Peregrinar con el corazón: una experiencia de fe, esperanza y encuentro con Dios

Hay experiencias que no pueden explicarse únicamente con palabras, porque se viven con el corazón. La peregrinación en honor a la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús fue, una vez más, una de ellas. Sin embargo, este año tuvo un significado muy especial para mí.
El año pasado tuve la gracia de participar acompañada por un grupo de misioneros de la Virgen. En esta oportunidad, el camino fue diferente: peregriné junto a mis compañeras de trabajo, compartiendo con ellas no solo el recorrido, sino también la fe y el deseo de poner nuestra labor diaria bajo la protección de María.
Confieso que, hasta último momento, no sabía si podría asistir. Mi estado de salud me hacía dudar. Los problemas gastrointestinales que venía atravesando me hacían pensar que quizá no sería capaz de soportar la jornada. Pero, en medio de esas incertidumbres, sentí que la Virgen abría los caminos y me invitaba a confiar. Todo se fue acomodando de una manera que interpreté como una respuesta de Dios. Hoy agradezco profundamente haber escuchado ese llamado.
Esta peregrinación también estuvo marcada por dos momentos muy importantes para mi vida espiritual: participar de la Santa Misa y recibir el sacramento de la Reconciliación. El año anterior no había tenido la oportunidad de confesarme, y hacerlo esta vez fue experimentar nuevamente la misericordia de Dios. Sentí que mi corazón volvía a encontrarse con Jesús, dejando atrás muchas cargas que, sin darnos cuenta, vamos acumulando en medio de las preocupaciones y las ocupaciones cotidianas.
Debido a mi estado de salud, no pude realizar todo el recorrido caminando y tuve que subir y bajar en colectivo. En otro momento quizá habría sentido frustración, pero comprendí que peregrinar no depende únicamente de los pasos que damos, sino de la disposición del corazón. Aun con dolor, participé del Santo Rosario junto a miles de peregrinos. Cada Ave María fue una oración ofrecida desde mi fragilidad.
Mientras rezaba, presentaba a Dios mis propias necesidades, especialmente la recuperación de mi salud. Pero también ponía en sus manos a los enfermos, a mi familia, a mis seres queridos y a tantas personas que hoy atraviesan momentos difíciles. Sentía que el dolor también puede transformarse en oración cuando se ofrece con amor y esperanza.
Rezar el Santo Rosario este año fue una experiencia profundamente conmovedora. Escuchar las voces de tantos peregrinos unidas en una misma oración despertó en mí recuerdos de la infancia, cuando rezábamos las novenas en familia. Fue volver a experimentar esa sencillez de la fe aprendida desde pequeña, esa certeza de que Dios nunca abandona a quienes lo buscan con un corazón sincero.
En el cerro se respira algo difícil de describir. Allí el silencio, la oración y la presencia de tantos fieles hacen sentir que Dios está cerca. Uno comprende que las dificultades no desaparecen mágicamente, pero también descubre que ninguna de ellas tiene la última palabra. La fe devuelve la esperanza y recuerda que para Dios no hay imposibles.
Al finalizar la peregrinación, mientras descendía, mi corazón solo podía agradecer. Agradecer a la Virgen por haberme permitido estar presente, por sostenerme en medio de mi enfermedad y por interceder constantemente ante su Hijo. También le pedí perdón por mis errores y por tantas veces en que las preocupaciones del mundo me hacen olvidar lo verdaderamente importante.
Durante la Santa Misa, una de mis intenciones estuvo dedicada especialmente al equipo de trabajo de AESCAL. Pedí para que el Señor nos conceda sabiduría, unidad y humildad, y para que podamos ser verdaderos instrumentos de servicio hacia los demás, llevando siempre un mensaje de esperanza inspirado en el amor de la Virgen.
Otro momento muy significativo fue encomendar a las religiosas carmelitas descalzas del Convento San Bernardo nuestras intenciones. Les pedí que rezaran por nosotros, por mi familia y por todas aquellas personas que hoy viven el dolor, la enfermedad, la incertidumbre o la tristeza. Saber que otras personas también elevan sus oraciones por nuestras necesidades fortalece la comunión que vivimos como Iglesia.
Regresé de esta peregrinación con la certeza de que Dios sigue hablando en el silencio, en la oración y en los pequeños gestos de amor. Comprendí que, aun en medio de nuestras fragilidades físicas o espirituales, siempre podemos acercarnos a Él. La Virgen nos toma de la mano y nos conduce a su Hijo, recordándonos que nunca caminamos solos.
Porque peregrinar no consiste solamente en llegar a un destino. Peregrinar es dejar que Dios transforme el corazón mientras caminamos, incluso cuando nuestros pasos son lentos o nuestras fuerzas parecen agotarse. Es descubrir que la esperanza siempre renace cuando confiamos, y que el amor de Dios permanece con nosotros en cada etapa del camino.

