Saga de Panquetzaliztli #15 al #21 – Patronato Guadalupano | P. Eduardo Chavez – Apuntes por Maylin Izaguirre
Mitología del dios Nanahuatzin, que se lanzó al fuego sin dudar para convertirse en el Sol (Tonatiuh).
Tecuciztécatl, que tuvo miedo y solo se lanzó después de ver la valentía del primero, se convirtió en la Luna. Para restarle brillo, los dioses le lanzaron un conejo a la cara, creando las manchas que vemos hoy.
Estos sacrificio de los dioses generó en la mentalidad indígena una sensación de “deuda”, lo que dio origen a la necesidad de realizar ofrendas de sangre para mantener al sol en movimiento.
La Fiesta de Panquetzaliztli
El nombre significa “levantamiento de banderas” azules, que representaban el rumbo del sur.
La festividad estaba dedicada al “Colibrí Azul”. Se analiza la importancia del colibrí como un animal que “muere” en invierno y “resucita” en primavera, simbolizando la vida eterna y el ciclo solar.
Se hace una comparación entre el azul verdoso de las vestimentas de los emperadores mexicas (que significaba vida y cielo) y el manto de la Virgen de Guadalupe, explicando que ella utiliza estos códigos culturales para transmitir su mensaje.
“La mayoría de los estudiosos de la cultura mexica están de acuerdo en identificar a Huitzilopochtli con el sol e interpretan la fiesta de Panquetzaliztli como representación del nacimiento del astro […] distinguimos una fuerte carga social en la fiesta de Panquetzaliztli, por simbolizar no sólo el nacimiento del sol Huitzilopochtli, sino del entero pueblo mexica que se identificaba con él.
Michel Graulich, uno de los más destacados estudiosos de las fiestas y los ritos mexicas, ofrece un análisis muy detallado de todos los aspectos de Panquetzaliztli: para él la fiesta era originalmente dedicada al nacimiento de Quetzalcóatl, pero los mexicas substituyeron a la deidad Serpiente Emplumada con su dios étnico Huitzilopochtli, relegando en un segundo plano al padre de Quetzalcóatl, Mixcóatl.” MICHEL GRAULICH, Ritos aztecas: Las fiestas de las veintenas, Instituto Nacional Indigenista, México 1999, pp. 191-224
El padre habla sobre la vida de San Juan Diego en Cuautitlán, donde nació, creció y se casó con María Lucía, quién tras la muerte de su esposa en 1529, vivió con su tío Juan Bernardino y tenía aproximadamente 55 o 56 años al momento de las apariciones.
Se describe la llegada de los primeros misioneros en 1524, como Toribio de Benavente “Motolinía”, quien veía las prácticas indígenas como algo demoníaco que debía ser destruido.
El padre rechaza la idea de que la Virgen de Guadalupe sea un “disfraz” de la diosa Coatlicue para engañar a los indígenas, argumentando que los misioneros de la época jamás habrían aceptado mezclar símbolos cristianos con lo que ellos consideraban idolatría.
El estado de desesperación de los pueblos indígenas tras la conquista, marcados por la esclavitud, el robo y enfermedades como la viruela, que mató a la mitad de la población.
• Los primeros franciscanos no interpretaban las tradiciones indígenas como “semillas del Verbo” ni como una preparación natural para el cristianismo. Para ellos muchos ritos indígenas eran imitaciones demoníacas de los sacramentos católicos. Veían al demonio actuando detrás de los cultos mesoamericanos y pensaban que Satanás había engañado a los pueblos indígenas antes de la llegada del Evangelio
• Los frailes entendían su misión como una verdadera guerra espiritual. Sentían que estaban entrando en un territorio dominado por “el imperio de las tinieblas” y que debían combatir la idolatría para instaurar el reino de Dios. La evangelización no era vista solo como enseñanza religiosa sino como una batalla cósmica entre Dios y el demonio
• Dentro de ese contexto, la aparición de la Virgen de Guadalupe resulta importante porque utiliza conceptos comprensibles para los indígenas pero alineados con la doctrina cristiana. Expresiones como “Dueño del cielo y de la tierra” coinciden con la enseñanza de los frailes sobre el Dios único, aunque la Virgen usa una pedagogía más cercana al lenguaje simbólico indígena y no una imposición directa
• Aunque los españoles quedaban horrorizados por prácticas como los sacrificios humanos o el autosacrificio de sangre en lengua y orejas, el ponente explica que detrás de esos rituales existía un profundo sentido religioso. Los indígenas creían que debían alimentar a los dioses con energía vital para mantener vivo el universo y evitar el colapso cósmico. El sacrificio era entendido como responsabilidad sagrada y no simplemente como violencia
• Los frailes quedaron sorprendidos por el nivel de disciplina espiritual indígena. Descubrieron ayunos, penitencias y vigilias extremadamente rigurosas antes de las fiestas religiosas. Por eso algunos llegaron a comparar estas prácticas con la cuaresma cristiana debido a su intensidad y duración.
