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Módulo 6.1 – Diplomado – La Verdad de Guadalupe – Instituto Guadalupano – Apuntes M. Izaguirre.

Clase del 05 de Junio 2023

  • La oración suele reducirse a un monólogo unidireccional enfocado en pedir por necesidades económicas, problemas familiares, deudas, enfermedades o por los difuntos.
  • Al concluir de forma apresurada tras el persignado, se percibe un alivio psicológico personal, pero se pierde la dimensión profunda de escucha, silencio y contemplación.
  • El dolor egoísta vs. el dolor redentor:
    • Duelo humano común: Llorar por la pérdida personal, el miedo, la soledad y la inseguridad ante “lo que yo perdí o se me fue”.
    • Actitud de María al pie de la Cruz: No se queda en el repliegue egoísta del duelo. Se reconoce ante su Creador y Salvador con fe y esperanza teologal.
  • María como Primera Adoradora:
  • Es la primera en orar y contemplar al Crucificado, reconociendo al Dios poderoso que hace obras grandes en ella.
  • La Escritura sitúa explícitamente a María y al “discípulo amado” (tradicionalmente identificado como San Juan) junto a la Cruz (Jn 19, 25-27).
    • María no padece únicamente como madre biológica; participa del dolor del Hijo por la salvación de toda la humanidad.
    • Acepta activamente la maternidad espiritual sobre los creyentes: ella se concibe a sí misma como Madre de la iglesia y de cada uno de los hombres.
  • Unión Sustancial y Mística:
    • María otorga su propia carne y sangre para sustentar y dar vida a Jesús en la Encarnación.
    • Existe una unión afectiva y espiritual simbiótica: Jesús está todo en María y María toda en Jesús.
  • Aplicación (Gálatas 2, 20):“Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.”
  • No existe una devoción mariana aislada de Cristo. Expresiones como la Virgen de Guadalupe son indisolubles de la presencia de Jesús; es imposible concebir a María sin su Hijo.
  • La trascendencia divina: Dios es inabarcable, indescriptible e inefable; supera cualquier concepto o título que la mente humana intente otorgarle.
  • La contracción divina: El Dios omnipotente y eterno decide hacerse pequeño y entrar en los límites del tiempo y del espacio al habitar en el seno de la Virgen María.
  • Concepto de Kenosis (Vaciamiento / Anonadamiento):
    • Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios.
    • Se despojó a sí mismo (se anonadó) tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres y asumiendo la fragilidad humana desde el vientre materno.
  • La vestimenta es necesaria para poder participar de la fiesta. Dios no lleva al hombre a la fiesta para después juzgarlo sin haberle dado lo necesario. Dios mismo proporciona la vestimenta adecuada. La vestimenta representa las virtudes, la gracia y aquello que permite al hombre presentarse con dignidad ante Dios.
  • La vestimenta de Dios abarca toda la Tierra. Esto habla de la importancia de la plenitud de la dignidad. En la Sagrada Escritura, el vestido no es solamente algo externo, sino que está relacionado con la identidad y la dignidad de la persona. La vestimenta expresa quién es el hombre y cuál es su condición.
  • La desnudez, por el contrario, significa vergüenza. Dentro de la cultura bíblica, estar desnudo puede representar falta de dignidad, falta de identidad y humillación. Desnudar a una persona también puede significar quitarle su dignidad y rebajarla. Por eso, cuando Adán y Eva descubren que están desnudos después del pecado, aparece inmediatamente la vergüenza.
  • Esto ayuda a comprender también la imagen de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego. Juan Diego, por su condición social, no tenía el mismo derecho a utilizar determinados colores, adornos o elementos en su vestimenta. No tenía el mismo rango ni el mismo estatus. Su vestimenta reflejaba las limitaciones que tenía dentro de la sociedad.
  • Cuando la imagen de la Virgen de Guadalupe queda plasmada en la tilma de Juan Diego, María le está dando simbólicamente el vestido que necesita. Es un vestido nuevo que expresa dignidad. La Virgen lo reviste, lo integra y le devuelve un reconocimiento que no dependía de su rango social. La tilma se convierte en signo de una dignidad recibida de Dios.
  • Por eso esta vestimenta se relaciona con el hombre nuevo. El hombre nuevo es aquel que está revestido por la gracia y que vuelve a estar cercano a Dios. La gracia transforma al hombre y le devuelve aquello que había perdido, especialmente su dignidad y su identidad.
  • En el misterio de la Encarnación se encuentra la aceptación total de la voluntad de Dios. Jesús, al entrar en el mundo, dice: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad”. Desde ese momento acepta toda su misión. No acepta solamente una parte de su vida, sino todo lo que implica hacerse hombre.
  • Cuando Jesús dice que viene a hacer la voluntad del Padre, acepta todo el paquete. Acepta nacer pobre, vivir pobre, ser rechazado, ser maltratado, ser traicionado y finalmente morir. No puede decir después que no sabía que iba a sufrir y que por eso ya no quería continuar. Su “sí” desde la Encarnación incluye también la Cruz.

