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Juan Diego y la señal de las rosas para el obispo

“Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo; allí donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y tráelas a mi presencia”

Esas fueron las palabras, firmes y llenas de ternura, que la Virgen dirigió a Juan Diego.

Él, sin dudar, obedeció. Entonces, subió nuevamente al Cerro del Tepeyac, esta vez con la certeza de que allí encontraría la señal prometida. No sabía qué esperar, pero confiaba.

Al llegar a la cumbre, se detuvo, porque ante sus ojos apareció algo imposible.

Sobre aquel terreno árido, pedregoso, donde apenas crecía vegetación, brotaban flores hermosas y frescas. Eran rosas de Castilla, abiertas en pleno invierno.

¿Cómo era posible aquello? No era tiempo de flores. No era lugar para ellas. ¿Cómo podía brotar tal belleza en una estación fria, sobre un terreno árido y rocoso, donde apenas crece maleza? Pero allí estaban, frescas y hermosas.

El asombro lo envolvió por completo. No era solo la belleza de las rosas, sino lo que significaban: una respuesta del cielo, una señal que no dejaba lugar a dudas.

Sin demorarse, Juan Diego comenzó a cortarlas con cuidado. Las recogía con delicadeza, como quien sabe que tiene en sus manos algo sagrado. Así, su tilma se fue llenando de aquellas flores inesperadas de todas las que su manos pudiera sostener.

Con el corazón colmado de admiración, descendió del cerro para encontrarse nuevamente con la Virgen.

Al verla, abrió su tilma y le mostró lo que había recogido.

Ella, con una dulzura serena infinita, tomó las rosas, las acomodó con sus propias manos en la tilma de Juan Diego y le dijo:

“Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla.

Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigorosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas.”

De este modo, la señal quedaba sellada. No eran solo flores. Era un mensaje.

Juan Diego partió entonces hacia la ciudad, llevando en su tilma aquella prueba. Caminaba con cuidado, protegiendo lo que llevaba, consciente de que no era algo común, sino el cumplimiento de la promesa de la Virgen.

Al llegar ante el obispo, Juan de Zumárraga, hizo lo que se le había indicado. Con respeto y sencillez, desató el nudo de su tilma y la dejó caer.

Entonces ocurrió la sorpresa.

Las rosas se deslizaron al suelo. Y, en el mismo instante, quedó al descubierto la imagen de la Virgen impresa en la tilma.

El silencio lo llenó todo. Ya no había lugar para dudas. El cielo había hablado.

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