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Módulo 4. 8 – Diplomado – La Verdad de Guadalupe – Instituto Guadalupano – Apuntes M. Izaguirre.

Clase del 27 – Febrero – 2023

  • Las interpretaciones propuestas por Edmundo O’Gorman presentan serias dificultades cuando se confrontan con las fuentes históricas. Una de sus afirmaciones sostiene que los franciscanos habrían construido la primera ermita y que posteriormente Alonso de Montúfar colocó en ella la imagen de la Virgen de Guadalupe.
  • Los documentos indican algo muy distinto. Los propios franciscanos expresan que el arzobispo deseaba que los fieles acudieran por devoción a aquella ermita, pero en ningún momento afirman haberla construido ni sostienen que la imagen hubiese sido colocada allí por decisión de Montúfar. La lectura íntegra del documento impide sostener la interpretación propuesta por O’Gorman y demuestra la importancia de estudiar siempre las fuentes en su contexto completo.
  • Otra de las interpretaciones atribuidas a O’Gorman consiste en distinguir dos imágenes diferentes. Por un lado, la Madre de Dios y, por otro, Santa María de Guadalupe. Sin embargo, las fuentes muestran una completa unidad entre ambas expresiones. A san Juan Diego se le revela como la Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, mientras que a Juan Bernardino le manifiesta su nombre como Santa María de Guadalupe. No se trata de dos personas distintas ni de dos imágenes diferentes, sino de una misma persona cuya identidad y cuyo nombre aparecen expresados de acuerdo con el contexto de cada aparición.
  • El estudio del Milagro Guadalupano debe sostenerse únicamente sobre fuentes históricas verificables. Las hipótesis pueden formularse libremente, pero solo adquieren valor cuando encuentran respaldo en documentos auténticos. La confrontación de las fuentes permite distinguir entre las interpretaciones personales y los hechos históricamente comprobables. Por ello resulta indispensable acudir siempre a los documentos originales antes de aceptar cualquier reconstrucción de los acontecimientos.

Uno de los documentos más esclarecedores sobre este periodo refleja el conflicto existente entre los franciscanos y el segundo arzobispo de México, Alonso de Montúfar, teniendo como trasfondo la devoción guadalupana. Este episodio coincide con la celebración del Primer Concilio Provincial Mexicano, presidido por el propio Montúfar.

Al concluir dicho concilio se estableció pena de excomunión para quien difundiera noticias falsas o inciertas. Este hecho resulta significativo, pues difícilmente quien acaba de promulgar una norma semejante podría dedicarse inmediatamente a inventar un acontecimiento religioso, como algunos autores han pretendido sostener. La propia documentación de 1556 recoge esta objeción y constituye un argumento importante dentro del análisis histórico.

Lejos de debilitar la devoción, los documentos posteriores muestran un crecimiento continuo del amor hacia la Virgen de Guadalupe. Todos los testimonios publicados durante los siglos siguientes expresan admiración, agradecimiento y reconocimiento por los favores atribuidos a su intercesión. La historia documental manifiesta un desarrollo constante de la devoción, sin que exista evidencia de un periodo de decadencia semejante al propuesto por algunas interpretaciones modernas.

La gran inundación de la Ciudad de México, iniciada en 1629 y prolongada durante varios años, marcó profundamente la vida de la Nueva España. El Cabildo de la ciudad acudió al arzobispo solicitando una respuesta espiritual frente a aquella tragedia que mantenía extensas zonas urbanas cubiertas por aproximadamente dos metros de agua. En ese contexto comenzó a tomar fuerza la petición de obtener para la Virgen de Guadalupe una misa y un oficio propios, paso indispensable para su reconocimiento oficial como patrona por parte de la Santa Sede.

Los testimonios posteriores muestran un profundo agradecimiento hacia Santa María de Guadalupe por la protección experimentada durante aquellos años difíciles. Lejos de disminuir, la devoción continuó creciendo de manera constante. Cada generación añadió nuevas expresiones artísticas, literarias, musicales y religiosas, consolidando un movimiento espiritual que jamás perdió vigor, sino que fue adquiriendo una fuerza cada vez mayor dentro de la historia de México.

La afirmación de que la devoción guadalupana habría decaído hacia finales del siglo XVII resulta incompatible con la evidencia histórica. El siglo XVIII representa precisamente el momento de mayor esplendor del culto guadalupano. Pintura, escultura, música, literatura y arquitectura reflejan un extraordinario florecimiento artístico dedicado a la Virgen de Guadalupe. Este crecimiento culminó con la concesión de la Misa y Oficio propios en 1754, uno de los mayores reconocimientos otorgados por la Iglesia al culto guadalupano.