Esto también debe aplicarse a nosotros. Muchas veces decimos que aceptamos a Dios, pero ponemos condiciones: “sí, pero que no sufra”, “sí, pero que me sane”, “sí, pero que sane a mi familia”, “sí, pero que me vaya bien”. Eso no es una verdadera entrega a Dios, porque estamos intentando negociar con Él.

Decirle a Dios “yo te doy mi vida y tú me das lo que yo quiero” es convertir la relación con Dios en un chantaje. La verdadera entrega consiste en aceptar su voluntad aunque no sepamos qué va a pasar. El ejemplo de Jesús muestra que decir sí a Dios no significa que todo será fácil, sino que significa aceptar incluso aquello que duele.

La vida de Jesús también tuvo momentos de alegría. Fue recibido con alegría en Jerusalén, estuvo con sus amigos, las multitudes lo aclamaron y ocurrió la multiplicación de los panes. Jesús experimentó la alegría, pero también aceptó el sufrimiento. La voluntad de Dios comprende toda la vida, no solamente los momentos buenos.

La Carta a los Hebreos muestra la unidad del sacrificio del Señor. La aceptación de la muerte redentora ocurre desde el momento en que Jesús se hace hombre. La Cruz no aparece separada de la Encarnación, sino que forma parte de aquello que Jesús acepta desde el principio. Al hacerse hombre, acepta también entregar su vida.

María participa de esta Redención porque también dio su sí. María no dijo solamente sí a ser la madre de un gran predicador que sería amado y aclamado. Su sí incluía todo lo que iba a sucederle a su Hijo. Por eso participa tanto de la alegría como del dolor, de la gloria como de la ignominia de Jesús.

María está profundamente compenetrada con la vida de su Hijo. Si ella le dio su carne, también participa de aquello que Él vive. Su maternidad no se limita a los momentos felices. Ella permanece unida a Jesús incluso cuando es rechazado, maltratado y condenado.

  • En la Cruz, María contempla cómo su Hijo es tratado como un malhechor.
  • Es crucificado entre ladrones y señalado como un criminal.
  • También María sufre por lo que sucede con Jesús. Su “sí” permanece incluso cuando desaparece toda la alegría y solamente queda el dolor. Por eso María participa de la Redención de su Hijo. Participa de su alegría, de su sufrimiento, de su humillación y de su muerte.
  • El “sí” de María, como el de Jesús, es un sí completo. No acepta solamente lo que resulta agradable, sino toda la misión que Dios le ha confiado.
  • La idea central es que la verdadera entrega a Dios implica aceptar la totalidad de la vida.
  • Dios reviste al hombre con su gracia y le devuelve su dignidad.
  • Jesús acepta toda su misión desde la Encarnación y María permanece junto a Él hasta la Cruz.
  • El verdadero “sí” a Dios no depende de que todo salga como queremos, sino de permanecer en su voluntad incluso en el sufrimiento.