• Toribio de Benavente Motolinía en Historia de los indios de la Nueva España, páginas 23 y 24, relata cómo los frailes predicaban quién era el “verdadero universal señor”. Explica también que muchos indígenas inicialmente sentían “fastidio” al escuchar la palabra cristiana porque preferían continuar con “sus vicios y sacrificios”. Esto refleja el choque cultural y religioso de los primeros años de evangelización
• Jerónimo de Mendieta en Historia Eclesiástica Indiana, páginas 102 y 103, describe las “tremendas vigilias y ayunos” indígenas. Mendieta utiliza explícitamente el término “cuaresmas” para hablar de periodos penitenciales de 20, 40 e incluso 80 días antes de la fiesta de Panquetzaliztli. Esto muestra que los frailes identificaban paralelos estructurales entre ciertas prácticas indígenas y el ascetismo cristiano
• Bernardino de Sahagún en Historia General de las Cosas de Nueva España, folio 52, página 136, confirma que los sacerdotes indígenas o “sátrapas” realizaban penitencia durante 80 días antes de Panquetzaliztli. El dato refuerza la idea de que existía una preparación ritual intensa alrededor de la fiesta dedicada a Huitzilopochtli.
• Todo esto permite entender que los frailes veían simultáneamente dos cosas en el mundo indígena: por un lado una idolatría peligrosa ligada al demonio y por otro una enorme capacidad de disciplina espiritual, sacrificio y búsqueda de lo divino que luego sería reinterpretada dentro del cristianismo guadalupano.
“Los ministros del templo y todos los de sus casas ayunaban cada año ochenta días. También ayunaban sus cuaresmas y ayunos antes de las fiestas del demonio, en especial aquellos papas, con sólo pan de maíz y sal y agua; unas cuaresmas de diez días, y otras de veinte y de cuarenta; y alguna como la de panquetzaliztli en México que era de ochenta días, de la que algunos enfermaban y morían, porque el cruel de su dios no les consentía que usasen consigo misericordia.”
Fray Toribio de Benavente, Motolinía, Historia de los indios de la Nueva España, Ed. Porrúa, (“Col. Sepan Cuántos…”, Nº 129), México 2007, p. 56.
No aplaude la idolatría. Sólo remarca el nivel de sacrificio y crueldad que vivían.
No tenían ciclos de vida eterna, la noción del paraíso luego de la muerte, no les pasaba por la cabeza. Sus sacrificios se basaban en que siga existiendo el universo.
Los pochtecas (los poderosos gremios de comerciantes en el Imperio Mexica) tenían rituales de penitencia y autosacrificio extremadamente rigurosos, especialmente antes de sus grandes expediciones o durante las festividades dedicadas a sus deidades.
El Ayuno: Durante este tiempo entraban en un estado de purificación. No era un ayuno total de comida, sino una dieta restringida (comúnmente solo una tortilla y agua al día) y la abstinencia sexual.
El autosacrificio de sangre era una práctica central. Utilizaban espinas de maguey o puntas de obsidiana para perforarse distintas partes del cuerpo.
Zonas: Se perforaban las orejas, la lengua y los genitales. La sangre obtenida se ofrecía a los dioses salpicándola sobre papeles de amate o directamente frente a las imágenes de deidades
Este acto no era visto como un castigo, sino como una “deuda” de vida que se pagaba a la tierra y a los dioses para mantener el equilibrio del universo y garantizar la protección en los peligrosos caminos que recorrían.
Estos dioses son herencia de culturas anteriores asimilados al panteón nahua originalmente era el dios del fuego, el abuelo de los hombres, el dueño del tiempo, y se le representaba como un anciano que carga un brasero. Por último, los Ométeotl son también los Tonacatéotl, es decir los dioses creadores de nuestra carne, tonacatl en nahua, y se representan en Tonacatecuhtli y la Tonacacíhuatl, el dios y la diosa de nuestra carne.
- Huehuetéotl, dios viejo y del fuego. Cerro de las Mesas, Veracruz. Clásico Temprano. Cultura del Centro de Veracruz. Sala Golfo de México.
El ciclo básico era el Xiuhmolpilli de 52 años. Sin embargo, existía un ciclo mayor de 104 años llamado Huehuetiliztli (la vejez), que representaba el momento en que el calendario solar, el ritual y el ciclo del planeta Venus coincidían perfectamente. Era una “doble atadura”.
El Dios sin Dientes
Era el Señor del Fuego, y suele referirse a Huehuetéotl (el Dios Viejo). Se le representa como un anciano arrugado, encorvado y, efectivamente, desdentado, cargando un enorme brasero sobre su espalda.