El reconocimiento alcanzó una dimensión aún mayor cuando el papa Benedicto XIV, pasando por alto las objeciones previas y retomando una expresión ya utilizada por Francisco de Florencia, aplicó las palabras del Salmo 147: «No hizo cosa igual con nación alguna». Esta afirmación sintetiza el lugar privilegiado que el Milagro Guadalupano había alcanzado dentro de la vida de la Iglesia y confirma el extraordinario desarrollo histórico de la devoción durante el siglo XVIII.

  • La inspección realizada por Miguel Cabrera constituye uno de los estudios más importantes sobre la imagen de Santa María de Guadalupe. Además de elaborar nuevas copias de la tilma, tuvo la oportunidad de examinar directamente la imagen con un criterio artístico y técnico excepcional.
  • A diferencia de los pintores que participaron en las Informaciones Jurídicas de 1666, quienes únicamente distinguieron la presencia de temple y óleo, Miguel Cabrera identificó cuatro técnicas pictóricas diferentes coexistiendo sobre una misma tilma. Este hallazgo representó un avance significativo dentro de la investigación artística del Milagro Guadalupano.
  • La tilma sobre la que aparece la imagen presenta características completamente distintas a las de un lienzo preparado para la pintura. Se trata de una fibra llena de nudos, poros, pequeñas rasgaduras e hilos tejidos manualmente, condiciones que normalmente impedirían la correcta aplicación de diversas técnicas pictóricas. Miguel Cabrera identificó la presencia de óleo, temple, aguazo y otra modalidad de temple dentro de una misma superficie, situación que desafía las reglas tradicionales de la pintura y constituye uno de los aspectos más extraordinarios de la imagen.
  • El temple, elaborado mediante la mezcla de pigmentos con yema de huevo y agua, requiere una preparación extremadamente cuidadosa. La clara del huevo debe eliminarse completamente para evitar que la mezcla se deteriore y la proporción entre agua y yema determina la consistencia final de la pintura. Debido a su composición acuosa, el temple tiende a escurrirse sobre superficies que no han sido preparadas previamente, razón por la cual resulta prácticamente imposible aplicarlo correctamente sobre una tilma de fibras vegetales sin imprimación.
  • El óleo, por su parte, utiliza aceites como aglutinante y posee una consistencia mucho más espesa. Sin embargo, también exige una superficie preparada. Cuando se aplica directamente sobre una tela sin imprimación, el aceite penetra por las fibras y produce manchas irregulares que deterioran la pintura. En una tilma sin preparación el aceite debería extenderse por todo el tejido, formando grandes aureolas, fenómeno que no aparece en la imagen de la Virgen de Guadalupe. El rostro, las manos y el ángel presentan óleo perfectamente conservado, mientras que el resto de la imagen combina otras técnicas igualmente estables sobre una superficie que, desde el punto de vista artístico, no debería permitirlo.
  • La técnica del aguazo también posee características particulares. A diferencia de la acuarela, que aprovecha el blanco del soporte para crear luces y transparencias, el aguazo incorpora pigmento blanco dentro de la mezcla, permitiendo construir las zonas iluminadas directamente sobre la pintura. La coexistencia de aguazo, temple y óleo sobre una misma tilma representa una combinación extraordinariamente compleja, especialmente al considerar que la superficie carece de la preparación necesaria para recibir cualquiera de estas técnicas de forma duradera.
  • Estas observaciones llevaron a Miguel Cabrera a formular una de las conclusiones más importantes de su obra Maravilla Americana. La imagen no solo sorprende por la combinación de distintas técnicas pictóricas, sino también por la manera en que el artista aprovechó las imperfecciones naturales del tejido. Hilos sobresalientes, nudos y pequeñas irregularidades fueron integrados de tal forma que contribuyen a la belleza del conjunto. Un ejemplo destacado es el hilo que atraviesa ligeramente el labio superior, produciendo una sensación de mayor volumen y naturalidad imposible de atribuir al azar.

Miguel Cabrera no trabajó de manera aislada. Solicitó la colaboración de otros pintores que también habían contemplado directamente la imagen sin el cristal protector y que habían realizado copias de la tilma. Entre ellos sobresale Antonio Vallejo, uno de los artistas que confirmaron las observaciones realizadas durante la inspección. Todos coincidieron en reconocer la extraordinaria complejidad técnica de la imagen y aceptaron participar en una obra destinada a documentar científicamente aquello que habían observado.