La preferencia o preminencia de la Encarnación en la historia de la salvación radica en que, en cierto modo, todo el plan divino quedó ya prefigurado y realizado desde el principio. Cuando el Hijo de Dios entra en el mundo, pronuncia las palabras del Salmo: «He aquí que vengo a hacer tu voluntad». Este sacrificio, que Jesús acepta y ofrece en el primer instante de su existencia en la carne, debía irse desglosando paulatinamente en el tiempo a través de diversos actos de entrega hasta llegar a su consumación definitiva en el Calvario.

Dentro de este marco teológico se comprende la aparición de la Virgen de Guadalupe. En el Nican Mopohua, ella manifiesta un deseo profundo: «Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada». El propósito fundamental de esa morada no es auto-referencial, sino que responde a la misma dinámica de la Encarnación: ella desea un espacio para mostrar a Cristo, para ensalzarlo, ponerlo de manifiesto y ofrecerlo formalmente a todas las gentes.

Esta acción Guadalupana reproduce exactamente lo que María hizo en los comienzos del Evangelio. Al nacer Jesús en Belén, ella no guardó al Niño para sí, sino que lo entregó y mostró a los pastores y a los sabios de Oriente. Posteriormente, la teología mariana nos la presenta al pie de la cruz mostrando al mundo al Salvador en su entrega suprema. De igual forma, el seno materno y el sepulcro vacío nos recuerdan que Cristo venció a la muerte; la cueva y la tumba sin el cuerpo de Jesús son prueba firme de su resurrección y de su condición de Dios vivo.

El ofrecimiento de Jesús en la teología Guadalupana corrige directamente la percepción que los pueblos originarios tenían de la divinidad. En la cosmovisión prehispánica existía la noción del sacrificio constante: el ser humano debía ofrecer su propia carne y la vida de sus hijos para alimentar y sostener a los dioses paganos en un ciclo incesante.

La Virgen de Guadalupe entra en la historia para trastocar esa lógica del temor: ella no viene a entregar a Jesús a los ídolos ni exige la sangre humana para aplacar a los dioses. Su mensaje invierte la ecuación sacrificial. La Virgen explica a los indígenas que la carne del hombre no tiene la capacidad ni la función de alimentar a la divinidad; al contrario, es Dios mismo quien se encarna y entrega a su propio Hijo para alimentar, sostener y salvar a la humanidad entera.

En la Sagrada Escritura encontramos prefiguras que anuncian la acción de la gracia en la Virgen María, como se aprecia en el pasaje de Gedeón en el Libro de los Jueces. Gedeón, llamado por Dios a liberar a su pueblo en momentos de profunda opresión y tras haber destruido el altar de Baal, pide una señal de confirmación al Señor mediante el experimento con un vellón de lana expuesto en la era.

  • El primer signo (El vellón empapado y la tierra seca): En la primera noche, Gedeón pide que solo el vellón quede mojado por el rocío mientras todo el suelo alrededor permanece seco. Al levantarse de madrugada, encuentra el vellón tan saturado de agua que logra exprimir una copa llena. Teológicamente, esta imagen se aplica a la Inmaculada Concepción y al estado de gracia de María: en medio de una humanidad totalmente secada por el pecado, únicamente ella es preservada e impregnada de la plenitud de la gracia.
  • El segundo signo (La tierra empapada y el vellón seco): Gedeón pide una segunda confirmación a la inversa: que el rocío cubra toda la tierra y que únicamente el vellón quede seco. Esto encuentra su cumplimiento en el misterio de la Pasión y Resurrección de Cristo. En la Cruz, Jesús experimenta la aridez total y el abandono («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»), cargando sobre sí la sequedad del pecado de la humanidad. Al mismo tiempo, María, en su condición de corredentora al pie de la Cruz, comparte en su corazón esa aridez y dolor del Hijo. A través de ese sacrificio, la gracia, el perdón y el rocío de la misericordia divina terminaron por derramarse y mojar a toda la creación.

En el lenguaje bíblico y en la poesía profética (como en las lecturas de Adviento: «Lluevan los cielos al justo… ábrase la tierra y germine la salvación»), el rocío es un símbolo directo del misterio de la Encarnación y de la gracia divina. Es una acción silenciosa, celestial y fecundante que desciende sobre la tierra para hacerla dar su fruto.

