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Testimonio de Peregrinación de Rocio

Día 1 – Comienza el camino

4:00 a. m. – El inicio de una experiencia inesperada

La alarma sonó cuando todavía era de noche. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana y, aunque el sueño pesaba, me levanté con la sensación de que ese no iba a ser un día cualquiera. Terminé de preparar las últimas cosas y salí rumbo al aeropuerto. En ese momento todavía no imaginaba todo lo que Dios tenía preparado para nosotras durante esos días en Salta.

5:30 a. m. – Encuentro en el aeropuerto

Llegué al aeropuerto alrededor de las cinco y media de la mañana. La primera persona con la que me encontré fue Sofía. Hasta ese momento no nos conocíamos personalmente; solamente sabía quién era porque íbamos a compartir este viaje. Poco después llegó Mailín y, finalmente, Adolfo. A medida que nos íbamos encontrando, el grupo comenzaba a tomar forma. Todavía éramos, en cierto modo, desconocidos que compartían un mismo destino, sin imaginar que esa experiencia también nos uniría como personas.

Mientras esperábamos para embarcar, sentía esa mezcla de cansancio y entusiasmo que suele acompañar el comienzo de un viaje. Todo estaba ocurriendo muy rápido y todavía no terminaba de tomar dimensión de que, en pocas horas, estaríamos en Salta.

Vuelo hacia Salta

El vuelo fue tranquilo y bastante corto. Intenté dormir un poco porque nos habíamos levantado muy temprano, aunque entre la incomodidad del asiento y algunas turbulencias apenas pude descansar. En varios momentos abrí la ventanilla para mirar el paisaje. A medida que nos acercábamos al destino comenzaron a aparecer las montañas, cubiertas por nubes que parecían descansar sobre ellas. Fue la primera imagen que tuve de Salta y me impresionó mucho la inmensidad del paisaje. Era completamente distinto a lo que estoy acostumbrada a ver en Buenos Aires.

Mientras observaba por la ventana, pensaba que ese viaje tenía un propósito distinto a cualquier otro que hubiera hecho. No viajábamos solamente para conocer una ciudad o recorrer lugares turísticos. Íbamos con la intención de vivir una experiencia de fe y de comprender mejor el sentido de la peregrinación.

Llegada a Salta

Al aterrizar nos esperaba el tío de Elide, quien muy amablemente pasó a buscarnos para llevarnos hasta el hotel. Allí también conocimos personalmente a Elide. Hasta ese momento tampoco habíamos tenido oportunidad de encontrarnos cara a cara, por lo que esa fue nuestra primera conversación fuera de una pantalla. Fue lindo comprobar cómo, en pocos minutos, la timidez inicial iba dando lugar a una convivencia muy natural.

Nos hospedamos en el Hotel Selina. Como todavía no habíamos desayunado, una de las primeras cosas que hicimos fue compartir el desayuno. Después de tantas horas despiertas, ese momento sencillo fue también una oportunidad para comenzar a conversar con más tranquilidad y empezar a conocernos mejor.

Primer encuentro con la ciudad

Más tarde nos dirigimos al centro histórico de Salta. Recorrimos sus calles y llegamos a la Catedral Basílica. Apenas entré me llamó la atención la belleza del templo. Me detuve varias veces a observar cada detalle: la arquitectura, las imágenes, los altares y el ambiente de profundo recogimiento que se respiraba en el lugar. Era una iglesia imponente, pero al mismo tiempo transmitía mucha paz.

Participamos de la Santa Misa y ese fue, para mí, el verdadero comienzo espiritual del viaje. Más allá de haber llegado físicamente a Salta, sentí que en ese momento comenzábamos a preparar el corazón para todo lo que viviríamos al día siguiente. Permanecer allí, en silencio, contemplando el templo y participando de la celebración, fue una manera de dejar atrás las preocupaciones cotidianas y disponernos a escuchar con mayor atención la voz de Dios.

Al finalizar la Misa nos quedamos unos minutos rezando en silencio. Le pedí al Señor que me permitiera vivir esa peregrinación con un corazón abierto, dispuesto a recibir todo aquello que quisiera regalarme durante esos días. También encomendé a mi familia, a mis seres queridos y a todas aquellas personas que, de una u otra forma, estaban presentes en mis oraciones.

Final del día

Cuando regresamos al hotel el cansancio empezaba a sentirse. Había sido una jornada muy larga que había comenzado de madrugada y que estuvo llena de emociones, encuentros y primeras experiencias. Sin embargo, lejos de sentirme agotada por el viaje, tenía una profunda sensación de gratitud. El día terminaba con la certeza de que algo importante estaba comenzando.

