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El estudio infrarrojo de Callahan y Smith en la tilma de la Virgen de Guadalupe

En 1979, los científicos norteamericanos Philip Callahan y Jody B. Smith tuvieron la oportunidad única de estudiar la tilma de la Virgen de Guadalupe utilizando una de las técnicas más avanzadas de la época, la fotografía infrarroja. Este procedimiento, empleado en restauración de obras de arte, medicina e incluso en misiones espaciales, permite revelar detalles invisibles al ojo humano y descubrir lo que se oculta bajo la superficie de una imagen.

La importancia de la luz infrarroja radica en su capacidad para atravesar barnices oscurecidos, capas deterioradas de pintura o suciedad acumulada durante siglos, mostrando lo que hay debajo sin dañar el soporte original. Gracias a esta técnica se han descubierto, por ejemplo, bocetos ocultos y correcciones en pinturas de grandes maestros como Leonardo da Vinci o Velázquez, ya que permite distinguir claramente entre materiales antiguos, como aceites, minerales o ceras, y pigmentos modernos.

El estudio se llevó a cabo la noche del 7 de mayo de 1979, en condiciones poco habituales para un análisis científico de esta magnitud. Los investigadores contaban con apenas tres horas, entre las 9 de la noche y la medianoche, para realizar todas las tomas dentro de un pequeño camarín de aproximadamente 2,40 por 3,60 metros, situado detrás del altar donde se resguarda la tilma.

A estas limitaciones se sumaron otras dificultades técnicas. La fotografía infrarroja es particularmente compleja porque la película utilizada es sensible a un espectro muy amplio de radiación, que abarca desde la luz ultravioleta hasta el infrarrojo cercano. Esto implica que el enfoque debe ajustarse con gran precisión mediante una pequeña marca especial en el lente que compensa la diferencia entre las longitudes de onda visibles y las infrarrojas.

Sin embargo, el tiempo era escaso. Ante la urgencia, Callahan se vio obligado a realizar los ajustes prácticamente a ojo, sin posibilidad de pruebas previas. A pesar de ello, las cerca de 40 fotografías obtenidas resultaron perfectamente enfocadas, algo que los propios investigadores describieron con asombro como un verdadero “milagro técnico”.

Para el análisis se empleó equipamiento fotográfico avanzado para su época:

Cámaras utilizadas

  • Nikon F, equipada con lente macro Auto-Nikkor de 50 mm (apertura 1:1.4), ideal para capturar detalles cercanos.
  • Pentax MX, con lente gran angular SMC Pentax de 40 mm (apertura 1:2.8), utilizada para registrar áreas más amplias de la imagen.

Medición de la luz

  • La Nikon utilizó un fotómetro externo Quantum con filtro rojo Wratten 25A colocado sobre la célula sensible.
  • La Pentax contaba con exposímetro integrado, aunque también se empleó el mismo filtro rojo sobre el lente para bloquear la luz visible que podría interferir en la película infrarroja.

Filtros infrarrojos

  • Se utilizaron filtros Wratten 25A, diseñados para absorber las longitudes de onda visibles —especialmente la azul— y permitir el paso predominante de la radiación infrarroja, aumentando así el contraste entre materiales antiguos y añadidos posteriores.

La iluminación también presentó desafíos. Debido a estrictas normas de seguridad, nadie podía acercarse a menos de ocho centímetros de la tilma, lo que impedía utilizar equipos profesionales de iluminación. Como solución improvisada, los científicos emplearon dos reflectores Photoflood de 500 watts colocados a aproximadamente metro y medio de la imagen y sostenidos con soportes de madera y pinzas. Para asegurar que el calor no dañara la tela, colocaron un termómetro de mercurio cerca del tejido, comprobando que la temperatura permanecía dentro de límites seguros.

Además, las tomas se realizaron con velocidades de obturación muy bajas (1/30 y 1/60 de segundo) y con diafragmas abiertos (f/2.8, f/3.5 y f/4), condiciones en las que cualquier pequeño movimiento habría arruinado las fotografías. Sin embargo, las imágenes resultaron claras y nítidas.

Cuando finalmente se analizaron las fotografías infrarrojas, los hallazgos sorprendieron tanto a especialistas en arte como a creyentes. Las imágenes revelaron que la tilma no presenta trazos de pincel ni señales de preparación previa en la tela, algo que normalmente es indispensable en una pintura del siglo XVI. Tampoco se encontraron bocetos ni correcciones debajo de la imagen, elementos que suelen aparecer en el proceso creativo de cualquier pintor.

Otro fenómeno observado fue una iridiscencia en los colores, que parecen cambiar según el ángulo desde el cual se contempla la imagen, un efecto difícil de reproducir incluso con técnicas pictóricas modernas.

Gracias a las cuidadosas precauciones técnicas, las fotografías obtenidas ofrecieron una lectura clara y precisa, libre de interferencias externas. Sin embargo, lejos de resolver el enigma, el estudio lo profundizó.

El análisis infrarrojo no logró identificar un proceso pictórico convencional en la imagen de la Virgen de Guadalupe. Por el contrario, sus resultados reforzaron la idea de que la tilma no se ajusta a los métodos artísticos conocidos del siglo XVI. Así, más de cuatro siglos después de su aparición, la imagen continúa desafiando a investigadores y científicos, manteniendo intacto uno de los misterios más fascinantes del arte y de la fe.

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