Este simbolismo se entrelaza con el nombre y el mensaje de la Virgen de Guadalupe. En el Nican Mopohua se describe cómo la llegada de la Señora hace brotar el conocimiento del verdadero Dios por quien se vive. Etimológicamente ligado al «cauce del río», el acontecimiento Guadalupano representa el canal por el cual el agua viva de Cristo penetra en las tierras americanas. María actúa como el vehículo que trae la gracia fecundante a todas las personas y estirpes de la tierra.

El Nican Mopohua condensa en su estructura narrativa todo el arco del inicio y el final de la vida terrena de Cristo. Desde el saludo inicial, la Virgen se define diciendo: «Sabe y ten por seguro que yo soy la siempre Virgen Santa María, madre del verdaderísimo Dios por quien se vive». Esta manifestación inicial sitúa el fundamento de la fe en la Encarnación del Hijo de Dios.

El desarrollo de la narración sigue un círculo teológico perfecto:

  1. El Inicio: La petición de María para que se le edifique una «casita sagrada».
  2. El Final y Propósito: El objetivo central de la casita es ensalzar a Cristo, mostrarlo, manifestarlo y ofrecerlo a la humanidad. El templo no es un fin en sí mismo, sino el receptáculo para entregar la salvación.

Existe además un paralelismo de envoltura divina: en la Anunciación, el Arcángel Gabriel le aclara a María que el Espíritu Santo vendrá sobre ella y «el poder del Altísimo la cubrirá con su sombra». Dios en su infinitud se hace pequeño y es contenido en el vientre virginal de María. A su vez, María cubre y sostiene en su regazo a Cristo para presentarlo ante la humanidad, en una dinámica de amparo y protección continua.

En la vida del creyente existe una diferencia sustancial entre conocer a María por meros datos históricos o reconocer su dignidad por revelación divina. El Evangelio de Lucas muestra que, en el ámbito Puramente humano, la gente de su pueblo se refería a ella de forma cotidiana como «la madre del carpintero» o simplemente la esposa de José.

Sin embargo, cuando María acude a visitar a su prima Isabel, ocurre un fenómeno espiritual: Isabel es «llena del Espíritu Santo» e inmediatamente proclama con voz fuerte: «¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?». Es únicamente bajo la acción del Espíritu Santo como la fe humana se eleva para comprender el misterio marianológico, pasando de ver a una mujer común a reconocer a la Madre del Señor.

Asimismo, el pasaje evangélico señala que, al escuchar el saludo de María, la voz entra en los oídos de Isabel y el niño (San Juan Bautista) salta de gozo en su vientre. Este pasaje demuestra el poder de la mediación y presencia de María: cuando ella habla o se acerca, transmite la presencia de Cristo —el verdadero ungido y lleno del Espíritu Santo— desencadenando la curación, la alegría y la conversión en la vida de las personas.

La doctrina de la Iglesia, recordada en constituciones como la Lumen Gentium (n. 57), enseña que el nacimiento terrenal de Jesucristo no quebrantó la integridad virginal de su madre, sino que la consagró plenamente. La virginidad de María antes, durante y después del parto es un signo permanente de la intervención exclusiva del poder de Dios en la salvación.

Esta manifestación del poder divino se consolida con las obras que acompañan al anuncio del Reino de Dios. Cuando Juan el Bautista envía a sus discípulos a preguntar a Jesús si él es el Mesías esperatorio o si deben esperar a otro, Cristo remite la respuesta a los hechos concretos: «Vayan y cuenten lo que ven y oyen: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena nueva».

El Reino de Dios se valida mediante la transformación visible de la realidad, la sanación y la conversión. Este mismo criterio se aplicó plenamente al acontecimiento Guadalupano en 1531: tras las apariciones de la Virgen en el Tepeyac, se desató un movimiento masivo de conversiones, milagros, reconciliación y un renacer profundo en la fe de todo un pueblo.

FUENTES


  • Chávez, E. (2023, 05 de junio). Módulo 6.1. Diplomado: La Verdad de Guadalupe [Material de diplomado]. Instituto Guadalupano.
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