La publicación de Maravilla Americana constituye una auténtica inspección artística de la imagen guadalupana. No se trata simplemente de una obra de devoción, sino de un análisis elaborado por especialistas en pintura que describen con detalle los materiales, las técnicas y las características visibles de la tilma. El prestigio de Miguel Cabrera y el consenso alcanzado entre los demás pintores otorgaron a esta investigación una enorme autoridad dentro de la historia del arte novohispano.

Hacia 1790, José Ignacio Bartolache publicó su Manifiesto Satisfactorio, obra que refleja el ambiente intelectual propio de la Ilustración, caracterizado por el interés en las ciencias experimentales y la búsqueda de explicaciones racionales para los fenómenos naturales. Sus investigaciones sobre la tilma comenzaron desde una actitud crítica, intentando comprender el origen material de la imagen mediante la observación y la experimentación. Sin embargo, el desarrollo de sus estudios lo condujo a modificar su postura inicial, concluyendo que la conservación y las características de la imagen superaban las posibilidades conocidas de la técnica pictórica.

Los estudios de Bartolache también retomaron las descripciones realizadas anteriormente por Fray Bernardino de Sahagún, Luis Becerra Tanco y Francisco de Florencia acerca de los tejidos utilizados por los pueblos originarios. Estos autores distinguen claramente entre la tilma, destinada al uso personal y confeccionada con fibras mucho más suaves, y el ayate, elaborado con fibras ásperas de maguey utilizadas principalmente para costales o cargas. Desde un punto de vista académico, la prenda de san Juan Diego corresponde propiamente a una tilma y no a un ayate, aunque en el lenguaje actual ambos términos suelen emplearse como sinónimos.

La fibra de la tilma resulta incluso más delicada que las elaboradas directamente con maguey, circunstancia que hace todavía más extraordinaria su conservación durante casi cinco siglos. Bartolache mandó fabricar tejidos utilizando ambos tipos de fibra para comprobar experimentalmente su resistencia y comportamiento. Sus observaciones le permitieron estudiar con mayor profundidad la naturaleza del soporte y reforzaron la convicción de que la permanencia de la imagen no podía explicarse únicamente mediante los conocimientos técnicos disponibles en su tiempo.

Durante el siglo XVIII la imagen podía examinarse con mucha mayor cercanía que en la actualidad. Diversos autores describieron incluso la textura de la tilma, señalando que la superficie donde aparece la imagen resultaba extraordinariamente suave al tacto, mientras que el reverso conservaba la aspereza propia del tejido vegetal. Francisco de Florencia dejó constancia de esta diferencia, considerándola otro de los aspectos sorprendentes de la tilma.

El Manifiesto Satisfactorio recoge también el testimonio de pintores que participaron en la inspección de la imagen. Todos coincidieron en afirmar que, en lo esencial, la obra posee un carácter extraordinario que supera las posibilidades ordinarias de la pintura. Al mismo tiempo reconocieron la existencia de algunos retoques realizados en épocas posteriores, especialmente sobre elementos ornamentales como la plata que originalmente cubría la luna y ciertas aplicaciones decorativas añadidas para embellecer la imagen. Estos retoques nunca modificaron la composición original, sino que constituyeron intervenciones externas fácilmente identificables.

Esta distinción resulta fundamental para responder a las teorías propuestas por Philip Serna Callahan y Jody Brant Smith, quienes sostuvieron que elementos como el ángel, la luna y otras partes de la imagen habrían sido añadidos posteriormente. Las fuentes históricas demuestran lo contrario. Existen representaciones firmadas desde 1606, además de descripciones contenidas en el Nican Motecpana y en el Huei Tlamahuiçoltica, donde la Virgen aparece exactamente con los mismos elementos que conserva en la actualidad. Los retoques documentados corresponden únicamente a intervenciones ornamentales y no a incorporaciones de nuevos elementos iconográficos. La composición esencial de la imagen permanece inalterada desde el siglo XVI y constituye uno de los testimonios históricos más sólidos del Milagro Guadalupano.

FUENTES


  • Chávez, E. (2023, 27 de febrero). Módulo 4.8. Diplomado: La Verdad de Guadalupe [Material de diplomado]. Instituto Guadalupano.
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