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Las tristes palabras de Juan Diego

En colaboración de Cande Lagier

Después de haber aceptado volver al encuentro con el obispo y esperar la señal prometida, Juan Diego se preparaba para cumplir una vez más con la misión que la Virgen le había confiado (véase Juan Diego, El Mensajero).

Ahora, esa misión se vería atravesada por una prueba inesperada.

Juan Diego debía cumplirle un último encargo a la Virgen. Ella le había pedido volver al Cerro del Tepeyac para recibir la señal que debía presentar ante el obispo. Pero ese día, al regresar a su casa, encontró a su tío, Juan Bernardino, gravemente enfermo, ya sin fuerzas para continuar viviendo. La enfermedad lo había consumido, y su estado parecía empeorar con cada hora.

Juan Bernardino, consciente de que su vida llegaba a su fin, le pidió un último favor: que fuera a buscar a un sacerdote para recibir los últimos sacramentos.

Juan Diego quedó entonces dividido entre dos deberes que no podían esperar. Por un lado, la misión confiada por la Virgen; por el otro, el pedido urgente de su tío moribundo. No se trataba de elegir entre lo importante y lo secundario, sino entre dos bienes profundos: la obediencia a Dios y el amor concreto al prójimo.

No dudó en su decisión. Iría en ayuda de su tío.

Aunque eso significara, por un momento, dejar de lado el encargo recibido, no lo hacía por desobediencia, sino por caridad. En su corazón no había rechazo a la Virgen, sino una urgencia que lo desbordaba.

Sin embargo, sabía que si tomaba el camino habitual hacia el cerro, probablemente se encontraría con ella. Y ese encuentro que siempre era gracia, en ese momento le parecía también un posible retraso. Su tío lo necesitaba ahora.

Entonces decidió rodear el cerro. Eligió un sendero distinto, menos transitado, intentando evitar el lugar donde solía encontrarse con la Virgen. Caminaba rápido, con el corazón cargado, como quien intenta cumplir con todo pero siente que no llega.

Ese gesto, aparentemente pequeño, revela mucho: Juan Diego no huye por falta de fe, sino por responsabilidad. Pero aun así, en lo más profundo, sabe que está intentando esquivar a quien lo ha enviado.

Y la Virgen lo sabe.

Nada de lo que ocurre en el corazón de sus hijos le es ajeno. Por eso, no lo espera en lo alto del cerro como en otras ocasiones. No se queda en el lugar del encuentro habitual. Desciende y sale a su encuentro. Lo intercepta en el camino.

Este es un gesto profundamente maternal: no deja que Juan Diego cargue solo con su angustia ni que tome decisiones desde la preocupación.

De pronto, mientras avanzaba por la ladera del Tepeyac, Juan Diego se encontró frente a ella, y con ternura, como una madre que percibe la inquietud de su hijo antes incluso de que hable, lo llamó:

“¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿A dónde vas?”

Juan Diego no intentó ocultarse ni disimular. Comprendió que ante ella no era posible esconder nada. Y, sobre todo, no era necesario. Se inclinó con respeto, pero también con confianza. Y abrió su corazón.

Sus palabras, cargadas de dolor y aceptación, revelan no solo la gravedad de la situación, sino también su mirada profundamente cristiana sobre la vida y la muerte:

“Niña mía (…) ¿Cómo has amanecido? (…) Un tío mío, siervo tuyo, está muy grave. Está a punto de morir. Pero, niña mía, para esto nacimos… para esperar el trabajo de nuestra muerte”.

En esta frase hay algo más que tristeza. Hay una comprensión serena del misterio de la vida humana. Juan Diego no niega el dolor, pero tampoco se desespera. Reconoce la muerte como parte del camino, como un “trabajo”, es decir, como un momento que también tiene un sentido dentro del plan de Dios.

Sin embargo, esa aceptación no elimina el sufrimiento. Ama a su tío. Le duele perderlo. Y por eso quiere llegar a tiempo, acompañarlo, no dejarlo solo en ese momento decisivo.

En su interior conviven la fe, el dolor y la urgencia.

Y es precisamente ahí, en ese cruce de caminos, donde la Virgen vuelve a salir a su encuentro.

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