Peregrinacion Testimonio de Rocío – Capítulo 1: Una invitación inesperada
Hay viajes que uno planea durante meses y otros que simplemente llegan como una invitación inesperada. Nuestro viaje a Salta comenzó de esta última manera. Recibimos la propuesta de participar de una peregrinación con el objetivo de conocer más de cerca esta expresión de fe y comprender mejor el sentido que tienen los santuarios, las apariciones y los milagros dentro de la vida de la Iglesia.
Aceptamos la propuesta sin saber exactamente qué nos esperaba. Éramos cuatro compañeras: Sofía, Malén, Elie y yo. Ninguna llevaba grandes expectativas; simplemente nos disponíamos a vivir la experiencia con el corazón abierto.
Con el paso de los días comprendí que la peregrinación no comenzó cuando empezamos a subir el cerrito, sino desde el mismo momento en que dijimos “sí” al viaje. Cada preparación, cada conversación y cada paso dado antes de llegar a Salta ya formaban parte de un camino que Dios iba trazando para cada una de nosotras.
A veces creemos que una peregrinación consiste únicamente en llegar a un lugar sagrado, pero en realidad comienza mucho antes: cuando uno decide dejar por unos días la rutina y disponerse a encontrarse con Dios de una manera distinta. Sin saberlo, nuestro camino ya había comenzado.
Rumbo a Salta
El día del viaje finalmente llegó. Entre valijas, documentación, los últimos preparativos y la emoción propia de salir de la rutina, nos dirigimos al aeropuerto. Aunque el destino era Salta, con el correr de los días entendí que el verdadero destino de ese viaje era mucho más profundo que un lugar geográfico.
El vuelo transcurrió con tranquilidad. Durante el camino compartimos conversaciones, risas y también momentos de contemplación al observar desde la ventana cómo el paisaje iba cambiando. Poco a poco comenzábamos a dejar atrás el ritmo acelerado de todos los días para disponernos a vivir una experiencia diferente.
Al llegar a Salta nos recibió una provincia de una belleza imponente. Sus montañas, el aire limpio y la serenidad del entorno ya invitaban a vivir esos días con otro ritmo. Cada rincón parecía predisponer el corazón al encuentro con Dios, recordándonos que la creación también habla de Él y de su inmenso amor.
Nos alojamos en el hotel y comenzamos a compartir los primeros momentos del viaje. Entre las distintas actividades también hubo espacio para disfrutar de pequeños momentos de recreación, como cuando nos reunimos para ver un partido de fútbol. Fueron instantes sencillos, pero que fortalecieron nuestra convivencia y nos permitieron seguir conociéndonos desde otro lugar.
Mirando hacia atrás, comprendo que esos momentos también formaban parte de la peregrinación. Antes de emprender el camino hacia la casita de la Inmaculada Madre del Corazón Eucarístico de Jesús, Dios ya iba preparando nuestro corazón a través de la amistad, la convivencia y cada experiencia compartida. Porque una peregrinación no se vive solamente en los momentos de oración, sino también en los pequeños gestos cotidianos que nos ayudan a caminar juntos.

