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“Juantzin”, las palabras de la Virgen en el primer encuentro

Cuando Juan Diego llegó al Cerro del Tepeyac, escuchó que alguien lo llamaba desde lo alto del cerro. La voz no era dura ni solemne: era suave, cercana, casi familiar. Al acercarse, vió a una mujer resplandeciente que lo llamaba con una expresión llena de cariño:

“Juantzin, Juan Dieguito.”

La palabra “Juantzin” proviene del náhuatl. El sufijo -tzin era una forma muy particular de dirigirse a otra persona: combinaba respeto, delicadeza y afecto. Por eso no se trataba simplemente de un diminutivo. Al decir “Juantzin”, se estaba reconociendo la dignidad de la persona y al mismo tiempo se la estaba tratando con ternura.

En la cultura de la que provenía Juan Diego, este modo de hablar era una señal de consideración profunda hacia el otro. Las palabras transmitían no solo información, sino también la relación entre quienes dialogaban. Por eso, al escucharse llamado de esa manera, Juan Diego reconoce inmediatamente el tono afectuoso de quien le habla.

Este detalle del diálogo es uno de los aspectos más significativos del primer encuentro. Incluso antes de expresar su mensaje, la Virgen de Guadalupe establece una relación marcada por la cercanía y el cariño. No se dirige a Juan Diego con distancia, sino con una forma de hablar que transmite respeto, confianza y una ternura profundamente maternal.

De este modo, las primeras palabras del encuentro ya anticipan el carácter del mensaje: una relación cercana, donde el diálogo comienza con una llamada llena de afecto.

Este pasaje del encuentro está recogido en el Nican Mopohua, uno de los textos más importantes de la tradición guadalupana, escrito originalmente en lengua náhuatl y atribuido a Antonio Valeriano. En este documento se conserva el modo original en que la Virgen se dirige a Juan Diego Cuauhtlatoatzin, lo que permite comprender mejor la riqueza cultural y lingüística del diálogo.

Además, el uso del sufijo “-tzin” no solo implicaba respeto, sino que estaba profundamente ligado a la cosmovisión indígena, en la cual el lenguaje era una extensión de la armonía social. Hablar correctamente no era solo una cuestión formal, sino una manera de reconocer el valor del otro dentro de la comunidad. Por eso, la forma en que la Virgen se dirige a Juan Diego no es casual, sino que refleja un conocimiento profundo de su cultura.

Algunos estudiosos destacan que esta manera de hablar también tiene un fuerte sentido pedagógico. La Virgen de Guadalupe no impone su mensaje, sino que lo introduce a través de una relación personal, comenzando por el afecto. Este estilo coincide con la tradición indígena del diálogo respetuoso, donde la enseñanza se transmite con suavidad y cercanía, más que con autoridad rígida.

Asimismo, el diminutivo “Juan Dieguito” refuerza aún más este vínculo afectivo. En el contexto del relato, no implica inferioridad, sino una expresión de intimidad y cuidado. Este tipo de lenguaje era común en relaciones familiares cercanas, especialmente en el trato entre una madre y sus hijos, lo que ha llevado a interpretar este momento como el inicio de una relación profundamente maternal.

Por último, este primer llamado no solo tiene un valor narrativo, sino también simbólico. Representa una invitación personal que trasciende a Juan Diego y se proyecta hacia todos los creyentes. La forma en que es llamado —con respeto y ternura— ha sido interpretada como un modelo de cómo lo divino se acerca a lo humano: no desde la imposición, sino desde el reconocimiento de la dignidad y el amor.

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