Antes de dormir pensé en todo lo que habíamos vivido desde que salimos de Buenos Aires. Apenas habían pasado unas horas y, sin embargo, ya sentía que el viaje estaba transformándose en algo mucho más profundo que un simple traslado. La peregrinación todavía no había comenzado oficialmente, pero mi corazón ya había empezado a caminar.



Día 2 – El encuentro con la Inmaculada Madre del Corazón Eucarístico de Jesús

Temprano por la mañana – Un día esperado

Ese sábado nos levantamos temprano. Sabíamos que había llegado el día más esperado del viaje. Bajamos a desayunar al hotel y compartimos unas tostadas con mate mientras conversábamos tranquilamente. A diferencia del día anterior, ya no éramos cuatro personas que recién se conocían. Poco a poco la convivencia había hecho que empezáramos a sentirnos más cómodas entre nosotras, y ese desayuno fue una linda oportunidad para seguir compartiendo nuestras historias y expectativas.

Aunque intentábamos vivir el momento con naturalidad, creo que todas sentíamos una mezcla de entusiasmo y curiosidad. Habíamos escuchado hablar mucho de ese lugar y finalmente había llegado el momento de conocerlo.

Camino hacia el cerrito

El tío de Eli nos llevó hasta el comienzo del recorrido. Al llegar ocurrió algo que nos entristeció un poco: Eli comenzó a sentirse muy mal del estómago y decidió quedarse abajo para que la revisaran y pudiera recuperarse. Nos dio pena no poder comenzar las cuatro juntas el ascenso, pero sabíamos que lo más importante era que ella estuviera bien.

Nosotras comenzamos a caminar.

Desde los primeros metros sentí que no era una caminata cualquiera. El sendero de tierra y piedra estaba rodeado de árboles y vegetación, y el aire fresco hacía que todo invitara al silencio. No era un silencio impuesto; simplemente surgía de manera natural. Nadie sentía la necesidad de hablar demasiado. Cada una caminaba a su ritmo, dejando que el propio camino fuera preparando el corazón.

Mientras avanzábamos se escuchaba el rezo del Santo Rosario. La persona que lo guiaba hablaba con una voz muy pausada, clara y serena. No había apuro en cada Avemaría. Al contrario, cada palabra parecía dejar un espacio para meditar y contemplar los misterios. Ese modo de rezar transmitía una paz muy difícil de explicar. Más que escuchar un rosario, sentía que toda la montaña estaba rezando.

Miraba a mi alrededor y veía personas de todas las edades. Había jóvenes, matrimonios, adultos mayores, familias enteras y también muchísimos servidores. Algo que me llamó especialmente la atención fue ver niños muy pequeños sirviendo con tanta alegría. Cada uno cumplía su tarea con una enorme sencillez y disponibilidad. No buscaban destacarse; simplemente estaban allí para ayudar a que todos pudiéramos vivir mejor la peregrinación. Ese espíritu de servicio también me hizo reflexionar sobre la importancia de entregarse a los demás con generosidad, incluso en las cosas más simples.

A medida que subíamos, el paisaje parecía anticipar que nos acercábamos a un lugar especial. No era solamente la belleza de la naturaleza. Había un clima de recogimiento que resultaba muy difícil de describir. Sentía que cada paso ayudaba a dejar atrás las preocupaciones de todos los días y que el corazón se iba disponiendo para el encuentro con Dios.

La llegada

Después de caminar un buen rato llegamos finalmente a la casita dedicada a la Inmaculada Madre del Corazón Eucarístico de Jesús. Me sorprendió su sencillez. Era una pequeña construcción de piedra, humilde, sin grandes adornos. Sin embargo, justamente esa sencillez era lo que más conmovía. Comprendí que no hacía falta la grandeza de un edificio para experimentar la presencia de Dios.

Al ingresar, lo primero que hice fue contemplar la imagen de la Virgen. Era muy hermosa y transmitía una profunda paz. Permanecí unos instantes en silencio, simplemente mirándola. No sentía la necesidad de decir muchas palabras. A veces la oración más profunda consiste solamente en estar allí, dejando que el Señor hable al corazón.

Como habíamos llegado unos minutos después del comienzo del Rosario, terminamos de rezarlo dentro de la casita y luego continuamos la oración afuera, junto a los rosarios que los peregrinos habían ido dejando como signo de gratitud y de fe. Ese lugar tenía algo muy especial. Cada rosario colgado representaba una historia, una intención, un agradecimiento o una súplica confiada a la Virgen.

La mariposa blanca

Cuando finalizamos el Santo Rosario ocurrió un momento muy sencillo, pero que quedó grabado en mi memoria.

Una mariposa blanca apareció muy cerca de donde estábamos, junto a los rosarios. Permaneció allí durante unos instantes, como si también formara parte de ese clima de paz que habíamos vivido durante toda la oración. Las cuatro la observamos con mucha atención.

