene una dimensión universal, explica Chávez, ocurren cerca del solsticio de invierno, una fecha que posee un profundo significado en numerosas culturas del mundo. Basta revisar la importancia del solsticio entre chinos, árabes y otros pueblos para comprender que se trata de un momento simbólico relacionado con la esperanza de la luz y la vida.
El estudio de la filosofía indígena ayuda enormemente a comprender mejor el acontecimiento guadalupano. Por ejemplo, si no conociera la importancia que los pueblos indígenas otorgaban al cordón umbilical, probablemente nunca habría reflexionado sobre ciertos aspectos de la imagen de Guadalupe.
Para ellos, el cordón umbilical simbolizaba el vínculo con la vida, la comunicación vital entre la madre y el hijo. Cuando contemplamos a Jesucristo presente en el vientre purísimo de María, podemos comprender mejor este simbolismo.
Además, el cordón umbilical del recién nacido en ocasiones se entregaba al padre o a una persona cercana para que lo enterrara en un lugar especial, frecuentemente en los campos donde se libraban las llamadas guerras floridas. Para ellos, aquello expresaba el sentido de la vida futura del niño.
Las guerras floridas tenían como finalidad obtener corazones y sangre para alimentar simbólicamente al cosmos y a las divinidades. Detrás de esta práctica existía la convicción de que el ser humano debía contribuir al sostenimiento de la vida universal.
El acontecimiento guadalupano constituye una inculturación perfecta. Habla al mundo indígena, al mundo español y, en realidad, a toda la humanidad. Es una armonía de símbolos y significados que permite contemplar una misma verdad desde múltiples perspectivas.
El nombre Guadalupe
«Padre, ¿podría explicarnos cómo fue que la Virgen dijo el nombre de Guadalupe? Recientemente vi un video que afirmaba que lo pronunció de otra manera.»
En internet circulan muchas teorías sobre este tema. Generalmente parten de una interpretación propuesta por Luis Becerra Tanco en el siglo XVII, quien observó que en el náhuatl clásico no existen los sonidos correspondientes a las letras «g» y «d». A partir de ello planteó la posibilidad de que el nombre “Guadalupe” hubiera sido una adaptación española de una palabra náhuatl semejante.
Incluso grandes especialistas en náhuatl, como Mario Rojas, llegaron a aceptar inicialmente algunas de estas hipótesis.
Pero el padre explica que existe un hecho importante: Juan Bernardino y Juan Diego habían sido bautizados en 1524. Desde entonces utilizaban nombres cristianos que contenían precisamente sonidos inexistentes en el náhuatl tradicional, por lo que llevaban años pronunciando y escuchando su propio nombre y resulta difícil sostener que no pudieran comprender o pronunciar sonidos semejantes.
Es cierto que la letra «g» no existía en náhuatl. Pero también es cierto que la Virgen nunca dijo simplemente «Guadalupe» aislando el sonido, sino que el nombre fue transmitido dentro de un contexto lingüístico perfectamente comprensible para quienes participaron en el acontecimiento.
Además es importante señalar, dice Chávez, que el sonido “gua” sí existe en náhuatl. Palabras como huacal o aguacate muestran claramente esta realidad. Por lo tanto, no existe ninguna dificultad fonética para que los indígenas hubieran pronunciado el nombre Guadalupe.
Los argumentos de Luis Becerra Tanco se debilitan aún más cuando examinamos la documentación histórica. Conservamos aproximadamente 330 documentos anteriores a 1675 (año en que Becerra Tanco publicó su hipótesis) y todos, absolutamente todos, utilizan el nombre Guadalupe. Lo encontramos en el Códice de 1548, en el Nican Mopohua, en el Nican Motecpana y en numerosos documentos tanto en español como en náhuatl. Todos hablan de Santa María de Guadalupe. Hasta el propio Luis Becerra Tanco, en el mismo libro donde propone su hipótesis, utiliza constantemente el nombre Guadalupe.
