Comienzo Peregrino en Salta 2026 (primer dia) , por Sofia.
Hay viajes que se graban en el mapa y otros que se graban directamente en el alma. La peregrinación a Salta pertenece, sin dudas, a ambos, pero principalmente al segundo. Esta aventura espiritual comenzó a palpitar desde el instante mismo en que pisamos el aeropuerto, con la expectativa flotando en el aire y la certeza de que no regresariamos siendo las mismas. El vuelo fue un indicio perfecto de lo que vendría: un trayecto calmo y profundamente grato, donde tuvimos el privilegio de vivir el amanecer desde las alturas. Ver cómo el cielo se teñía lentamente de colores cálidos no solo fue un espectáculo visual, sino también una metáfora silenciosa del despertar de la fe y de la luz que comenzaba a iluminar nuestro camino.
Al aterrizar en suelo salteño, la mística del norte nos recibió de inmediato a través del trato de su gente, la calidez de los salteños se sentía en cada saludo.
Nos alojamos en un hotel hermoso y sumamente acogedor, el lugar ideal para nuestro primer encuentro formal. Allí compartimos un rico desayuno que funcionó como el rompehielos perfecto: entre mates y charlas, empezamos a conocernos y a prepararnos para lo que compartiríamos.
Guiadas por el deseo de explorar, nos dirigimos hacia la plaza principal. La imponente silueta de la Catedral nos salió al encuentro, invitándonos a pasar. Atravesar sus puertas fue una experiencia bidimensional: por un lado, el deslumbramiento ante su riqueza arquitectónica; por el otro (y el más importante), una profunda sensación espiritual que nos envolvió por completo. En ese espacio sagrado, en un silencio respetuoso, nos tomamos el tiempo para dejar nuestras intenciones más sinceras, entregando el viaje a un cuidado superior.
De regreso en el hotel, la jornada adquirió un matiz de reflexión e introspección. Nos reunimos para leer Los secretos de María, tomando apuntes y sumergiéndonos en la lectura con atención. Este momento de alimento espiritual se complementó más tarde con la merienda, un espacio que se transformó en pura comunión. Alrededor de la mesa, cada una se abrió para comentar su vida, sus búsquedas y, sobre todo, para reflexionar sobre la maravillosa disyuntiva de cómo el destino nos había unido en este tiempo y lugar exactos.
Antes de que cayera la noche, volvimos a ganar las calles para recorrer un poco más del centro histórico, maravilladas por la cercanía entre sus iglesias antiguas, cada una con una impronta y una belleza particular. Para coronar un día perfecto, compartimos una cena entre todas, compartiendo risas y anécdotas.
La jornada concluyó de la manera en que solo una verdadera peregrinación puede hacerlo: unidas en la fe, rezamos tres Avemarías para agradecer lo vivido y encomendar lo que vendrá. Al cerrar los ojos esa noche, la certeza era compartida por todas las presentes. El viaje recién estaba comenzando, las valijas apenas se habían abierto y los caminos salteños aguardaban por nuestros pasos, pero la experiencia ya era de un pleno y absoluto disfrute. Salta ya nos había transformado el corazón desde el primer día.




