Testimonio – Peregrinación a Salta 2026 – M. Izaguirre
Testimonio de Junio 2026

Hay lugares que uno visita por curiosidad, otros por turismo y algunos porque, de alguna manera, siente que fue llamado, porque vienen siendo parte de esa intervención divina de Nuestro Señor. Para mí, Salta terminó siendo esto último. Lo que comenzó como un viaje para peregrinar hasta el Cerro de la Virgen terminó convirtiéndose en una experiencia profundamente espiritual, una de esas que no solo se recuerdan, sino que permanecen dentro del corazón mucho tiempo después de haber regresado a casa.
Los primeros días los dedicamos a visitar varias iglesias, asistimos a la Santa Misa de las mismas, y conocimos parte de la historia que guarda cada rincón de Salta. Hay algo especial en esa provincia. No sé si es la forma en que el tiempo parece avanzar más despacio, la tranquilidad de sus calles o la calidez de quienes viven allí, pero desde el primer momento me hizo sentir bienvenida.
Cada iglesia parecía contar una historia distinta. Me sorprendió muchísimo la arquitectura: los altares, las pinturas, los vitrales, las columnas, el silencio que habitaba dentro de esos espacios. Había belleza por donde se mirara, pero no una belleza superficial, sino una que invitaba naturalmente al recogimiento y a la oración.
Cada misa tuvo algo que me habló personalmente. Las homilías parecían responderme detalles míos que llevaban haciendo en silencio desde hacía tiempo. No fueron discursos extraordinarios, fueron palabras sencillas que, precisamente por eso, llegaron con más fuerza.
Hubo un momento muy especial durante las confesiones. A veces uno carga tantas cosas sin darse cuenta que termina acostumbrándose a ese peso. No sentí juicio. Sentí acogida. Salí con una paz difícil de explicar, como si muchas preocupaciones hubieran dejado de tener el mismo tamaño que antes.
Comprendí que Dios muchas veces habla con su palabra. No necesita grandes acontecimientos para hacerse presente. Basta un sacerdote que escucha con paciencia, una homilía pronunciada en el momento indicado o el simple silencio de una iglesia para volver a recordar lo verdaderamente importante.

Llegó entonces el día de la peregrinación al Cerro de la Virgen.
Sabía que había que subir caminando, pero no imaginaba cuánto simbolizaría ese recorrido. No fue exactamente un desafío físico imposible, aunque por momentos el cansancio se hacía sentir. Sin embargo, cada paso parecía tener un sentido distinto.
Mientras ascendíamos podía escucharse, a lo lejos, un coro que cantaba. Más arriba comenzaba el rezo del Santo Rosario. Era como si todo el cerro estuviera respirando oración.
Había personas de todas las edades. Algunos subían en silencio, otros rezaban, otros simplemente contemplaban el paisaje. Me llamó mucho la atención que nadie parecía tener prisa. Todos entendíamos, de alguna manera, que el verdadero destino no era solamente llegar a la cima, sino dejar que el camino también nos transformara.
Si tuviera que elegir un solo instante de todo el retiro, sería ese.
Al finalizar el rezo del Santo Rosario me senté sobre una baranda para acompañar una oración especial dedicada a la Virgen María que aparecía en unos folletos que nos habían entregado.
Mientras todos rezábamos, apareció una mariposa completamente blanca.
No venía de ningún lado que pudiera notar. Simplemente llegó y se posó muy cerca de mí. Permaneció allí con una tranquilidad que parecía imposible. Era tan delicada y tan hermosa que por un momento olvidé todo lo demás.
Quizá para alguien habría sido una simple coincidencia. Para mí fue mucho más que eso.
Sentí una paz inmensa. Como si la Virgen, en medio de aquella oración, hubiera querido recordarme que estaba presente. No escuché ninguna voz ni vi nada extraordinario. Solo esa pequeña mariposa blanca que apareció exactamente cuando mi corazón estaba completamente abierto.
Hay experiencias que no necesitan explicación porque se comprenden desde la fe. Ese instante fue uno de ellos.
Todavía hoy, cuando cierro los ojos y lo recuerdo, vuelvo a sentir la misma serenidad que experimenté en ese momento.
Creo que los retiros espirituales no cambian la vida porque sucedan cosas espectaculares. La cambian porque uno regresa siendo un poco diferente.
Volví con más paz. Con menos miedo. Con la sensación de haber dejado muchas cargas que llevaba acumulando. Entendí que la fe no elimina los problemas, pero sí cambia la manera en que los enfrentamos.
Durante esos días sentí una cercanía muy especial con la Virgen María. Descubrí nuevamente la importancia de confiar, de aprender a esperar y de recordar que nunca caminamos solos, incluso cuando creemos que todo depende únicamente de nuestras fuerzas.
Salta me regaló mucho más que paisajes hermosos. Me regaló silencio en medio del ruido, descanso en medio del cansancio y esperanza en medio de las preocupaciones.
Hay viajes que terminan cuando el avión aterriza. Este no.
Porque, aunque regresé físicamente a casa, una parte de mi corazón sigue caminando por ese cerro, escuchando el eco del Rosario entre las montañas, contemplando aquella mariposa blanca y recordando que, cuando uno se atreve a subir con fe, siempre encuentra mucho más de lo que fue a buscar.