Existe además otro argumento histórico importante. En 1574 y 1575 llegó a México el jerónimo Diego de Santa María, representante del Monasterio de Guadalupe de Extremadura, España. Los jerónimos administraban aquel monasterio y consideraban que las iglesias o capillas que llevaban el nombre de Guadalupe debían contribuir económicamente al santuario extremeño. Por ello, cuando Diego de Santa María visitó México y conoció la devoción guadalupana, afirmó:
«No se parece en nada a la nuestra. Quítenle el nombre de Guadalupe.»
Precisamente porque el nombre era Guadalupe surgió aquella controversia. Del mismo modo, en las Informaciones de 1556 algunos franciscanos también solicitaron que se eliminara el nombre Guadalupe. Si el nombre hubiera sido otro, simplemente no habría existido el problema.
Por ello, la documentación histórica muestra con claridad que siempre se habló de Santa María de Guadalupe.
No hay que olvidar tampoco el simbolismo del nombre. María es un nombre de origen hebreo y Guadalupe tiene origen árabe. De alguna manera, ambos elementos unen a dos grandes pueblos hermanos: judíos y árabes, descendientes de Abraham. La propia Virgen expresa esta vocación universal cuando le dice a Juan Diego:
«Soy vuestra madre, la madre de todos los que habitan esta tierra y de las demás variadas estirpes de hombres.»
Su identidad es la unidad, la reconciliación y la fraternidad entre los seres humanos. Además, los significados tradicionales asociados al nombre María incluyen expresiones como «la elegida y más amada por Dios, la iluminadora, la más hermosa».
Por otra parte, Guadalupe, desde una de sus interpretaciones de raíz árabe, puede entenderse como «cauce del río».
Y aquí encontramos algo maravilloso: el nombre no exalta a María por sí misma, sino que remite constantemente a Jesucristo. Si María es la iluminadora, no es porque ella sea la luz. La luz es Cristo. Si Guadalupe es el cauce del río, no es porque ella sea el agua viva. El agua viva es Cristo. Ella es el cauce; Él es el agua.
Por eso armonizan perfectamente sus palabras en el Nican Mopohua cuando expresa su deseo de tener una Casita Sagrada: «Para manifestarlo, ensalzarlo y ofrecerlo». Todo en María conduce a Jesucristo.
Iglesia y Templo Mayor
«¿Existía ya la Iglesia Mayor en tiempos de las apariciones?»
El padre nos explica qué debemos entender que el término «Iglesia Mayor» no se refería necesariamente a un edificio de grandes dimensiones, sino a la sede principal de la diócesis, es decir, la iglesia donde residía la autoridad episcopal. Con el tiempo esa Iglesia Mayor se transformaría en la catedral.
Es importante no confundirla con el Templo Mayor, que era el principal recinto religioso de los pueblos indígenas.
Las estrellas del manto
«¿Coinciden las estrellas de la imagen con las constelaciones visibles el 12 de diciembre de 1531?»
El padre dice que según diversos estudios realizados sobre la imagen original, sí existe una correspondencia notable entre las estrellas representadas en el manto y las constelaciones visibles en el cielo de México en aquella fecha.
Explica que Mario Rojas fue uno de los primeros en intuir esta relación y, más tarde, Fernando Ojeda desarrolló investigaciones más precisas utilizando herramientas astronómicas modernas.
Además, Ojeda desarrolló estudios relacionados con la posible correspondencia entre diversos elementos florales de la imagen y determinados puntos geográficos de México realizando investigaciones de campo, comparando coordenadas geográficas, latitudes y longitudes, llegando a resultados que consideró sorprendentes.
Entre los aspectos más interesantes se encuentra la interpretación de la flor de cuatro pétalos situada sobre el vientre de la Virgen, la cual algunos investigadores relacionan simbólicamente con el Cerro de la Estrella y con determinadas celebraciones religiosas prehispánicas.
FUENTE
- Video EN VIVO con el Padre Eduardo Chávez – Mitos y Realidades de la imagen de la VIRGEN DE GUADALUPE (3 jun. 2026), publicado en el Canal de YouTube Instituto Superior de Estudios Guadalupanos. Canal: https://www.youtube.com/@guadalupecodice Sitio Web: https://www.morenita.tv/

