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Juan Diego, El Mensajero

La Virgen le había dado una misión a Juan Diego. Ella se le apareció con una ternura celestial en el cerrito Tepeyac pidiéndole que llevara un mensaje en su nombre al obispo.

Obediente, Juan Diego emprendió el camino para encontrarse con el obispo fray Juan de Zumárraga, dispuesto a cumplir lo que la Virgencita le había pedido. Pero al llegar, el padre no le creyó. ¿Cómo iba a creerle? Para los ojos del mundo, Juan Diego no era más que un pobre indígena, sin estudios ni prestigio. ¿Por qué debería creerle? ¿Qué peso podrían tener sus palabras?

Con humildad y tristeza, Juan Diego regresó al cerro y le confesó a la Virgen que el obispo no le había creído. Le pidió:

“(…) manda a alguien más culto que yo, que yo no sé nada, yo soy un ignorante, soy un hombre de la tierra.”

Pero ella era la Virgen, y si lo había elegido era por algo. Con firmeza y dulzura le respondió:

“Escucha el más pequeño de mis hijos: ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros. Pero es muy necesario que tú personalmente vayas y mucho te ruego, hijo mío el menor y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo, y de mi parte hazle saber mi voluntad”.

Juan Diego, muy determinado, volvió nuevamente a la iglesia. Esta vez el obispo Zumárraga lo escuchó con más atención, pero seguía necesitando una señal, una prueba irrefutable. Necesitaba una certeza para creer que lo que le contaba era cierto y que venía del cielo mismo.

Juan Diego regresó entonces al cerrito del Tepeyac para contarle a la Virgen lo que el obispo le había pedido. Ella, compasiva, aceptó darle una señal como prueba y le pidió que volviera al día siguiente, cuando le mostraría la señal que el obispo necesitaba.

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