Quizás para otras personas no hubiera significado nada especial. Sin embargo, para mí fue uno de esos pequeños detalles que Dios regala cuando uno aprende a detenerse y a contemplar. No lo viví como algo extraordinario ni como un signo espectacular, sino como una delicadeza de Dios que coronó una mañana llena de silencio, oración y paz. Esa imagen quedó profundamente guardada en mi corazón.

El regreso

Después de permanecer un tiempo más en ese lugar comenzamos el descenso. Eli ya se encontraba mejor, aunque durante la mañana había tenido que acercarse a la ambulancia para recibir atención porque el dolor de estómago continuaba.

Mientras bajábamos, el ambiente era distinto al de la subida. Ya no había tanta expectativa por llegar; ahora predominaba la gratitud por todo lo vivido. Conversábamos sobre el Rosario, sobre la paz que habíamos experimentado y sobre la belleza de aquel lugar tan sencillo.

Al mirar hacia atrás comprendí que el verdadero regalo de esa peregrinación no había sido únicamente llegar hasta la casita de la Inmaculada Madre del Corazón Eucarístico de Jesús. Lo más valioso había sido el camino recorrido para llegar hasta allí. El silencio, la naturaleza, la oración compartida y cada pequeño detalle me ayudaron a comprender que Dios muchas veces se manifiesta precisamente en la sencillez. Ese día descendí del cerrito con una paz muy profunda, una paz que todavía hoy permanece cada vez que recuerdo aquella peregrinación.



Día 3 – El regreso a casa

Temprano por la mañana – Despedida de Salta

El último día comenzó temprano. Nos levantamos, terminamos de guardar nuestras cosas y bajamos a desayunar. Mientras compartíamos el desayuno, era inevitable comentar algunos de los momentos que habíamos vivido durante esos días. Parecía increíble que el viaje hubiera pasado tan rápido. Apenas unas jornadas antes habíamos llegado sin conocernos demasiado y ahora nos despedíamos después de haber compartido una experiencia de fe que, de alguna manera, nos había unido.

Una vez que terminamos de preparar el equipaje, el tío de Eli volvió a buscarnos para llevarnos al aeropuerto. Durante el trayecto miraba por la ventanilla intentando guardar en la memoria los últimos paisajes de Salta. Sentía una mezcla de gratitud y de nostalgia. Habíamos ido con la intención de conocer una peregrinación, pero regresábamos con mucho más de lo que imaginábamos.

El vuelo de regreso

Subimos al avión y esta vez el cansancio se hacía sentir. Habían sido días muy intensos, con poco descanso y muchas emociones. Me tocó nuevamente un asiento junto a la ventana. Mientras el avión despegaba observé por última vez las montañas que rodeaban la ciudad y pensé en todo lo que habíamos vivido desde nuestra llegada.

Durante gran parte del vuelo permanecí en silencio. No sentía la necesidad de hacer otra cosa que recordar cada momento de la peregrinación. Volví a mirar el rosario que había llevado hasta la casita de la Inmaculada Madre del Corazón Eucarístico de Jesús y la cadenita de la Medalla Milagrosa que Adolfo me había regalado antes del viaje. Tenerlos entre mis manos hizo que reviviera, por un instante, la paz que había experimentado durante el rezo del Rosario y el recogimiento vivido en el cerrito.

Comprendí que esos objetos ya no eran solamente un rosario y una medalla. Se habían convertido en un recuerdo de todo lo vivido, en un signo concreto de una experiencia que quería conservar también al regresar a la rutina.

De vuelta en Buenos Aires

Al aterrizar en Buenos Aires sentía el cuerpo agotado. Habíamos dormido poco y el viaje comenzaba a pasar factura. Sin embargo, el cansancio estaba acompañado por una profunda alegría. Volvía satisfecha, agradecida y con el corazón lleno.

Mientras regresaba a mi casa pensaba que muchas veces uno cree que una peregrinación termina cuando vuelve a su ciudad. Sin embargo, entendí que el verdadero desafío comienza justamente allí: llevar a la vida cotidiana la paz recibida durante el camino, encontrar momentos para la oración en medio de la rutina y recordar que Dios sigue acompañándonos mucho después de haber descendido del cerro.

Hoy, al mirar nuevamente aquel rosario y la Medalla Milagrosa, vuelvo a recordar esos días con enorme gratitud. La peregrinación fue breve, pero dejó una huella profunda en mi corazón. No solo conocí un lugar de oración; también comprendí que Dios se manifiesta en la sencillez, en el silencio compartido y en cada paso que damos cuando decidimos caminar hacia Él de la mano de María.

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