Para los indígenas era
- el origen de todo
- el fuego que existía antes que el sol
- es la sabiduría y el calor que sostiene el hogar y el cosmos
Ometéotl y la Dualidad Suprema
Se manifestaba en dos facetas que eran, al mismo tiempo, una sola entidad:
- Ometecuhtli: El aspecto masculino (“Señor de la Dualidad”).
- Omecíhuatl: El aspecto femenino (“Señora de la Dualidad”).
Vivían en el Omeyocan (el decimotercer cielo), el lugar de la dualidad. Los nahuas creían que todo en el universo necesitaba un opuesto para existir: luz/oscuridad, vida/muerte, arriba/abajo, frío/calor.
Por eso, en el Valle de México, que tenían agua dulce y salada, montañas heladas y de fuego, nada era “uno”; todo era el resultado de este encuentro.
La Ceremonia del Fuego Nuevo (Xiuhmolpilli)
Esta era la ceremonia más importante y aterradora del calendario mexica. Se celebraba cada 52 años, cuando los dos calendarios (el solar y el ritual) volvían a coincidir.
- El Fin del Ciclo: Los mexicas creían que, al final de cada ciclo de 52 años, el sol podía no volver a salir y las Tzitzimime (demonios estelares) bajarían a devorar a la humanidad.
- El Ritual
1. Se apagaban todos los fuegos de la ciudad, desde el gran templo hasta el hogar más humilde. Se rompían las vasijas y se limpiaba todo.
2. En la cima del Cerro de la Estrella (Huizachtécatl), los sacerdotes esperaban a que las Pléyades cruzaran el cenit.
3. El pecho es el centro del calor corporal. Al encender el fuego ahí, estaban “extrayendo” la energía vital del guerrero para alimentar al Sol. En el pecho abierto de un sacrificado, se encendía un Fuego Nuevo usando un taladro de madera.
4. Si el fuego prendía, significaba que el mundo tenía 52 años más de vida.
5. Ese fuego se repartía mediante antorchas a todos los templos y hogares, devolviendo la luz y la vida al valle.
Ometéotl
La figura de Ometéotl es quizá la más profunda y abstracta de la filosofía náhuatl. Se le llama el “Dios Desconocido” o “Aquel que no tiene cuerpo” porque, a diferencia de otros dioses con rostros y atributos humanos, Ometéotl era una esencia pura que estaba más allá de la comprensión total.
“El piadoso rey Netzahualcóyotl edificó un templo dedicado [a Ométeotl] «al dios incógnito y creador de todas las cosas», llamado Tloque Nahuaque, «el de la vecindad inmediata» o Ipalnemohuani «por el cual vivimos». Este templo tenía en su parte superior una torre de nueve pisos, que significaba nueve cielos: el décimo servía de remate de los otros nueve sobrados, era por la parte de afuera matizado de negro y estrellado, y por la parte interior estaba todo engastado en oro, pedrería y plumas preciosas». Este dios, al que nadie…
JACQUES SOUSTELLE, La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la Conquista, Ed. FCE, México 1983, 126.
Para los sabios indígenas, el dios Ometéotl, producto de su mente, era el dios desconocido, no se representaba, y se le habían colocado algunos atributos sumamente interesantes como:
- In Tloque Nahuaque: Señor del cerca y del junto, cimiento del universo.
- Ipalnemoani: Señor por quien se vive, es quien concibe en sí mismo el universo, lo sustenta.
- Teyocoyani: El Creador de todos, da el ser a todos los demás.
- In Ilhuicahua in Tlaltipaque: El Dueño del cielo y de la tierra.
- Moyocoyani: el que a sí mismo se inventa.
Se mofa del ser humano, y su sufrimiento y su muerte. No está en contra del pecado. No da la vida eterna.
La virgen toma sólo el anhelo de vida, NO TOMA, Y NO ES LA MADRE DE OMETÉOTL.
• La Virgen de Guadalupe no vino a confirmar idolatrías ni a decir que los dioses mexicas eran verdaderos. Lo que ocurre es mucho más profundo: en el corazón indígena ya existía una búsqueda real del creador del universo, una intuición de que debía existir alguien superior a todo lo visible
• Incluso la construcción de un templo dedicado a ese dios supremo muestra que había una necesidad espiritual de ir más allá de la idolatría tradicional. No era todavía la revelación completa, pero sí una intuición poderosa de que existía un creador invisible sosteniendo toda la realidad
• Precisamente por eso la aparición guadalupana tiene sentido. La Virgen no llega diciendo “todo lo que ustedes adoraban estaba bien”. Tampoco se presenta como madre de Ometéotl o madre de algún dios mexica. Lo que hace es llevar esa búsqueda a su plenitud. Es como si dijera: ustedes ya intuían que existe el verdadero dueño del cielo y de la tierra, ahora vengo a mostrarles quién es realmente
• Por eso utiliza expresiones como “Dueño del cielo y de la tierra”. Habla en categorías que el mundo indígena podía comprender, pero purificando esa búsqueda y orientándola hacia el verdadero creador del universo.

